El obrero Nicanor Patiño relatando al cura y al médico de Guadamur cómo percibió la aparición de la virgen (Foto, Contreras y Vilaseca, “Ahora”).
El obrero Nicanor Patiño relatando al cura y al médico de Guadamur cómo percibió la aparición de la virgen (Foto, Contreras y Vilaseca, “Ahora”).
Esbozos para una crónica negra de antaño (XLIV)

Duendes, fantasmas, brujos y otras apariciones

Extraños sucesos en Sonseca, Burguillos, Guadamur y en Toledo, en el callejón del Vicario

TOLEDOActualizado:

Plinio el Joven (61-113 d. C.) está considerado como el autor del primer testimonio escrito sobre la existencia de fantasmas en la historia. En una de sus «Cartas», dirigida a Lucio Licinio Sura, amigo personal del emperador Trajano, da cuenta de los extraños sucesos registrados en una casa de Atenas, donde sus moradores veían deambular la imagen de un anciano, con barba larga, cabello erizado y vestido con ropas andrajosas, quien caminaba pesaroso arrastrando grilletes y cadenas. Tiempo después el filósofo Atenodoro, quien alquiló la vivienda por un precio irrisorio, descubrió tras una de estas apariciones que en el patio, enterrados, sin ninguna consideración, se encontraron huesos humanos entremezclados con eslabones de hierro corroídos, deduciéndose que el espectro vagaba por la morada suplicando ser inhumado dignamente. De entonces a ahora, relatos similares han trufado de fantasías, leyendas e imaginaciones nuestra vida diaria, siendo raro el pueblo o ciudad donde no haya creencia en sus propios aparecidos. Estos esbozos se acercan hoy a algunos de estos espectros del pasado en tierras toledanas.

Corría el verano de 1935, cuando en las páginas del semanario ilustrado «Mundo Gráfico» se publicó un reportaje sobre las andanzas de un duende, que vertía aceite, derramaba sal, lanzaba objetos a la Guardia Civil e intentó envenenar a toda una familia en la localidad toledana de Sonseca. La casa «embrujada» se encontraba en el número cinco de la calle de la Parra. En ella vivían tres familias. Una de éstas era la conformada por Cesáreo García, conocido como «El Huevero», su esposa María Martín y sus siete hijos.

Un día, al regresar de una huerta de lavar colchones, María se encontró abierta la puerta de la cocina que había dejado cerrada antes de irse. Al entrar en la misma halló derramados por el suelo nueve huevos rotos, el aceite de una alcuza, la sal, el pimentón y el botijo del agua. Ninguna de sus vecinas supo darle respuesta a lo ocurrido. Al día siguiente, tras levantarse de la siesta el estropicio volvió a repetirse en la misma estancia, habiéndose volcado además el puchero con el cocido, derramado una botella de alcohol en la tinaja y encontrándose una bola de lejía en la jarra del agua. Como ocurriese la vez anterior, María había echado la llave a la estancia antes de irse a descansar.

Ante tal circunstancia, el matrimonio dio cuenta de lo ocurrido al juez municipal y a la Guardia Civil. Estando inspeccionando el corral de la vivienda, sobre ellos comenzaron a caer tiestos y las cosas más dispares. «Caían por los cuatro costados del patio y no sabíamos de dónde…», declaró María al reportero de «Mundo Gráfico», añadiendo que a un número de la Benemérita le dieron en el tricornio con la «cobertera» de un puchero que les había desaparecido un día antes. Tras subir a los tejados no se encontró nada extraño que pudiera explicar lo sucedido. Los testimonios de los vecinos que presenciaron tan inusual «granizada» tampoco aclararon qué podría haber ocurrido.

Cuando el periodista Felíu Dosart, abandonó la localidad toledana, preguntándose si realmente había duendes en Sonseca, reconocía haber recogido hasta catorce versiones diferentes, «una en cada cotilleo de comadres», siendo imposible coordinarlas, pero convencido de que en la casa del «Huevero» sucedían cosas raras y no faltando el testimonio de algún lugareño que aseguraba haber visto la sombra del duende, transmutado en un halo blanco en la impenetrabilidad de la noche, por los tejados.

El «Brujo del Ventorrillo»

El 19 de noviembre de 1914, Sebastián Díaz estaba labrando unas tierras próximas a Burguillos, cuando notó que la reja del arado chocaba con una enorme piedra. La levantó con esfuerzo para poder continuar la labor, encontrado bajo ella restos humanos. Preso de zozobra, corrió impaciente hasta el pueblo para poner en conocimiento de las autoridades el hallazgo, relatando lo sucedido a cuantas personas encontraba por el camino.

Acompañado de dos médicos y un gran gentío, el juez municipal, Norberto Díaz, se trasladó hasta el lugar de los hechos. Examinados los huesos, los facultativos concluyeron que eran de una persona joven, de unos quince años. El descubrimiento desbocó multitud de hipótesis y comentarios en todo el pueblo, que a juicio de los periodistas «Honn» y Escobar, redactores del «Diario Toledano» que se trasladaron hasta Burguillos para cubrir lo sucedido, bien podrían asemejarse a una misteriosa novela digna de haber sido escrita por el gran sir Arthur Conan Doyle, creador del célebre Sherlock Holmes.

Según sus investigaciones, hacía unos treinta y cinco años que cerca del lugar donde fueron hallados los restos humanos, en una casa conocida como «El Ventorrillo», habitó un hombre de «truncada psicología», a quien llamaban «El Brujo» por sus aficiones cabalísticas, su gracia para quitar el mal de ojo y por creerse que tenía tratos con el diablo. También se decía que maltrataba a un hijo que con él vivía. Los ancianos del pueblo recordaban que en aquel lugar solían juntarse gentes de mala catadura, «diestros en el arte de la picardía», quienes fraguaban allí sus planes para posibles fechorías.

Contábase, también, que una guapa moza del pueblo era asiduamente cortejada por «El Brujo». Una tarde que volvía a Burguillos con un cesto de ropa que acaba de lavar, desapareció «como por encanto». Esta circunstancia, recogían los periodistas, dio lugar a multitud de comentarios y suposiciones, alimentadas con las prevenciones que los burguillanos tenían hacia el morador de «El Ventorrillo». Nada pudo aclararse. Tampoco pudo certificarse la noticia propalada por él mismo, tiempo después, de que su hijo había marchado a América en busca de fortuna.

Dado el tiempo transcurrido desde estas desapariciones, poco pudo saberse con certeza sobre a quién podrían corresponder los huesos encontrados por Sebastián Díaz. Cuando regresaban a Toledo, los enviados especiales de «Diario Toledano» hubieron de soportar una terrible lluvia y «entre las sombras de la noche, parecíamos ver por barbechos y bardales la siniestra y trágica figura de “El Brujo”, que cruel sanguinario fue uno de los principales personajes que figuran en la negra y tétrica historia de “El Ventorrillo”».

Las «apariciones» de Guadamur

Gran revuelo nacional se montó durante varias semanas de 1931 a cuento de unas supuestas apariciones de la virgen María en un olivar próximo a la localidad de Guadamur.

Todo comenzó en la tarde del 26 de agosto. Consuelo Villamor y su hermana, hijas de un médico de la localidad, salieron de paseo junto a una amiga, Josefina Escribano. Cuando el sol comenzaba a declinar, al pasar junto a un olivar, a unos dos kilómetros del pueblo, al lado de una huerta conocida con el nombre de «Los Muchachos», vieron entre los árboles una extraña aparición, que identificaron con una bellísima dama enlutada que se desplazaba sin tocar el suelo. Llevaba las manos «amorosamente» cruzadas sobre el pecho y su manto negro se fundía con las sombras. La figura irradiaba un halo luminoso. Las jóvenes, aterradas, corrieron al pueblo a relatar lo que les había sucedido.

Al día siguiente, los visionarios fueron un grupo de muchachos que regresaban a Guadamur tras haber dado un paseo en bicicleta. El «encuentro» tuvo lugar en mitad de un camino y uno de ellos, Benjamín Alonso, de catorce años, hubo de emplearse a fondo con los frenos del velocípedo para no atropellar a la «mujer enlutada», quien ornaba su cabeza con una corona rodeada de oscilantes lucecitas a modo de estrellas.

No tardó en correrse la voz por la localidad y cientos de vecinos se congregaron en el olivar. Aunque la mayoría de ellos no vio nada, unos cuantos sí aseguraban percibir la extraña visión, que, a decir de estos, se asemejaba a una imagen de Nuestra Señora de la Soledad. En el lugar se hizo presente una pareja de la Guardia Civil, esforzándose en realizar un reconocimiento exhaustivo del olivar cada vez que alguno de los presentes exclamaba «¡la veo, la veo!», sin advertir ellos nada extraordinario.

Durante las semanas siguientes, la afluencia de curiosos a Guadamur fue masiva. Hubo días en que más de un millar de personas se congregaban en el olivar, orando juntos y esperando ver a la extraña dama enlutada, de extraordinaria belleza y cuyo rostro recordaba a algunos de los visionarios el de la Virgen de la Encarnación, que por entonces se veneraba en la iglesia parroquial. Solamente unos cuantos «privilegiados» la contemplaron.

La noticia trascendió pronto al ámbito provincial, toda vez que aquel verano estaba siendo pródigo en supuestas apariciones marianas en diferentes lugares españoles: Ezquioga (Guipuzcoa), Espejo (Álava), Torralba de Aragón (Huesca) o Mendigorría (Navarra). Esta circunstancia generó cierta incomodidad en las autoridades republicanas, pues en mayo de 1931 se había registrado el incendio de algunas iglesias y conventos y las relaciones entre el gobierno y la jerarquía eclesiástica atravesaba momentos de tensión, acrecentada tras el abandono de España del cardenal Segura y su sustitución por monseñor Gomá quien no dudó en liderar a la Iglesia española contra el nuevo régimen surgido tras al 14 de abril. Para añadir dramatismo a estas apariciones, algunos de los visionarios de Ezquioga aseguraban haber recibido mensajes que auguraban el inicio, dentro de cinco años, de una cruenta guerra civil entre hermanos. En el caso de la localidad toledana, algunos especularon que la virgen quería pedir que los jesuitas no fueran expulsados del país.

Esta dicotomía se trasladó también a la prensa toledana y nacional. Mientras que en las páginas de «El Castellano», editado por el Arzobispado, se recogían detallados relatos de algunos de los visionarios, en «El Heraldo Toledano» se tomaban las supuestas apariciones a sorna, considerando que las mismas respondían a una maniobra de distracción popular para restar interés a algunas de las medidas que el nuevo régimen político intentaba poner pie en España. Es significativo que en el primero de estos diarios, ha quedado reflejada la prudencia de diferentes estamentos religiosos y eclesiásticos, no pronunciándose abiertamente, en ningún momento, sobre la verosimilitud de las apariciones y de quienes decían verlas.

El interés vecinal por estas visiones se mantuvo durante unas cuantas semanas. De igual forma que las noticias procedentes de Guadamur comenzaron a copar una mayoría de periódicos españoles, poco a poco el silencio y el olvido fueron extendiéndose sobre este fenómeno de sugestión colectiva, sin que nadie pudiera certificar la veracidad o no de los testimonios transmitidos por los visionarios. Cuatro años después, una situación similar se vivió en Burguillos, cuando un muchacho de dieciséis años, Fausto del Castillo, dijo haberse topado por cuatro veces con un extraño peregrino, vestido con un hábito pardo y larga barba gris, que interpretó como el propio Jesucristo hecho persona.

Fantasmas a conveniencia

Como decíamos al inicio de esta crónica, raro es el pueblo en donde no pueda asegurarse la «certeza» de extrañas y misteriosas apariciones. Bien conocida es la inquietante leyenda de la llamada «Casa del Duende», cerca la iglesia de San Miguel, en Toledo, donde se dice vivió una vieja arpía, quien con sus endiabladas manipulaciones tenía horrorizado al vecindario, contándose que las mesas de sus aposentos eran ataúdes sostenidos por rótulas y tibias humanas, alumbrándose con mortuorios cirios elevados sobre calaveras. Numerosas rutas turísticas recalan hoy en las enigmáticas cuevas de una vivienda ubicada en tal colación, en cuya entrada pueden verse unos misteriosos candiles tallados en piedra, refiriéndoseles fantásticas historias a sus alucinados visitantes.

Pero amén de sobrecoger al personal, estos fantasmas también han sido excusa para cuestiones menos truculentas.

Corría el año 1901 cuando los vecinos de Toledo comentaban intrigados algunos extraños sucesos que supuestamente ocurrían en la casa número trece del Callejón del Vicario. Los vecinos que hacía tiempo la habitaron decían que una noche vieron duendes en la misma, los cuales se alejaron ante las voces que les dieron. Como las visiones se repetían, decidieron abandonar la vivienda. El inmueble estuvo largo tiempo desalquilado, hasta que a finales de verano otra familia fue a vivir allí. Pronto comenzaron a tener encuentros con los espíritus y también terminaron desalojándola. Como nunca llegó a aclararse la certeza de cuanto allí ocurría, al dar cuenta de estos sucedidos, desde las páginas del semanario «La Campana Gorda» se preguntaban si toda esta historia no respondería al interés de alguien por comprar barata la mencionada finca.

Años después, en noviembre de 1916, comenzó a propagarse por la capital provincial el rumor de la presencia de una fantasma que aterrorizaba a los habitantes de los barrios extremos de su Casco Histórico. Desde que cundió la comidilla, agentes de la autoridad intentaron indagar, sin resultado, cuanto se decía. Una noche, Juan Fragua, vecino de la Hospedería de San Bernardo, se presentó magullado en la clínica de urgencias, diciendo que la fantasma le había salido al paso, propinándole numerosas bofetadas. De cuanto le había acontecido, dio toda clase de pormenores a los sanitarios, quienes finalizada su asistencia concluyeron que la herida de varios centímetros que el visionario presentaba en la nariz, así como algunas contusiones en la cara, eran consecuencia de los golpes que habíase dado contra una pared y posterior caída al suelo cuando salía de su casa con una soberana «merluza».

Enrique Sánchez Lubián, periodista y escritor
Enrique Sánchez Lubián, periodista y escritor