Illustración de Gustave Doré sobre El Quijote
Illustración de Gustave Doré sobre El Quijote
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA: HACERSE EL VIVO

El héroe realista

«Es en España donde se inventa el realismo, con el Lazarillo, La Celestina y el Quijote, e incluso yo diría que antes, con el Cantar de Mio Cid»

Actualizado:

El gran tema humano, desde que el hombre prehistórico pintara en cuevas los animales que deseaba cazar, es la dualidad fantasía-realidad, que también podría llamarse, como hizo Goethe, poesía y verdad, o la realidad y el deseo, según Cernuda.

Si el Quijote es la novela más leída, traducida y editada de la historia es porque Cervantes supo abordar tal meollo con tal cercanía, inteligencia y humanidad que, me atrevería a decir, ningún filósofo lo ha superado. Es en España, más concretamente en Castilla, donde se inventa el realismo, con el Lazarillo, La Celestina y el Quijote, e incluso yo diría que antes, con el Cantar de Mio Cid, porque El Cid -a diferencia de otros caballeros andantes que en aquella época campaban por Francia con su halo legendario- es en todo momento consciente de la necesidad de conseguir dinero para el buen éxito de sus campañas, y de las primeras cosas que hace es ir a visitar a un usurero. Es como si, hartos de tanto cuento chino, de tanto caballero andante que ni suda ni come ni sangra ni necesita dinero, hartos igualmente de tanto amor platónico y tantas aventuras imposibles, hubiéramos resuelto decir las cosas claras, como son, y si se pasa hambre, contarlo. Con este paso surge el realismo, y surge aquí en España, para expandirse por toda Europa. Todos los grandes novelistas del XIX, siglo en que se implantan los cimientos liberales de que disfrutamos ahora, confesarán su deuda con la picaresca española y el Quijote, desde Defoe, Sterne y Dickens en Inglaterra, hasta Flaubert, Stendhal y Balzac en Francia, pasando por Dostoievski, Chéjov y Tolstoi en Rusia. En toda obra artística que valga la pena, perdurable, anidará dicha lucha interna entre la realidad y el deseo, entre lo que es y lo que debería ser, pues en cada uno de nosotros convive tal pugna.

Spinoza define el deseo como la esencia misma del hombre, el esfuerzo que el hombre realiza por perseverar en su ser. En el mismo sentido, Ortega, en sus Meditaciones del Quijote, dice que «la raíz de lo heroico se halla en un acto real de voluntad». El héroe, añade, es aquel que quiere ser lo que es. Enfatiza el verbo querer, pues sin alguien que desee algo no hay arte, no hay héroe, tal como decía Chéjov: «Quien nada quiere, nada espera y nada teme, no puede ser un artista». En este sentido, el héroe pertenecería al campo de la fantasía, del deseo y la voluntad, contrapuesto al campo de la realidad que se acepta tal como es, sin juzgarla, para conocerla mejor, con respeto y paciencia, en toda su compleja infinitud, propio de la inteligencia y motor de progreso y libertad. El héroe, pues, para ser héroe, debe ser más voluntarioso que inteligente, más soñador que realista, pues su mayor enemigo será la realidad. Si Alonso Quijano hubiera sido realista e inteligente, no habría salido de casa en una edad en que superaba con creces la esperanza de vida de la época; pero es precisamente la voluntad de salir a los caminos a desfacer entuertos que sólo están en su cabeza lo que le permite conocer, a golpe de trompazos, la realidad, es decir, su deseo termina por convertirlo en una persona inteligente y realista, mientras que sus cincuenta años de vida encerrado en casa lo habían convertido en una persona fantasiosa y patética, apartado por miedo de la vida, incapaz de discernir las fronteras entre realidad y fantasía, con el cerebro recalentado por la lectura de libros de caballería.

El modo subjuntivo es el modo de los sueños, de lo improbable, de lo que podría haber sido. Es el modo de los héroes, es decir, de los infelices. Tanto más se conjuga el subjuntivo cuanto mayor es la frustración de un país. A diferencia del inglés, que no tiene subjuntivo, o tiene que retorcer la lengua para crear dicho matiz, el castellano posee una riqueza de tiempos subjuntivos única e incomparable. Resignados a una realidad que no nos gusta, frustrados por una realidad que es como es pero que pensamos que podría haber sido de otra forma, nos refugiamos en el mundo de las quimeras. Pero la realidad se impone siempre, como demuestra el Quijote, esto es, la propia vida. Se impone a base de palos y de acabar el héroe por los suelos una y otra vez, un héroe que terminará muriendo en la cama como cualquier persona normal.