Florinda (1853) de Franz Xavier Winterhalter
Florinda (1853) de Franz Xavier Winterhalter
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Florinda

«Se llamaba Rosaura, tenía 82 años y su marido la había degollado en un pueblo de Ciudad Real»

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Aún hoy sigo preguntándome cómo sería ella, Florinda. La puedo ver recién llegada a Toledo, enviada por su padre, don Julián, conde de la ciudad de Ceuta, con el propósito de que recibiera una buena educación en la corte visigoda. Puedo verla ahora mismo ahí enfrente, a escasos metros, junto al torreón, en los baños que llevan su nombre, salpicándose con las manos el cuerpo desnudo, iluminado por el mismo sol que abrasa la obsesiva nuca de don Rodrigo, o la mía, aquí acodado una vez más en el puente de San Martín, con la mente tan atosigada por un sueño como lo estuvo la del último rey visigodo.

El sueño viene de lejos. Creció cuando otros sueños, esbozados celosamente durante la adolescencia, ya truncados para siempre, regresaron conmigo, hechos añicos entre películas y libros, dentro de un macuto. Sin nada, o con menos que nada, pues volvía más vacío de lo que me fui, las escapadas a Toledo fueron una tortura necesaria para reencontrarme conmigo mismo y con todo aquello de lo que siempre quise escapar, y una buena manera, entre paseos erráticos por callejones sombríos, de volver a levantar un sueño aún más monstruoso. Ya había escrito dos novelas, con la única ambición de despistar a la soledad y perder el miedo a las palabras, y en el pueblo había empezado una tercera que me gustaba tan poco como las dos anteriores. Tenía veintitrés años.

Y en uno de esos vagabundeos por Toledo, deambulando por callejuelas tan tortuosas como mis cavilaciones, sentado en la terraza de un bar frente a la estatua de fray Luis, leí una noticia en las páginas de un periódico que alguien se dejó en la mesa de al lado. Se llamaba Rosaura, tenía 82 años, y su marido la había degollado en un pueblo de Ciudad Real. Cincuenta años antes, el marido había asesinado, para poder estar con la mujer a la que finalmente mató, al primer marido de ella. Ambos fueron condenados. Al salir de la cárcel, se esperaron, se casaron. Ella tenía una hija del primer marido. Una hija que asistió al funeral de su madre, asesinada por el mismo hombre que mató a su padre medio siglo antes.

Pedí la cuenta, pagué y seguí caminando, y mis pasos me llevaron a la parte de Toledo que más me gusta, la zona del puente de San Martín. Me acodé, como ahora, en el viejo pretil de piedra, y me pregunté cómo sería ella, Florinda, bañándose desnuda en estas aguas contaminadas, ajena a ultrajes, invasiones y a su propia leyenda. La Cava, la llamaron los árabes. Mujer mala. Mala puta.

Volví a mi casa, abandoné la novela que había empezado y me puse a escribir aquella historia. A Rosaura la llamé Florinda. Me pasé todo el verano bañándome en páginas de aguas turbias, con la sensación de que alguien más inteligente que yo, con más experiencia -una experiencia de siglos-, trazaba las letras sobre el papel; meses tratando de descifrar el misterio de aquella mujer que sin duda en su pueblo fue tachada también de mala mujer por los vecinos y por su propia gente, y de imaginar aquel medio siglo durante el cual el país avanzó en derechos y libertades pero las pasiones contraídas como deudas de sangre continuaron su propio camino, de espaldas, buscando su origen fatal y primigenio como expiación.

En una de las presentaciones de la novela, alguien del público me preguntó si no era demasiado atrevido convertir en protagonista a la instigadora de un asesinato, con el riesgo de que el lector empatizara con alguien de esa calaña. Le contesté que sí, que justo ese era el reto que me había planteado al escribirla. Pero no. El verdadero reto sigue estando aquí, río abajo, entre las aguas sucias, tan desnudo, peligroso y atractivo como hace siglos.