Crítica

VIP, un divertimento crítico de sobre la mala educación de los niños

Els Joglars en el Teatro de Rojas

ToledoActualizado:

Título: VIP. Dramaturgia y texto: Ramón Fontseré y Martina Cabanas. Compañía: El Joglars. Dirección: Ramón Fontseré. Intérpretes: Ramón Fontseré, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Xavi Sais, Xevi Vilà. Espacio escénico: Martina Cabanas. Vestuario: Laura García. Iluminación: Bernat Jansà. Producción: Els Joglars.

Afirma el neurofisiólogo y pediatra Eduard Estivill que «si no ponemos límites a los niños, crearemos pequeños tiranos». Sobre ese concepto y los abundantes tópicos que lo rodean, como puede ser la buena intención de los padres que quieren lo mejor para sus hijos, Joglars ha montado su espectáculo «VIP», que tiende más hacia la risa y el entretenimiento que hacia la reflexión.

VIP es un juego que mantiene algo de la antigua marca de Els Joglars a la que se ha sumado los consabidos «tics» a los que nos tiene acostumbrados su nuevo director y carismático actor Ramon Fonserè. En realidad, se podría hablar que nos presentan un esperpento cómico, más visual que textual, sobre la definición del niño en la sociedad actual. Retrata una sociedad ñoña y complaciente con los niños, que, ante la falta de orientación, educación, razón y disciplina, se convierten en verdaderos tiranos en la familia.

Tratar de realizar una reflexión crítica más bien satírica, que navega entre la ironía y el sarcasmo, sobre un problema de la educación actual existente, pero que no se puede decir que esté generalizado, es cuando menos una licencia desmesurada. Pero esto es el teatro y esta es la apuesta de Joglars que se mueve, a partir de la idea de la sobreprotección, la abundancia, la dejación en la atención emocional seria, la falta de disciplina o el dar todo lo que los niños piden; y a partir de ahí construyen situaciones para ridiculizar de manera evidente aquello que pretenden criticar.

Como no profundizan en el contenido, trabajan esencialmente las acciones con abundancia de expresión corporal, en la que demuestran su acendrada profesionalidad en el estudio del gesto y cada detalle del movimiento de su cuerpo. Así hay escenas muy logradas, como la inicial, en la que describe a su manera la concepción de la criatura (acto sexual con orgasmo femenino incluido); escena planteada de forma muy creativa a base de ritmos que se van a acelerando hasta llegar al clímax. Otro momento destacable es el del juego entre los niños, en el que se recrean los tópicos infantiles que provocan risa.

Un acierto es la capacidad de desdoblarse, la elasticidad y el carácter camaleónico, propios de la vieja escuela de formación actoral que siempre ha sido característico de Els Joglars. Ramón Fontseré, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Xavi Sais y Xevi Vilà ponen de manifiesto su versatilidad en unos papeles que buscan el divertimento, y lo consiguen, pero que se antojan un tanto menores con respecto a los que nos tienen acostumbrados. Bien es cierto que Els Joglars está en ese momento de transición sin traumas, desde que Albert Boadella dejara de ser el comandante de la nave, pero que sigue siendo por tradición, por conocimiento y por su línea creativa uno de los grupos que mejor teatro hace desde hace diez décadas.

Como menos positivo me ha parecido la repetición de esquemas. El eje sobre el que se construye la dramaturgia es el protagonismo de Fonserè con sus consabidos movimientos y gestos. Quizá han sobrado alusiones extemporáneas o «morcillas» que no venían a cuento ni con el «leiv motiv» de la obra ni con la situación en la que vivimos, como las referencias a la familia Pujol, la trivialización sobre el controvertido Trastorno de Déficit de Atención por Hiperactividad (TDH), la caracterización grosera de abusos sexuales en la familia o la presencia de personajes/cliché como el rumano emigrante.

Muy buen trabajo de los actores y actrices para entretener; es tanta su experiencia que parece fácil todo lo que hacen y, sin embargo, están utilizando una gran variedad de recursos dramáticos que en modo alguno se improvisan. Lo suyo ya más que una representación se puede decir que es un juego, pues su vida es la escena.

La escenografía es leve y funcional para hacer un teatro que consigue lo máximo con los mínimos recursos. Quizá de lo más interesante ha sido un par de timbales que han dado buen rendimiento escénico y una sabia elección musical que ha servido para poetizar y resaltar ciertos momentos.

Al final resulta que se pasa casi una hora y media rápidamente y que el público se ha reído y se ha divertido a ratos con una obra amable que no supone algo relevante en la trayectoria del grupo.