Rosaleda del Botánico de Brooklyn
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ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA

Diario de un jubilado en Nueva York (55): En defensa de la melancolía

«Uno se deslumbra con la metralla del pájaro herido y abre los ojos en la oscura espesura de la noche»


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El otro día publiqué en Facebook una entrada del Diario. Trataba de una visita al Botánico de Brooklyn en un día lluvioso e iba ilustrado con algunas fotos de rosas, ventanas con rosas y una estatua de bronce con rosas. Todo muy decadente.

El texto fue bien recibido por los amigos con casi una cincuentena de mensajes que uno agradeció. Mensajes que celebraban el chisporroteo de imágenes, de ventanas que nunca se abren y de que el texto tenía un cierto aire de pasodoble y bolero, cuando en realidad lo que uno pretendía era dar un arañazo a la melancolía con la espina de la lluvia.

Pero los caminos de la melancolía son resbaladizos y escurridizos sobre todo si están mojados. Y la herida de la espina de la rosa, la esencia de la belleza, deja cicatrices perfumadas.

Es cierto. Uno a menudo araña la vida que se va y parece olvidar la que llega. Se deslumbra con la metralla del pájaro herido y abre los ojos en la oscura espesura de la noche. Celebra la lluvia que no puede con el fuego que desprende la rosa y no elogia la raíz que vive en lo oscuro. Lamenta el tiempo pasado, el que es espina aguda en el corazón y pasa por alto la gota de sangre que brota del desamor. Elogia a la melancolía y se deja empapar por un aguacero efímero.

Tal vez dejar que la música festiva de un pasodoble me haga olvidar por un momento a esa bilis negra: enfermedad causada por la pérdida del fulgor de vivir. Y celebrar la llegada del verano en su primer día de esplendor.