Tejados de Toledo
Tejados de Toledo - DAVID LUNA
ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA: HACERSE EL VIVO

El constructor de ciudades

«Al callejear por Toledo siempre tengo la sensación de ir siguiendo ese hilo de Ariadna»

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Sigmund Freud comparaba su método psicoanalítico con una ciudad en ruinas que ha de ser reconstruida mediante el recuerdo y la palabra. Para recomponer esos pedazos rotos, para insuflarles vida, es necesario tener el valor de adentrarse en laberintos y cuevas hasta hallar el tesoro que guarda los más valiosos secretos sobre nosotros mismos.

Los laberintos son construcciones de minotauros que acaban convertidos en prisioneros de su propia obra. Teseo dejó un hilo (una obra personal dentro de la gran Construcción del monstruo) para poder rehacer el camino y escapar, es decir, para recobrar su identidad y seguir siendo quien era.

Al callejear por Toledo siempre tengo la sensación de ir siguiendo ese hilo de Ariadna. La sensación de ir caminando sobre un sueño ya soñado, de ir hollando un inconsciente no individual sino tejido por el de todos aquellos que dejaron sus hilos entrenzados con el mío. Ese hilo, para un escritor, es la escritura. Y Toledo es esa antigua novela que tanto quieres, que por muchas veces que ya la hayas leído continúas abriéndola con la emoción de la primera vez y en la que te adentras sin prisas, en silencio, deteniendo la mirada aquí, allá, contento de verte de nuevo ante el acertijo de una encrucijada. Doblar una esquina de la ciudad es pasar una página, cada paso es una palabra, cada calle, una oración, cada senda recorrida, un párrafo, cada fachada, un capítulo.

Freud, al levantar ciudades en ruinas, logró en plena era positivista lo que lograron los antiguos constructores de las catedrales: hacer visible lo invisible. Bajo la bóveda del templo (Freud diría del cráneo) la música reverberaba hasta hacerse una víscera más dentro de nuestro organismo; el olor del incienso penetraba en nuestras células como un amigo que nos acompañaría de regreso a casa y la luz del sol, filtrada a través de las vidrieras de las catedrales, podía atraparse con la mano como si fuera un puñado de arena del mismo modo que un secreto se hace físico en una repentina e inexplicable sordera o un personaje de ficción se hace real en nuestra imaginación.

Ahora, a falta de nuevas y hermosas catedrales, todo afán consiste en hacer invisible lo visible. Dudamos hasta de lo que ven nuestros ojos, desmenuzamos la materia hasta sus elementos más básicos, de tal manera que vemos antes el átomo que el conjunto real, palpitante, que tenemos delante. Dostoievski, en Los demonios, supo predecir mejor que nadie la era de invisibilidad que se nos avecinaba: «Si no hay Dios, entonces yo soy Dios», dice uno de sus personajes. Cuando el hombre se convierte en Dios, el hombre se hace invisible, deja de existir. La soberbia del hombre impide ver al hombre.

Toledo, laberíntica y secreta, con sus sueños y obsesiones, resiste de momento en sus razones, hechas de verdad y de quimeras

Caín, tras matar a su hermano, se dedicó a la metalurgia, fundando ciudades en su huida marcada. Eliade, en su Historia de las religiones, lo llama el constructor de ciudades. Albert Caraco, en su Breviario del caos, dice que las ciudades que habitamos son «las escuelas de la muerte, porque son inhumanas. Cada una se ha convertido en el cruce del rumor y del hedor, cada una convertida en un caos de edificios, donde nos apilamos por millones, perdiendo nuestras razones de vivir». Toledo, laberíntica y secreta, con sus sueños y obsesiones, resiste de momento en sus razones, hechas de verdad y de quimeras. El minotauro, muy aburrido de ser el único prisionero de su obra, decidió, para poder tener compañía, modificar la monstruosa arquitectura: el laberinto es ahora sin esquinas, de un solo pasillo. Si te quedas parado, te atropellan. Si vuelves atrás, te miran con cara de espanto. Ya nadie deja hilos para no perderse en laberintos de carril único.