Mariano Calvo - ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

La «Dives Literaria»

Catedral Primada de Toledo, inspiración para poetas y escritores

Mariano Calvo
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La catedral Primada erige su emblemático perfil sobre el caserío mudéjar de Toledo sirviendo de algo más que de símbolo de fe: también de inspiración para poetas y escritores. Su riqueza artística y patrimonial le ha ganado, entre las catedrales españolas, el título de la «Dives Toledana» (la «rica toledana»), pero asimismo posee, aunque menos conocido, un excepcional acervo literario que le haría merecedora, con no menos motivo, del título de la «Dives Literaria».

Su fisonomía gótica fue surgiendo al tiempo que el primitivo castellano medieval iniciaba sus primeros balbuceos, y resulta significativo que el primer poeta acreditado en nuestra lengua, Gonzalo de Berceo, le dedicase la primera composición de su principal obra, «Los milagros de Nuestra Señora».

Cuando la catedral se asentaba todavía en la antigua mezquita aljama, dio cobijo a la Escuela de Traductores de Toledo, e incluso antes, como en un barrunto de su destino literario, contó entre sus primeros arzobispos con el principal poeta latino de su tiempo, San Eugenio III.

Vinculados a la catedral toledana brillan los dos grandes arciprestes de la literatura medieval española: el Arcipreste de Hita y el Arcipreste de Talavera. El primero dio la postrera lima a su famoso Libro de buen amor en la cárcel arzobispal, y el segundo, uno de los maestros de la prosa española del prerrenacimiento, fue racionero de la capilla de Reyes Viejos y su lápida sepulcral se exhibe junto a la puerta del Reloj.

Sobre sus bóvedas campea a caballo, a tamaño natural y con cierto aire de personaje de cómic, la figura del caballero Esteban Illán, que según se dice inspiró al infante don Juan Manuel la figura protagonista de su célebre cuento «Lo que sucedió a un deán de Santiago con don Illán, el mago de Toledo», uno de los apólogos clásicos de la literatura española.

Canónigo de la catedral de Toledo, aunque por poco tiempo, fue el Canciller Pero López de Ayala, cronista, traductor y poeta en las horas más sosegadas de su ajetreada vida.

A otro canónigo de la catedral, de nombre Ferrand Martínez, le debemos la primera novela de género caballeresco escrita en castellano, «El caballero Zifar», y hay motivos para pensar que pudo inspirar a Cervantes el personaje del canónigo toledano que en El Quijote pronuncia un largo discurso crítico sobre los libros de caballerías, reconociendo finalmente que él mismo tenía escritas más de cien hojas de esas fantasías.

Miembro del cabildo fue el albacea testamentario de Garcilaso de la Vega, don Pedro de la Peña, al que se supone responsable de la exquisita educación humanística del poeta que introdujo el Renacimiento en la Literatura Española.

También se contó entre los canónigos de la catedral a don Pedro González de Mendoza, quien dio refugio a San Juan de la Cruz en el Hospital de la Santa Cruz, posibilitando que, como parece probable, fuese allí donde el místico escribió o acabó de pulir su célebre «Cántico espiritual».

En la Biblioteca Capitular se encuentra uno de los textos más importantes que han servido para la versión reconstruida de Los viajes de Marco Polo, cuyos manuscritos originales se han perdido; y también entre los manuscritos de la biblioteca se descubrió el Auto de los Reyes Magos, la pieza teatral más temprana en lengua castellana.

Entre sus honores literarios, la catedral cuenta con el de ser lugar frecuentado por Lázaro de Tormes mientras estuvo al servicio del escudero famélico y beaturrón, y como empleado de cierto capellán que, dándole trabajo de azacán, le puso en «el primer escalón… para venir a alcanzar buena vida».

En los fastos literarios organizados por el cardenal Sandoval y Rojas con motivo de la inauguración de la capilla del Sagrario, participaron ciento veintitrés poetas, entre ellos el gran Luis de Góngora, que compuso para la ocasión el poema tan hermoso como intrincado que comienza: «Esta que admiras fábrica, esta prima/ pompa de la escultura, oh caminante, en pórfidos rebeldes al diamante,/ en metales mordidos de la lima…», que debería exhibirse en la capilla como otro más de sus adornos.

Durante varios siglos la catedral patrocinó la representación de autos sacramentales, financiando a los mejores autores y compañías teatrales de su tiempo. Y no es muy conocido que el gran Calderón de la Barca, culminación barroca del teatro español, fue durante veintiocho años capellán de Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.

La novela picaresca usó a la iglesia mayor para escenario de sus atrabiliarios personajes, y por ella pasearon sus gracias y trucos galantes Guzmán de Alfarache y Teresa de Manzanares, «la niña de los embustes, buscona de marca mayor, sanguijuela de las bolsas y polilla de las haciendas».

El género legendario encontró en el sobrecogedor monumento su ámbito propicio, de tal modo que una decenas de relatos recrean, en sus naves y capillas, fantasías románticas de espectros y estatuas revivientes, como la que Gustavo Adolfo Bécquer referencia en la capilla del Sagrario, narrando el robo de una ajorca de la Virgen.

Una lista interminable de escritores han dedicado páginas excelsas a la catedral toledana, como Benito Pérez Galdós, que definió el templo como «una enciclopedia de catedrales» y «la expresión más gallarda del arte cristiano que existe en el mundo». Por su parte, Félix Urabayen le rindió su particular homenaje en el libro Por los senderos del mundo creyente, y en otra de sus obras la calificó como «la única expresión verdadera del arte nacional». De manera similar, para Gregorio Marañón la catedral de Toledo refleja «la perfecta imagen de la nacionalidad española» en cuanto que en ella se produce el «diálogo entre las culturas cristiana y la árabe, que se atacan y se confunden luego».

Pero entre la legión de escritores fascinados ante la sagrada montaña de piedra, uno solo se ha atrevido a concederla absoluto protagonismo: Vicente Blasco Ibáñez, el anticlerical revolucionario que, usando de una insospechada comprensión y hasta ternura, describe en su novela «La catedral» el declive del templo toledano como epicentro simbólico de la decadente España finisecular.

No obstante, de todas las gemas literarias de la Catedral de Toledo, la más valiosa lo constituye el hecho de que Miguel de Cervantes la eligió como marco de la génesis de su libro inmortal «Don Quijote de la Mancha», considerada internacionalmente «la mejor obras literaria de la historia». Es en el claustro catedralicio donde Cervantes —en oficio de narrador— y un morisco aljamiado negocian la traducción de los cartapacios de Cidi Hamete Benegeli — en los que se contaba la historia del hidalgo manchego en caracteres arábigos— por dos fanegas de trigo y dos arrobas de pasas: «Apárteme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor y roguele me volviese aquellos cartapacios…». Un impagable homenaje que el ingente Cervantes brinda a la ciudad de Toledo, representada por su principal emblema: la catedral.

El mismo claustro vuelve a aparecer en «El Quijote» con orla de laureles cuando, al hacer Sancho Panza ponderación de la calidad del habla de los toledanos, un estudiante ensalza la calidad del castellano pulido que allí se habla: «No pueden hablar tan bien los que se crían en las Tenerías y en Zocodover, como los que pasean casi todo el día por el claustro de la iglesia mayor…».

Definitivamente, puede entenderse que el más rico templo de España es también uno de los más literarios, y, del mismo modo que la custodia de Arfe es sin discusión el epítome de su riqueza artística, El Quijotelo es de su riqueza intangible.

POR MARIANO CALVOPOR MARIANO CALVO