Sánchez Lubián rescata al alcalde de la concordia

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POR VALLE SÁNCHEZ

TOLEDO. El periodista y escritor Enrique Sánchez Lubián ha rescatado del olvido en el último número de la revista cultural «Archivo Secreto», que edita el Ayuntamiento, a una de una de las figuras políticas más significativas de los primeros años del siglo XX en la ciudad de Toledo. Se trata de Alfredo van den-Brule y Cabrero, el último alcalde de la monarquía de Alfonso XIII en Toledo, que murió asesinado muy cerca de San Juan de los Reyes en agosto del 36, un mes antes de que las tropas del general Varela tomasen la capital.

Con el título «Van den-Brule, el alcalde de la Concordia (1930-1931): Toledo de la Monarquía a la República», Enrique Sánchez Lubián, -que es también jefe de Prensa del Ayuntamiento de Toledo-, repasa la vida de este insigne toledano y, en especial, sus intensos trece meses como alcalde. Un hombre enamorado de su ciudad, muy preocupado por su progreso, y que consiguió llevar hasta las mismísima mesa del presidente del Gobierno, el general Berenguer, muchas reivindicaciones de los toledanos, algunas de ellas aún vigentes, como la circunvalación, una infraestructura que la ciudad aún hoy, en pleno siglo XXI, tiene pendiente.

Cuenta Sánchez Lubián que Alfredo van den-Brule nació en Toledo el 2 de noviembre de 1890, fue bautizado en Santo Tomé, contrajo matrimonio en Santa Leocadia con María de la Asunción Gómez Llanera y vivió en la Plaza de la Cruz, en plena judería. Un toledano de pura cepa, aunque su padre era francés, de ahí su difícil apellido. Era abogado y a los 25 años recién cumplidos fue elegido concejal del Ayuntamiento por el distrito tercero, siendo el candidato más votado. Pero no fue hasta el 8 de marzo de 1930 cuando fue nombrado alcalde de Toledo por real orden del Ministro de Gobernación y tan sólo cuatro meses después, con el apoyo de todos los sectores de la capital, se trasladó a Madrid, con sus peticiones para Toledo bajo el brazo, en lo que fue una jornada histórica para la ciudad.

«Del alcalde no se ríe nadie»

Sin embargo, ante los retrasos de varios expedientes y al ver que las promesas no se remataban, el 16 de junio de 1931 presentó al gobernador civil su dimisión, que no fue aceptada. Fue muy vehemente también con el ministro de la Guerra por el retraso de la autorización para la realización de rodamientos de bolas en la Fábrica de Armas y en esa disputa llegó incluso a dar un sonoro bastonazo a la mesa y -relata Sánchez Lubián- que le dijo: «de Alfredo van den-Brule se podrá usted reír o no, pero del alcalde de Toledo no se ríe nadie». Y, a partir de ese momento, el Gobierno adoptó medidas para incrementar los aranceles a la importación de hojas de afeitar, lo que incrementó la demanda de las cuchillas y meses después, el 23 de octubre, el ministro del Ejército autorizaba a la Fábrica la implantación de la fabricación de cojinetes de bolas y rodamientos.

Aunque estuvo sólo trece meses al frente de la Alcaldía, son numerosos y muy significativos los documentos que Sánchez Lubián aporta en su investigación. Homenajes. honores y elogios de todos los bandos, como los que le dedicó José María Virgilio en «El Castellano»: «Activo, trabajador incansable, enamorado hasta el delirio del progreso moral y material de su amada ciudad, católico...». Y mientras en Toledo se vivía con expectación por los logros que la ciudad estaba consiguiendo con van den-Brule, España caminaba hacia la II República y, aquí, como tantos otros municipios, el duelo entre monárquicos y republicanos era intenso. Nuestro «alcalde de la concordia» no se presentó a las nuevas elecciones, un gesto que se interpretó por las «maniobras inspiradas por algunos caciques». El Heraldo Toledano alabó su firmeza: «El caso del alcalde es insólito, todo el mundo sabe que el pueblo en masa se ha solidarizado con él, sin reparar en quién es ideológicamente, sino por su gestión imparcial y activa a favor de Toledo...».

Apartado de la vida municipal, van den-Brule invitó a los toledanos a adherirse a una formación regionalista, una idea que, según cuenta Sánchez Lubián, no prendió mucho por estas tierras.

En julio de 1936, la familia van den-Brule se encontraba en su cigarral de la Inmaculada y allí fue detenido y trasladado a la Prisión Provincial, en el convento de San Gi. El 23 de agosto de 1936 un grupo de milicianos anarquistas sacó a la fuerza a varias decenas de presos por la ira que les produjo un bombardeo aéreo sobre la ciudad y fusilaron a 64 prisioneros. Van den-Brule y su hermano se salvaron porque uno de los presentes le reconoció; pero no le duró mucho, el 29 de agosto un grupo armado fue a buscarlo a su domicilio y lo fusilaron en las inmediaciones de San Juan de los Reyes. En la última carta, que remitió a su esposa horas antes de su muerte, pedía: «Ruego a mi mujer y a mis hijos, hagan por Toledo cuanto bien por ella yo no puede hacer...». Y sus últimas palabras fueron de perdón para quienes iban a ejecutarle. En un libro de Luis Moreno Nieto y Ricardo Cid (Mártires de Toledo) se cuenta también que van den-Brule antes de abandonar su hogar rezó ante un crucifijo y encargó a su esposa que velase por sus hijos y procurase que siempre fuesen católicos fervorosos y cautos.

Así relata Sánchez Lubián el final de la familia van den-Brule en Toledo: «Su viuda, como miles de mujeres españolas, hubo de enfrentarse a la desgracia, la incompresión, la manipulación de su tragedia, la miseria, al olvido, la humillación y el desprecio. El Cigarral de la Inmaculada, donde tan feliz había sido la familia, fue saqueado y ocupado por el Estado Mayor del ejército franquista. Doña María Asunción se vio obligada a malvederlo. A pesar de estas amargas circunstancias, ella supo transmitir a sus hijos un gran amor hacia Toledo y sus toledanos...».

Joaquín y Maruja, dos de los seis hijos de van den-Brule, regresaron hace sólo unas semanas a Toledo, a la Sala Capitular, durante la presentación de la Revista del Archivo Secreto, en cuyo último número se rinde el homenaje debido a este personaje. Y es que con van den-Brule, Sánchez Lubián hace un ejemplar e imparcial ejercicio de recuperación de memoria histórica, tan de moda en estos tiempos, como también hizo en sus libros sobre Francisco Machado, el hermano de los Machado que fue subdirector de la prisión provincial de Toledo, o el concejal comunista Julián Besterio. Un documento recomendable, y, sobre todo, imprescindible, para los amantes de Toledo.