Unas notas escolares del autor de este artículo
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Diario de un jubilado en Nueva York (56): Cuadro de honor

«Uno, que arrastraba las matemáticas como una cruz pesada, que nunca entendió el misterio de una ecuación, celebra ahora la ejemplar conducta de don Antonio»

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A veces, lleno de santa ira, arreaba bastonazos a los que se salían de madre. Siempre con corbata y traje oscuro, alto, distinguido, más divino que humano, personaje del Greco, caballero renacentista, santo, piadoso, inteligente, padre y maestro, pedagogo y director de Colegio Sadel Nuestra Señora del Sagrario. Don Antonio Bardón con cabello y bigote canos, ojos penetrantes, gesto adusto, generoso y justo. Un apóstol de la enseñanza.

Lo recuerdo cuando en mayo, mes de María, rezaba el rosario en el salón del colegio; los domingos yendo con los internos a misa de diez en Santo Tomé; en Jueves Santo prestando unos valiosos jarrones para el Monumento de la parroquia; a menudo comprando hojas de sellos en la librería de Guzmán, mazapanes en la confitería Rodrigo Martínez, firmando libros de escolaridad, pasando las notas, asesorando, acogiendo a alumnos pobres y educando a media provincia de «internos», alumnos de Navahermosa, Ajofrín, Torrijos…

Y en la pared principal del salón, que era capilla a veces, sala de cine en ocasiones, lugar de reuniones y de espera antes de entrar a clase, hogar siempre, aquella frase que uno leyó tantas veces y que se aprendió de memoria: «La cultura se organizará en forma que no malogre ningún talento por falta de medios económicos. Todos los que lo merezcan tendrán acceso incluso a los estudios superiores». De José Antonio a Girón. Y don Antonio galardonado, en 1955, con la medalla de la Juventud, categoría de bronce.

Uno, que no fue nunca un estudiante de sobresalientes, que arrastraba las matemáticas como una cruz pesada, que era de Letras y gozaba con las clases de griego de don Quirico o con las de Latín de don Jaime Vidal, que nunca entendió el misterio de una ecuación o la fórmula del agua, celebra ahora la ejemplar conducta de don Antonio y repasa, emocionado, su letra firme y personalísima, con las notas de uno de los cursos de este muchacho que nunca estuvo en el cuadro de honor.