JESÚS INFIESTA OBISPO JUAN, TU MEMORIA NO MORIRÁ

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Don Juan García Santacruz y yo nacimos en el mismo pueblo, nuestro entrañable Navahermosa, y fuimos bautizados en la misma pila. Recibimos el sacramento de la comunión primera en el mismo altar, donde también celebramos nuestra primera misa. Fuimos educados en las mismas aulas, primero las de las religiosas del Sagrado Corazón, la madre Ferreiro y las hermanas Sendón y Arribas, entre otras, así como en las escuelas nacionales, con los inolvidables maestros. Pues bien, don Juan y yo tuvimos a la vez excelentes profesores y maestros, los Antonio Rioja, Heredero y Bargas, sin olvidar al bondadoso don Salvador. Así que a nosotros, como a tantos otros muchos paisanotes de la época, se nos impartió una depurada formación cultural y religiosa.

Por si esto fuera poco, vinieron después, tras la infancia, los bienaventurados años del Seminario, Menor y Mayor de Toledo. Doce años juntos de formación y educación, de disciplina y rigor humano, intelectual y religioso como solo en estos centros se recibe.

Y así, con el tiempo, «Los trabajos y los días», como diría Hésiodo, iniciamos nuestro ministerio sacerdotal. Nuestra «pastoral conjunta», como se decía entonces. Coincidimos en el mismo arciprestazgo de Illescas, en La Sagra, él en Mocejón, y yo en Alameda de la Sagra. Éramos jóvenes todavía, por lo que resultaron ser los más felices años de nuestra biografía sacerdotal. Eran, además, los años de la celebración, en Roma, del Concilio Vaticano II, y en España de la Asamblea conjunta de obispos sacerdotales en los que la Iglesia, como diría el buen Papa, Juan XXIII, abrió las ventanas de par en par y el aire fresco dinamizó la Iglesia.

Estas efemérides, vividas intensamente y en paralelo con don Juan, me autorizan a dar fe de que la biografía humana, sacerdotal y episcopal de don Juan García Santacruz constituye no solo un trasunto de ejemplar bien hacer, sino el más fehaciente testimonio evangélico tal como lo diseñó Jesús de Nazaret.

Su coadjutoría en Yepes, como inicio de su apostolado, seguido de sus parroquias en Peraleda, Mocejón, Polígono y Santiago, así como su canongía en la catedral y como vicario general en el Arzobispado, con don Marcelo, de quien aprendió buenas lecciones de pastoral, constituyeron un buen proscenio de su arribada al episcopado que tan feliz, rica e intensamente ejerció en su querida diócesis de Guadix.

Como muy bien ha escrito quien muy bien le conoció, el cardenal Antonio Cañizares: «En don Juan Dios nos dio un pastor bueno conforme a su corazón, lleno de bondad, destilaba bondad por todos los lados de su vida, y así ha dejado un reguero de bondad a su paso, un sacerdote de una pieza de cuerpo entero. Fue un hombre de fe, sencillo y bondadoso. Siempre con alegría en su mirada limpia... Sirvió sencillamente y quiso a su gente, su grey, sus sacerdotes. ¡Cómo quería a los sacerdotes, los comprendía y los defendía. Como diría el profeta Ezequiel: “Yo mismo apacentaré mis ovejas... Yo mismo las llevaré a la majada... Prepararé para ellas un pasto único (Ezequiel, 34, 17).

Este es el don Juan que nos ha dejado. Todo un legado que hemos de administrar. Don Juan sacerdote, obispo. Gracias, muchas gracias. Tu memoria no morirá para siempre. Ya has encontrado lo que Ionesco deseaba cuando decía: «Voy en busca de una tierra , donde se puede apoyar uno sin angustias. Voy en busca de lo sagrado, de lo definitivo. Juan se ha ido hacia aquel que viene. Se encuentra ya en la encrucijada universal en la que todo se ve, todo se sabe, todo se comprende. Está con Dios al fondo, se alumbra de luz perpetua. Juan tu voz ha callado, pero tu memoria no morirá para siempre.

Jesús Infiesta es sacerdote y periodista