Días de vino y rosas

Taberna de Botes

No salía de mi asombro. Había caído, sin quererlo, en el corazón de la Semana Santa conquense. A mi lado, un chico alto y delgado se dirigió a Julián: ¡Una aspirina, por favor!

POR MANUEL PALENCIA
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Jueves Santo de 1984; 15:00 horas; Km 8 de la N-400 dirección Cuenca; un chico de 18 años hace autostop. Marcha a conocer las Turbas, la procesión Camino del Calvario, la Semana Santa conquense.

Con este viaje iniciaba una serie de periplos que me llevarían a recorrer gran parte de la geografía española incitado por el ejemplo y las reminiscencias de escritores que en el pasado habían estofado su Literatura con el polvo dorado de los caminos. El anfetamínico Kerouac, el espiritista Rilke, el bohemio Bowles, el solitario Conrad o el vagabundo London, habían despertado en mí una suerte de fiebre viajera que durante un tiempo me hizo sentir como un hombre que huye o un extranjero que regresa.

No tuve problemas para llegar hasta Noblejas, pero allí mi éxito con el pulgar se terminó. Tras dos horas abandonado en la carretera, un paisano me avisó del tránsito de un tren hacia Cuenca en pocos minutos. Corrí hasta la desierta estación y trepé al vagón de un salto, encontrándome con un cuadro difícil de olvidar: una pandilla de perros callejeros de navajas afiladas, melenas hirsutas, atuendos variopintos y argot quinquillero, celebraban enardecidos la salida de un compinche de prisión. Pude comprobar que no había más pasajeros en el vagón, me senté en un aparte y entró el revisor. Reclamó el billete a la troupe que se negó en redondo a abonarlo con aspavientos y amenazas carcelarias. Luego llegó ante mí y preguntó: ¿Viajas con ellos? Mi economía por entonces era deprimente, así que, mirando como si tal cosa por la ventanilla, contesté: Sí. En la siguiente estación, Tarancón, el tren se colmó de cientos de pasajeros que acudían enfervorecidos a la procesión y no volvimos a verlo.

Llegamos a Cuenca y me dispuse a ascender a lo más alto de la ciudad. En los portales, las comadres vendían, en envases de plástico, una bebida oscura y dulzona que me supo a ambrosía. Fue mi primer contacto con el resoli. Para cuando alcancé la calle San Vicente, antes de San Salvador, la botella estaba vacía; entonces, tuve la genial idea de entrar a una sombría taberna que se anunciaba con el nombre de Botes. Aunque su apariencia era normal, no tardé mucho en darme cuenta de que había traspasado el umbral de la cantina de Chalmun, de La guerra de las Galaxias.

Me dirigí a la barra y pedí un botellín. Julián, que así se llamaba el dueño, me lo sirvió y, acto seguido, se quitó la dentadura postiza delante de mis narices y la enjuagó en el chorro de la pila. Vi cómo los clientes pasaban libremente tras el mostrador y, sobre unos baldosines negros que había junto a un viejo espejo de azogue moribundo, marcaban con tiza unas rayitas junto a sus nombres a medida que iban dando buena cuenta de sus consumiciones. En las mesas, bajo un mural que recreaba vagamente un símil de La tertulia del café Pombo de Gutiérrez Solana, unos jugaban al mus; otros fabricaban clarines y tambores y los templaban sobre la estufa encendida, sin preocuparse de retirar antes las pieles de bacalao salado que, tostándose sobre el acero, les servían de aperitivo; algunos bebían en silencio, vaso tras vaso de resoli, mientras parecían concentrarse con devoción en la cercana Madrugá, el emocionante momento en que el Jesús de las Seis saldría de la cercana iglesia de San Salvador y, bajo una estruendosa avalancha de tambores y clarines, sería vilipendiado y ultrajado por el pueblo judío en conmovedora rememoración del fatídico episodio.

No salía de mi asombro. Había caído, sin quererlo, en el corazón de la Semana Santa conquense. A mi lado, un chico alto y delgado se dirigió a Julián: ¡Una aspirina, por favor! El dueño del establecimiento abrió el cajón que hacía las veces de caja registradora y extrajo con desparpajo un paquete de celtas cortos que nos ofreció alternativamente. Le di fuego y me dispuse a pegar la hebra. Se llamaba Carlos, era estudiante de Periodismo y había vuelto a su ciudad natal, como todas las Semanas Santas, para participar en la procesión. Desde ese momento, se convirtió en un sagaz y amable Virgilio que, en las siguientes horas y días, me llevaría a recorrer los nueve círculos del Infierno y las siete cornisas del Purgatorio conquense.

Me presentó a los parroquianos de Botes, aquella raza de proscritos inolvidables e irreverentes. El etílico Capitán Bodega, el mesiánico Bravo, los diminutos hermanos Pocique, el clarividente Santi, el erudito Adolfo; además del Capitán Araña, Alberto, Fofo, Lillo, Buti, Caracolo, Pichi, Vito, Pataco y Mena. Una verdadera tribu de bohemios desubicados y soñadores que tenían en común su afición por el alcohol de Botes y la Semana Santa. Carlos me mostró aquella noche imágenes imborrables que aún hoy ilustran mi memoria. El canto a la Soledad, con el rítmico acompañamiento de martillos golpeando sobre el yunque en la fragua, o el estremecedor miserere, cantado a las puertas de San Felipe Neri, consiguieron avivar por un momento el triste rescoldo en que se había convertido mi atávica educación judeocristiana.

En aquel maremágnum nos perdimos y nos volvimos a encontrar para volvernos a perder. Desperté molido y resacoso al mediodía, sobre un frío pretil, estremeciéndome al comprobar que había acomodado mi cuerpo al borde del abismo, sobre la hoz del Huécar y a la vista solemne de las casas colgadas. Regresé al Botes. Bravo, en la puerta, con la mano extendida, daba de comer migas de pan a los pájaros como un iluminado San Francisco de mirada perdida. Pasé al interior y escribí estos versos:

Reconocerse en otros es divino vértigo

porque vivir nos cambia

hasta el color de los ojos.

Podemos amar aquello que fuimos,

el ansia de irse o el de volver,

la vieja fotografía,

borrar con un recuerdo

aquel recuerdo, pero

quizás no podamos saber

si fue en ese momento

cuando nos hicimos otro.