Recorte de un periódico toledano, hace más de medio siglo
Recorte de un periódico toledano, hace más de medio siglo
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Tiempo amarillo

«Ua piel reseca y amarga nublando titulares, un gris ceniza en las fotografías de una ciudad provinciana»

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Me invitan a ser jurado de un premio de poesía que este año celebra su XXXVIII convocatoria. Unos días antes, entre la detallada información que me enviaron, vi que la arpista María Rosa Calvo Manzano cerraría el acto de entrega del premio al ganador que se celebraría en el Cervantes de Nueva York. Recordé que hace cincuenta años había entrevistado a la arpista para el periódico donde yo trabajaba con motivo de un concierto que dio en la Casa de la Cultura de Toledo, la del Miradero, dentro del ciclo los «Martes musicales». Me armé de valor y busqué en mis archivos las dos carpetas que contienen los recortes de mis colaboraciones en el periódico. Artículos en los que no solo el tiempo se ha puesto amarillo, sino también la vida. Ha crecido entre sus páginas una piel reseca y amarga nublando titulares, un gris ceniza en las fotografías de una ciudad provinciana que vivía los finales de una época, de rostros encendidos, cuerpos que fueron fuego, vidas que comenzaban, el paso de un poeta, artistas que celebraban su primera exposición, jóvenes que descubrían el amor y la muerte. Aparecen los rostros ya idos de cardenales y gobernadores, alcaldes y concejales. Era el tiempo en que se le concedía la Medalla de Oro de la ciudad al gobernador Thomas de Carranza, Juan Carlos y Sofía visitaban Tarancón; era el tiempo del homenaje al actor Luis Sales, al que hoy nadie recuerda, del ingreso del doctor Sancho San Román en la Real Academia de Bellas Artes, de la casa de Garcilaso de la Vega en ruinas, de la visita de Ingrid Bergman, del recital del pianista Alexis Weissenberg, de la I Decena de Música en Toledo. Ya en la última carpeta aparece un artículo sobre una exposición de Manuel Fuentes que acaba de morir. Era su primera exhibición.

Me bajo en Grand Central y camino hasta el Cervantes. Al llegar escucho que la arpista está ensayando. Entro, me acerco y su marido al verme esperando a que acabe me pregunta qué quiero. Le cuento la historia y dice a su mujer que deje de tocar y le explica lo que ocurre. Cuando le enseño el recorte a la arpista se le ilumina la mirada. Sonríe. Es feliz.

Belén en Brooklyn
Belén en Brooklyn- H.B.

Mientras escucho la música del arpa miro las manos de la arpista que tejen y destejen los hilos de la música, que a veces son pájaros, a veces lluvia, siempre gozosas chispas de luz, y pienso en Penélope tejiendo y destejiendo el tapiz, dando tiempo a la esperanza. Un arpegio me lleva de nuevo a las carpetas y a mi ciudad en tiempos de Navidad: portal de Belén de Zocodover, niebla perfumada como el incienso de Gaspar, viejecitas dulces con olor a colonia a granel, domingo aldeano y pueblerino haciendo y deshaciendo calle Ancha arriba, calle Ancha abajo, Zocodover: el punto de esperanza nublada. De pronto entro en un caserón del siglo XVII, en el obrador de Santo Tomé, escondido en un callejón medieval desde 1856, y me llega un sol que calienta mi vida, un círculo mágico artesano y natural, espiral luminosa que me lleva a mi infancia y a las fiestas de Navidad. Arropados en una caja donde duermen anguilas de mi niñez, de lomo nevado y ojo brillante, me encuentro con un pedazo de historia. Es un satélite en el que giran siete planetas de ensueño, un mundo que es uno de los mejores regalos que definen las fiestas de Navidad: bombones de seda, chocolates crujientes, fruta escarchada con niebla toledana, medias lunas de almendras, azúcar y miel, gozosas figuritas envueltas en piñones. Un universo que me trae el recuerdo del barrio de Santo Tomé, la mirada de mi madre y la emoción de haberme tocado el trozo de roscón de Reyes con la sorpresa.

Miro las manos de la arpista que tejen y destejen los hilos de la música, que a veces son pájaros, a veces lluvia, siempre gozosas chispas de luz

Salgo del acto y un frío denso me llega hasta el corazón. La ciudad está encendida con abetos fosforescidos, las calles adornadas con luces y guirnaldas, el Empire State es otro árbol gigante de piedra con las ventanas encendidas como adornos navideños, los bares llenos de jóvenes ejecutivos que, aun después del trabajo, siguen hablando de él, la vida que te empuja, las prisas por llegar y llegar tarde, el amor, un titular en un periódico, una foto y el olvido.

Al doblar la Tercera Avenida para llegar a Lexington y tomar el metro de regreso a casa, me llega el melancólico sonido de una armónica que toca una canción que nos desea «Merry Christmas and Happy New Year». Y, sorteando la gente que entra y sale de la estación y pensado en que pasado mañana será Nochebuena y que a un niño se le iluminará la mirada viendo una estrella que solo él ve, deseo a mis amigos, con este villancico del que espera, Felices Pascuas y Próspero Año Nuevo.

Mi alegría,

si tuviera,

este año te traería,

pero la nieve está fuera.

¿Qué es lo que te puedo dar?

Mi amor

también te daría,

llena de tanto dolor

tengo la vida vacía.

¿Qué es lo que te puedo dar?

Sólo me queda la espera

que te la puedo prestar,

bien sabes que yo quisiera

podértela regalar.

¿Mas qué hago yo sin espera

si estamos en Navidad?