Del milagro de Ganhy... al sueño roto de Javier
Javier ve su futuro ligado al mundo del fútbol - ANA PÉREZ HERRERA

Del milagro de Ganhy... al sueño roto de Javier

La historia de dos jóvenes futbolistas del Toledo que han visto truncadas sus carreras

MANUEL MORENO
TOLEDO Actualizado:

Ganhy Shani Olaniyan tiene unos ojos enormes y expresivos. En marzo de 2008 estuvo a punto de cerrarlos para siempre. Un conductor desalmado y cobarde que se dio a la fuga atropelló con su vehículo a este joven cuando el muchacho cruzaba un paso de peatones después de jugar un partido de fútbol. Ganhy, que entonces tenía 16 años, estuvo en coma un mes en el Hospital «Virgen de la Salud» de Toledo. Cuando despertó, los médicos le dijeron que no podría jugar más. Fue un mazazo tremendo para un jovenzuelo que veía como se desvanecía su sueño de ser futbolista profesional y de fichar por el Barcelona.

Nacido en Lagos (Nigeria) el 20 de noviembre de 1991, Ganhy llegó a España después de disputar un torneo con su selección nacional en Burdeos (Francia) en julio de 2007. Su amigo Santi le consiguió una prueba en el CD Toledo y el chaval se quedó. Vieron en él un diamante por pulir: 185 centímetros de altura, una gran fortaleza física y una espléndida calidad técnica. Llegó a compaginar su alineación en el equipo filial con el Juvenil Provincial y entrenaba con la primera plantilla.

Pero el 8 de marzo de 2008, una furgoneta se cruzó en la vida de Ganhy. Cuatro meses en el hospital, la ayuda de los médicos y el pundonor del jugador permitieron a este robusto joven volver a los campos de fútbol la temporada pasada. «Me costó mucho, pero como es algo que me gustaba...». Dice que está plenamente recuperado y que el miserable atropello no le ha dejado «ninguna secuela». «Mi recuperación dependía de mi mismo. La persona que quiere algo lo consigue y por eso vine a Europa», reflexiona.

A las puertas del paro

Ganhy es musulmán. No guarda rencor a ese conductor perverso que estuvo a punto de quitarle la vida y que se fugó sin auxiliarlo. «Creo en Dios y en mí mismo. Dios me ha ayudado mucho y creo que sigo en el mundo porque tengo algo importante que hacer», cuenta mirándote con sus expresivos ojos. A Ganhy le toca ahora enfrentarse a otro partido, mucho más duro que el que juega todo los fines de semana con su equipo, el Toledo B, en Primera Autonómica. No cobra nada de su equipo del fútbol y sus únicos ingresos son los 530 euros del contrato laboral de un módulo de carpintería y cantería. Pero el contrato expira este 15 de abril. «Estoy buscando trabajo, cualquier trabajo, porque hay que seguir pagando el alquiler de la habitación y tengo que comer. Sé que la cosa está muy complicada», relata. Además, está en juego la renovación de la tarjeta de residencia, cuya validez caduca a final de año. «Si no lo consigo, tendré que irme de España», se desespera.

Se siente apreciado en la ciudad. «Todo Toledo me quiere como soy», asegura este futbolista de mirada risueña, que cuenta con la ayuda económica de sus amigos y de «su» familia española, compuesta por el matrimonio Toñi y Fernando, y sus dos hijos, Johny y Christian, para salir adelante. «Quiero darles las gracias porque me ayudan muchísimo». Y se despide con un apretón de mano y una petición: «Ayúdame, por favor, por favor, a encontrar trabajo», ruega.

Francisco Javier Prous Privado tiene 16 años y también forma parte de la cantera del Toledo, como Ganhy. A Javier no le atropelló un coche, como le sucedió a su compañero de club, sino que un infortunado golpe en un partido de fútbol le «volatilizó» un riñón en un abrir y cerrar de ojos. Ocurrió el pasado 29 de enero, en un encuentro frente al Recas. Javier, que jugaba de portero, se lanzó a por el balón que iba raso al borde del área con la mala fortuna que recibió un rodillazo involuntario de un futbolista del equipo contrario. El partido estaba a punto de terminar. «Perdí la respiración y un poquito el conocimiento. Quedaban tres minutos y me tuvieron que cambiar, porque no podía seguir. En el vestuario no me pude ni quitar la ropa por el dolor y fui a un hospital porque era sábado y no tenía nada que hacer», relata Javier, que en un principio pensó que se trataba de un incidente sin importancia, uno más de los que se había dado en su carrera deportiva.

Sin embargo, la cosa era más seria. Muy seria. Orinaba sangre y los médicos le confirmaron que había tenido una hemorragia interna, había perdido más del 50 por ciento del volumen de sangre y había sufrido el estallido del riñón. Tuvo que ser intervenido por lamparoscopia para subsanar los efectos de la grave lesión. Para Javier terminaba su carrera como portero de fútbol, que había comenzado a los cinco años, siguiendo la estela de su abuelo Paco. Por el momento, el chico no puede hacer nada de deporte, porque todavía está eliminando restos producto del estallido del riñón. Si evoluciona de manera satisfactoria, Javier podría plantearse hacer ejercicio, pero nada de fútbol. «El club me ha dicho que me quiere con ellos, haciendo otras tareas, para no perder el contacto. El fútbol es lo que me gusta y quiero seguir en este mundo, como entrenador o en lo que sea», afirma el chaval, nacido en Villacañas. «Pues como recogepelotas o en la taquilla», bromea su hermano, Pepe. «Otros deportes sí podré hacer, pero no son iguales que el fútbol», se queja este alumno de la ESO, que quiere estudiar técnico auxiliar físico-deportivo para luego cursar INEF o ser entrenador de fútbol.

Sin perder el humor

Desde que sucedió el percance, se ha sentido muy querido por la gente de su club. Hasta los jugadores del equipo de Tercera División le llevaron una camisa firmada. También el chico con el que tuvo el golpe fue a visitarle junto con sus padres. «El chico no quería verme por si le iba a decir algo, pero todo fue mala suerte», dice este seguidor del Atlético de Madrid, que ha asumido «muy bien» este tremendo revés en su corta vida.

Salvo algún que otro altibajo emocional —«parece que me ha mirado un tuerto», dice con un ligero guiño—, lo cierto es que Javier no pierde el humor nunca, ni durante la charla con ABC, en la que, además de su hermano Pepe, está acompañado de su madre, Francis. Ella tiene claro que su hijo seguirá ligado al fútbol. «Es su pasión», afirma.