ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

La muerte del lenguaje. Para una poética de lo desconocido

«En este libro de Andrés García Cerdán encontramos un rotundo desmentido...basta escucharlo, dejarlo sonar en nosotros»

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El título La muerte del lenguaje es paradójico. Quizá en su subtítulo podemos entender mejor aquello que su autor pretende ofrecernos en sus páginas: Una poética de lo desconocido, lo llama, o sea una disertación sobre esos lenguajes, los de la poesía, del arte, de la música, capaces de explorar más allá de las rutinas comunes, más allá de su inercia, de sus comodidades, y adentrarse fuera, en lo nuevo, en lo inexplorado.

Si repasamos la lista de escritores, poetas, músicos, artistas, a los que se dedican estas páginas, y buscamos algunos hilos conductores que los puedan haber reunido quizás se entienda mejor la dirección que señala esta poética: el joven Nietzsche, Cioran, Berger, Leopoldo María Panero, Bansky, Egon Schiele, Francis Bacon, Paul Celan, entre muchos otros.

La depresión, la locura, la radicalidad intelectual, la provocación, el morbo, una sexualidad y una idea de la belleza corporal alejada de cualquier convención, un afán viajero, explorador, inquieto, un inconformismo que pretende alejar todo descanso, todo reposo, a las palabras, a las imágenes, a las ideas. Un juego entre el límite y el vacío. Una falta de sentido pero, al mismo tiempo, un afán inmisericorde de sentido, de trascendencia, de revelación. Una irreligiosidad teñida de sacralidad. En gran medida las formas del arte contemporáneo, quintaesenciadas, pero también de su filosofía, en esa búsqueda de los exteriores del pensamiento y de los signos que se podría simbolizar como una especie de Penélope que desteje sin descanso lo tejido durante siglos, y, sin embargo, espera al viejo Ulises.

En los textos de este libro encontramos sugerencias, afirmaciones rotundas, encontramos fuego, idealismo, pesadilla. Casi siempre un pesimismo que puede parecer forzado; esforzado en serlo, como si la esperanza y la riqueza, el logro, el gozo, no pudieran sobrevivir a las palabras. Pero también esas mismas palabras lo desmienten reiteradamente. Su felicidad es su belleza: «Entre las formas sublimes de hundirse, escribe Andrés, la poesía... de llegar hasta el fondo del fondo, hasta el barco hundido en lo insalvable... la poesía que trasmuta la oscuridad en ámbar, la oscuridad en prisma, la oscuridad en iluminación».

Portada del libro
Portada del libro

Nos dice también: el lenguaje ha muerto. Pero no, el lenguaje no muere, ¡bien lo sabe!, es el más poderoso de los poderes humanos, su fuerza es siempre nuestra debilidad. Somos nosotros los que temblamos ante las palabras, ante lo que señalan, ante su precisión, ante su exigencia, ante lo mucho que saben y no somos capaces de asumir. Somos los humanos los que no sabemos hablar, ni escribir, ni entendernos, los que mentimos, falseamos, encubrimos, disfrazamos. En el principio es el logos, aunque los hombres callen, sean incapaces de entenderse y entender, de expresarse, de manejar su pensamiento. Son los poetas, los poetas-pintores, o los poetas-músicos, o los poetas-filósofos, los que abren con las palabras lo desconocido, los que marcan la claridad del lenguaje y de las cosas. No puede haber poesía mentirosa como no puede haber matemática mentirosa, o belleza mentirosa. «La poesía es, o no es», nos dice Andrés. «Se escribe, sigue diciéndonos, para profundizar en la brecha, en la fisura que abre las puertas del otro lado».

Y unas páginas después leemos: «la única literatura posible es la que inaugura caminos, vetas en la roca madre del lenguaje... ecos de las palabras, siempre llamando a las puertas del paraíso».

Sí, lo dice, del paraíso. El lenguaje es vida que puede matar, destruir, engañar, manipular, conducirnos como rebaño al abismo y a la mentira. Por eso es quizás escribe: «imprescindible el poeta. El minotauro...».

Pero será en esa especie de diario, escrito en la bahía de San Francisco, donde quizás se encuentran algunas de las mejores páginas del libro, y donde podemos leer la más efusiva declaración de amor: «Un poema es un límite... el recuerdo de un límite... su función despertar al lector en otro mundo... es el pecado que te expulsa del paraíso y te obliga a descubrir el futuro, la tierra prometida, y sobre todo el Lenguaje».

Sin embargo, el pesimismo no nos abandona nunca, regresa siempre con una lucidez que, pienso, no desmiente la dicha, el valor e lo explorado, pero lo sitúa en su verdadero lugar, como el parpadeo de un cerilla en la cara oculta de la luna.

«El lenguaje- nos dice- es un arpón en la nada que indica nada. El poeta es un pirata de nada que lanza un arpón de nada contra las ballenas de la nada».

Esta contradicción de lo que salva y, sin embargo, no puede salvar, de lo que es y no es, de las palabras que nos curan sin curarnos:

«Mi padre - nos dice al principio de su último y breve escrito, el que dedica a Vila Matas-, me enseñó que para escapar del fuego era mejor encender un fuego. Imponer un perímetro de fuego a tu alrededor. Ser el fuego».

Lo que en estas páginas de Andrés encontramos, pienso, entre otras muchas cosas, es un rotundo desmentido: no hay muerte del lenguaje. Basta escucharlo, dejarlo resonar en nosotros. Y los buenos poetas lo hacen y por ello se adentran en lo desconocido, o un poco más dentro de lo ya conocido. El amor a la lengua lo es a la verdad. Pero esta exige un trabajo, una modestia, una atención, que la mayor parte de las veces no estamos dispuestos a hacer. Preferimos fingir saber a no saber, parlotear de cualquier cosa a no hablar. Amamos el apocalipsis de las palabras, y de las ideas y de las opiniones, y eso nos ciega, muchas veces, y nos vuelve solitarios y mudos. No hay más. No es el lenguaje, somos nosotros. Como decía en cierta ocasión Samuel Johnson: «Podría usted tener razón para que dos más dos fueran cinco, pero, aun así, no serían más que cuatro».