Retrato de Martin Heidegger, de Ignacio Oliva
Retrato de Martin Heidegger, de Ignacio Oliva
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Ignacio Oliva, en la Fundación Antonio Pérez de Cuenca hasta el 23 de junio

La pintura de un cineasta, las películas de un pintor

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Ignacio Oliva es conocido por una ya dilatada trayectoria en la investigación, la docencia y la praxis cinematográfica. Desde la Facultad de Bellas Artes de la UCLM en Cuenca, de la que fue decano (creo recordar que, en su momento, el más joven de España), ha organizado y sigue organizando talleres, encuentros, simposia y un master audiovisual que gozan de prestigio nacional e internacional. Su ensayo sobre Eisenstein es de necesaria y muy recomendable consulta y ha dirigido un puñado de cortometrajes de gran singularidad y máximo nivel. Con La rosa de nadie (2011) incursionó en el largometraje a través de un thriller introspectivo, claroscuro y poético que contó con una ayuda del departamento de Cultura de Castilla-La Mancha. Tras varios años de ideación, desarrollo y rodaje, parece que al fin va a poder culminar la posproducción de su segundo largo, Hereje, sobre los últimos años del Faraón Akenaton. Una insólita apuesta para un género al que solo se han atrevido los estudios de Hollywood y una arriesgada propuesta polaca.

El campo de intereses de Ignacio Oliva es pues claramente cosmopolita, universal y abierto: la escuela de Frankfurt (en particular Walter Benjamin), la interacción entre pensamiento y política, la construcción de Europa, las vanguardias, pero también la teosofía o el antiguo Egipto. Con sus producciones, particularmente en los cortometrajes, hace una incesante labor formativa, contando en los equipos técnicos y artísticos con alumnos de su Facultad.

Vasos comunicantes

Ahora, con una exposición de cuadros que va a permanecer visitable en la Fundación Antonio Pérez (FAP) de Cuenca hasta el 23 de junio, comprobamos que es también un pintor y que su pintura enlaza en un armónico raccord con los principios, la concepción y los modos que distinguen a su cine. Esto es, que se trata de vasos comunicantes, de un diálogo de ida y vuelta, en que sus cuadros narran historias y las historias de sus films se descomponen en cuadros. Como dijo Kierostami, uno de sus maestros, hablando de sus fotografías, tenía comprobado que las personas a menudo somos incapaces de distinguir lo que no vemos enmarcado, lo que no aparece dentro de un recuadro.

La potente exposición que se ofrece en la FAP esta primavera, muy elaborada y colorista, es en sí una fiesta de los sentidos dentro de un expresionismo abstracto con unas sutiles pero consistentes connotaciones zen. Pintura que alegraría cualquier salón de una casa con gusto y sentido de la estética. Pero hay mucho más en estas propuestas, cargas de profundidad desveladoras en lo conceptual y en lo formal, que dotan a la pintura de Oliva de esa conexión con el lado dialéctico, introspectivo y complejo de su indagación fílmica a que ya se ha aludido.

Galería de la Fundación Antonio Pérez con las obras de Ignacio Oliva
Galería de la Fundación Antonio Pérez con las obras de Ignacio Oliva

Como recomendaba Zóbel, hay que dedicar unos pocos minutos a cada pieza, contemplarla en tanto que emanada ella misma de la contemplación, casi siempre de la de la naturaleza, más también de un sustrato cultural donde hay ideas, emociones, contradicción, otras imágenes, viaje, poesía. Observación y un poco de arqueología estética: tras ello, el disfrute y la comprensión de estos cuadros se implementa, desplegándose como si fueran abanicos o colas de pavo real

La muestra consta de dos ámbitos fundamentales. El primero es Conversación en la montaña, donde se recrea la que sostuvieron en la Selva Negra el filósofo Martín Heidegger y el poeta Paul Celan. El diálogo, la memoria, el imposible olvido, el perdón improbable, la culpa, la inmolación.

Armónicos principios

Temas conflictivos, historia que se proyecta hasta el presente, y que Oliva ha recogido en algunos de sus proyectos cinematográficos. Temas que afloran desde el envés del lienzo, encubiertos por una serie de miradas fascinantes y fascinadas hacia laderas boscosas, sinfonía de formas de la montaña, armónicos precipicios.

Los papeles del mar Rojo son como un particular cuaderno de apuntes de la ideación y rodaje de Hereje, su nuevo largometraje; un viaje a la esencia del antiguo Egipto, cuya modernidad y hechizo se renueva en cada generación. Particular story board abstracto, se aproxima quizá más a la práctica pictórica del último Antonioni que a los vangoghianos cuadros de Kurosawa, otros dos maestros de Ignacio Oliva. Si es que hiciera falta un estímulo adicional para visitar Cuenca, esta exposición de pinturas de Ignacio Oliva en la FAP es el reclamo preciso. Una muestra que «pone en primer término a la naturaleza y la memoria en el contexto poético, dos temas que tienen mucho que ver con la tensión del presente». Son palabras del propio artista.