soñando, theotocopuli, domenico
soñando, theotocopuli, domenico

Soñando a theotocopuli en el doménico

José Rosell Villasevil
Actualizado:

Fue el pasado 17 de diciembre con motivo de las Jornadas de convivencia fraterna que por estas señaladas fechas organiza el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Industriales de Toledo, cuando en una de las acogedoras dependencias del Hotel Doménico gozábamos de la autorizada palabra de nuestro amigo Rufino Miranda Calvo.

Rufino habla del Greco como si fuese de su familia; y de él conoce obra y vida, con tanta precisión y naturalidad, como conoce la suya propia. Sabe algo más de él de lo que dicen los libros.

No fue una conferencia, pues, lo que escuchamos; gozamos con emoción contenida de la declamación de un poema donde Toledo y El Greco eran la esencia principal de un sueño pictórico que ya tiene más de cuatro siglos.

Nadie conoce mejor la existencia compleja del pintor cretense que Rufino Miranda; ni siquiera el privilegiado hijo de la Imperial Ciudad que llevó el nombre glorioso de Francisco Borja de San Román, pues si éste entró en el mundo del genio por la estrecha vía de los documentos, nuestro amigo -además- lo hace por el hermosísimo camino de lo onírico, lo sentimental y lo entrañable: algo que sólo está al alcance de los poetas consumados.

Me parece que se quedó muy corto el genial Don Guillermo Téllez al afirmar que el mayor problema que afectara al autor de El Expolio era, sencillamente, haberse adelantado tres siglos a su tiempo. Puede que sean tres milenios, y que la obra, el mensaje plástico de Domenico, sólo lo entienden -o han entendido- un escaso número de superdotados entre los que se halla Rufino Miranda.

Me impresionó particularmente la lírica definición de los personajes del Greco. Un canto sublime a la inteligencia que hace rodar como castillo de naipes la teoría del doctor Marañón consistentes en defender que el eximio pintor buscaba sus modelos tras los tristes muros del Hospital de los Inocentes, el viejo Nuncio de Toledo.

Mi arraigado cervantismo se sintió halagado en las referencias al cura de Santo Tomé, amigo evidente del autor de La Galatea, que llevó el nombre de Andrés Núñez de Madrid. Asimismo, las exquisitas al doctor Rodrigo de la Fuente, eminente personaje toledano del siglo XVI, médico y catedrático de nuestra antigua Universidad y a quien Cervantes introduce en las deliciosas páginas de La Ilustre Fregona como «el mejor médico que a la sazón había en la ciudad».

Cuando, terminada la copa entrañable de vino manchego, exquisito, volvíamos a posar nuestras plantas sobre los bellos jardines del carismático hotel, obervamos que en la gélida noche toledana del Cerro del Emperador brillaba una luz saturada de infinita ternura.

¿Sería acaso la mirada agradecida de la musa del Greco, la gentil doña Jerónima de las Cuevas? «Sus ojos eran dos soles», hubiera comentado Cervantes.

Escritor y

cervantista

DESDE EL ALCANÁ