Los rincones de Fernando Aranda
Fernando Aranda, con su libro - ana pérez herrera

Los rincones de Fernando Aranda

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El pasado noviembre, en el salón de actos del Palacio de Benacazón de Toledo hubo un gran acontecimiento; sí, sí, un gran acontecimiento, con asistentes hasta de pie en los pasillos. Se trataba de la presentación del libro «Rincones del Toledo desaparecido». Allí estaba el autor, Fernando Aranda Alonso, que intervino oralmente con soltura y palabra profunda, no extrañando porque estamos acostumbrados a escucharle así en otras fechas y lugares.

El libro es extraordinario, y le sumo a los que califico de «clásicos» referidos a nuestra ciudad. En síntesis me atrevo a citar estos: «Hystoria o Descripción de la Imperial cibdad de Toledo», de Pedro de Alcocer, de 1554: el casi con el mismo título, cincuenta años después, de Francisco de Pisa; del siglo XIX «Toledo en la mano», de Sixto Ramón Parro; «Toledo pintoresca», de José Amador de los Ríos; la «Guía» del vizconde de Palazuelos, y de nuestro contemporáneo Julio Porres «Historia de las calles de Toledo». A ellos, repito, lo completo con el de Aranda de «Rincones del Toledo desaparecido». Esta obra de Fernando Aranda contiene la exposición de monumentos, calles y lugares ya inexistentes, transformados o parte de sus elementos cambiados o arrumbados. Ha hecho su autor para ello una labor investigadora paciente y honda, creando una historia sustanciosa e ilustrativa; todo lo expuesto pleno de amenidad. El tomo, grande; pesa dos kilos y medio, lujosamente elaborado. No se puede reseñar en este espacio limitado lo tratado en él por Fernando. Únicamente un pequeño ejemplo a referir sería lo escrito sobre la iglesia de San Sebastián, que como muchos de los templos toledanos fueron modificados en el correr de los tiempos en estructuras, incluídos confesiones y ritos conforme a civilizaciones dominantes: romanas, visigodas, musulmanas y cristianas.

La toledana iglesia de San Sebastián, en los últimos años ha estado abandonada y en peligro de ruina, pero Aranda Alonso ha contribuído con tesón y genorosas manos a su reparación; ha repuesto, además, vidrieras bien decoradas por él mismo. El templo es sede canónica de la Cofradía Internacional de Investigadores de la que Fernando aceptó ejercer de prioste en circunstancias de vacíos presidenciales, para evitar que el centro de la misma fuera trasladado de Toledo a Madrid, avistando intenciones de algunos interesados en ello.

Continuando, cabe destacar la importantísima intercalación en el libro «Rincones del Toledo desaparecido» de sus 261 dibujos de monumentos y de diferentes sitios de interés. Son trabajos a plumilla de los que se puede decir que este autor se sobrepone a otros buenos anteriores dibujantes de motivos locales. Trabajos de Fernando que no sólo rellenos vistosos de fachadas y suelos, sino interpretaciones de gran fuerza de relieves y perspectivas, y en primer plano figuras vivas dotadas de apreciados movimientos que, Aranda ha sabido llevar a la lámina porque domina la profesión; profesión no retribuída, que sí es muy sentida como lo es, añadido, lo de estupendo pintor, cualidad empeñado él en no airear.

Me viene a la memoria la de dos celebrados pintores, uno el cartujo orgaceño -según otra versión nacido en Alcázar de San Juan- Sánchez Cotán, siglos XVI-XVII, y la actual sor María Isabel Guerra Pérez-María. El primero, aplicado a varios temas, en los que destacan sus bodegones; la segunda, una perfeccionista, encargada de hacer el retrato del cardenal Antonio Cañizares, colocado en la Sala Capitular de nuestra Catedral, mas el de Félix del Valle prendido en lugar preferente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Vale sacar a relucir a estas personas, los pintores mencionados, por coincidencia con Fernando Aranda en arte y fe religiosa, no exagerando la comparación. Nuestro protagonista, ya viudo de su mujer, Mary, pensó en profesar como fraile e ingresar en el monasterio de San Juan de los Reyes, desistiendo al fin por no distanciarse de sus hijos y nietos -nos lo cuenta él- a los que quiere con pasión, en sucesorio amor que tuvo a su esposa. No obstante, es seglar terciario franciscano, y por su devoción y amplia cultura instruye a novicios del convento. Al margen, más bien centralmente, su dedicación como medio de vida ha sido la de meteorólogo, alcanzando el puesto de jefe del Observatorio Metereológico de Toledo, ciudad de su nacimiento, a la vez realizando muy importantes estudios sobre la materia, por los que mereció la concesión por su Majestad el Rey de la distinción de la Encomienda al Mérito Civil. Y también, entre otros otorgamientos, el que la Academia de Bellas Artes de Toledo le requiriera como miembro elegido para integrarse en ella.

Acabándoseme el papel, mal que me pesa, tengo que resumir de Fernando Aranda Alonso que son muchas las conferencias, pregones y artículos ofrecidos, disfrutados por numerosos admiradores.

Terminando, no puede escapársenos de su carácter expansivo y en momento de su buen humor, esta siguiente anécdota: En una entrevista publicada en ABC por el periodista Florencio Domínguez Moreno, al preguntarle éste que siendo meteorólogo cómo definiría «el tiempo», el interpelado contestó que es aquello de que habla dos personas que no se conocen dentro de un ascensor.