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ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (62): La casa encendida

«Olor a Toledo que se mezcla con el aroma dulce y pegajoso de los mangos caribeños»

POR HILARIO BARRERO
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Decidimos salir a la vida después de haber estado cuatro días encerrados mirando por la ventana cómo el sol patinaba en el pavimento que aparecía arropado por una piel marmórea. Hemos roto la barrera del miedo y hemos abierto la puerta a la cárcel y nos hemos echado a la aventura. Caminamos como si llegáramos tarde a un sitio donde nadie nos espera, donde la soledad se congela. Un mendigo, sentado a la puerta de un supermercado, pide limosna y canta sonriente un blues, extendiendo la mano desnuda que tiembla no sabemos si por el ritmo de la canción o por el frío. En el atrio de una de las iglesias un homeless duerme arropado por una montaña de mantas, alguien ha puesto un café y un bagel. De vez en cuando una lluvia de navajas afiladas vienen como caídas del cielo a clavarse en el poco espacio libre que llevamos sin tapar. Los puestos de flores al aire libre están ahora vacíos, las flores en el interior, protegidas por una campana de plástico. Allí, un poco nublados y encogidos, los primeros tulipanes, las primeras temblorosas flores de almendro, los narcisos, recién llegados, aun sin abrir, flores de Holanda y de Colombia, de México y de Chile: primavera extranjera. Por estas fechas yo recuerdo vívidamente dos almendros que se veían, a lo lejos, desde la ventana de mi alcoba que anunciaban la derrota del invierno: primavera de mi infancia. De vuelta, hemos comprado mandarinas, naranjas y manzanas y un frasco de anchoas Ortiz: sabor de España. Las naranjas eran el postre de invierno y siempre me traen el aroma de la niñez y el chisporroteo de las cáscaras al doblarlas. Olor a Toledo que se mezcla con el aroma pegajoso y dulce de los mangos caribeños y el áspero tacto de los aguacates. Vuelve uno como si hubiera subido el Himalaya: en los pies un hormigueo, en la manos un temblor helado, en la mirada una luz que nubla la retina, congelando las lágrimas y en el corazón un calor bienvenido que nos libera de la cárcel del invierno.

Un invierno más, un invierno menos. La casa está encendida.