Atardecer en Toledo
Atardecer en Toledo - M.J.Muñoz
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Con el sol de la tarde

«La voz de Arturo Tendero es una toma de conciencia de la realidad exterior y de sus emanaciones naturales»

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Que firmen las mínimas notas de contraportada Miguel d’Ors y Eloy Sánchez Rosillo, en la nueva entrega de Arturo Tendero (Albacete, 1961), deja en el ánimo lector un certificado de confianza inmediata. A pesar de que el poeta es una presencia que prefiere el repliegue discreto y comenzó trayecto cuando ya estaban establecidos los marbetes generacionales, el escritor ha firmado media docena de entregas líricas y cultiva una escritura plural, diversificada entre el artículo de prensa, el relato, la poesía y los textos teatrales.

La naturaleza explícita del título en El otro ser y las citas iniciales postulan el encuentro con un poemario reflexivo. Se trata de un trabajo nucleado en torno a la acendrada percepción del fluir temporal, y al molde cambiante de la identidad. Recordando aquella meditación de Marco Aurelio, el sentir subjetivo afronta la certeza de cobijar en sus laberintos interiores «un trozo de carne, un hálito vital, y una conciencia crítica». Este desempeño del estar prodiga tareas prometeicas. El poeta asume ese vaivén con discreción, como hilos de luz que llenan de amanecida las ranuras del día.

Otra vez retorno a los magisterios que abrían esta crítica. Son poéticas que hacen de la dialéctica de lo cotidiano una invitación al canto. Alzar la vista es percibir el latido animoso de la vida sencilla y hallar en el entorno los rincones poblados de una conciencia viva. Desde ese papel de privilegiado observador nace el poema: «La rauda eternidad / se exhibe quieta / a este humilde mortal / que la contempla / sentado en una silla / de anea en la terraza».

El estar temporal bascula entre el recuerdo y las sensaciones tangibles del ahora. Desde la evocación nace el empeño de reconstruir unas secuencias que tienen el poder emocional del hechizo. Son capaces de rescatar paréntesis callados que parecen dormir. Esa percepción sensorial construye puentes entre lo que fue y lo que es ahora y hace de la sensibilidad de quien recuerda un suelo movedizo, que no sabe muy bien qué coordenadas habita.

El interés se centra con frecuencia en los elementos del entorno. Están ahí; no son prematuros o tardíos. Protagonizan una armonía natural que debe integrarse en el pensamiento de quien los contempla. El hablante lírico es quien tiene que descubrir la razón generatriz del conjunto, el nexo armónico que los relaciona con el sujeto. De ese modo se escriben poemas excelentes como «El ruiseñor», «Moreras», «Audacias», «Autoconjura», o «El paisaje se impone».

Los poemas difunden estados de ánimo; desgranan sus versos en argumentos sin épica, como si el yo poemático se obstinara en medir, a cada instante, su estatura de normalidad. La voz de Arturo Tendero es una toma de conciencia de la realidad exterior y de sus emanaciones naturales. Es también la certeza de que el tiempo transcurrido caligrafía en nuestra percepción una mínima estela, un destello de luz que sigue hablando con susurro imperceptible. Quien escribe ofrece el calor de una lumbre adormecida, que no pierde el rescoldo.

El otro ser

Arturo Tendero

Siltolá, Poesía

Sevilla, 2018