JOsÉ PONOS

La piel que habitó Tristana

Con su última película Pedro Almodóvar acaricia a Buñuel a través de un personalísimo homenaje a Tristana, donde Toledo sirve de nuevo como excusa para contar, -aunque de forma diferente- la morbosa esclavitud de una mujer joven que vive presa en los brazos de un hombre maduro.

POR JOSÉ MARÍA PONOS
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Durante el rodaje en Toledo de la película «La piel que habito», el director manchego Pedro Almodóvar recorrió varios locales de la calle Trinidad con la intención de rodar una escena en el Casco Histórico que jamás llegó a filmar. En un determinado momento de la búsqueda del comercio perfecto, y siempre acompañado de su obediente séquito, preguntó por aquel lugar desde el que se divisa Toledo tal y como lo inmortalizó Luis Buñuel al inicio de «Tristana». Meses después, la vista desde el Valle es el primer plano del nuevo filme de Almodóvar en un claro y sentido homenaje a aquel primer plano de la cinta de Buñuel, donde se ve ese Toledo de punta elevado sobre el río Tajo. Una imagen promocional que recorrerá el mundo una vez más gracias a la artesanía cinematográfica, y gracias también, a un genio que acaba de introducir a Toledo en la ruta turística que recorre, con su nombre como reclamo, diversos horizontes de Castilla-La Mancha como pasado y presente de la vida y trayectoria del de Calzada de Calatrava (Ciudad Real).

El reciente estreno de la cinta de Almodóvar contrasta con la imposibilidad de hacerse con una copia para uso doméstico de «Tristana». Como yo, muchos cinéfilos, han tenido que conformarse con su visionado en algún pase especial de universidades y homenajes en otras ciudades. Imposible comprarla en tiendas y grandes almacenes, ni siquiera en sus ventanas virtuales. Después de mucho remover, yo he encontrado a «Tristana» tras soñarla durante largo tiempo, evocándola a través de las fotos que mi padre hizo durante el rodaje de la película. Actualmente, esta historia ideada en Madrid por Benito Pérez Galdós, y que Buñuel arrastró hasta Toledo tras varios intentos previos fallidos, está descatalogada en nuestro país en DVD. Sin embargo, para colmarme de alegría, ha tenido que llegar la versión española de un gran portal norteamericano de venta on-line, para encargarse de obrar el milagro: traer a «Tristana» a la puerta de mi casa, más concretamente, al buzón que lleva mi nombre camuflada en una maravillosa edición italiana para coleccionistas.

Entrar de nuevo «Tristana», haciéndolo desde mi silencio, me ha permitido asomarme por esas casas en las que la comida sólo huele a garbanzos y migas, donde los armarios conservan un peculiar olor a rancio que para nada molesta. Observar viejos lugares donde Catherine Deneuve plancha la ropa me ha hecho levantar la sonrisa y volver a ver a mi abuela Concha cocinando mollejas, como cada domingo hacía en su casa del callejón de Sillería. Tiene «Tristana» conservados en imaginario formol muchos fotogramas del Casco Histórico que durante años han crecido en mi cabeza. Bailan en este puzzle los tristes colores de las paredes de la casa de Don Lope (Fernando Rey), los callejones reconocibles a pesar del paso del tiempo, la madre de mi amiga Amalia como figurante en el Paseo del Tránsito, la nieve tras las rejas del balcón… Y, por supuesto, la campana gorda de la Catedral; tan de actualidad tras su recuperación, donde se muestra el miedo íntimo de Tristana mientras corretea por la privilegiada azotea del templo primado. Gran momento el narrado aquí por Luis Buñuel con la cabeza de Don Lope como badajo, escena con la que el director aragonés, según sus propias palabras, se usó para mostrar su profundo amor al sonido de las campanas de Toledo.

En «La piel que habito» no se oyen esas campanas, pero hay una rendija por donde se puede mirar para encontrarse muy vagamente con «Tristana». En esta mirada rápida -y casi vergonzosa- aparecen más retazos en común entre ambas obras. La protagonista femenina de la nueva obsesión de Almodóvar, interpretada por Elena Anaya, se apoya emocionalmente en una sirvienta (con rostro de Marisa Paredes), casi de la misma forma en la que Tristana esconde tras los fogones de Saturna (Lola Gaos) los prohibidos encuentros con un joven pintor italiano (Franco Nero). Ambas protagonistas son presas, de muy distinta forma, de la obsesión de un hombre maduro (en las pieles de Antonio Banderas y Fernando Rey) para vivir una atípica relación -de ésas donde el pecado puede beber, si quiere, del delito- sólo de puertas para adentro. Y como capricho del destino, hay que añadir a la cesta el hecho de que «Tristana», compitió en 1970 por el Oscar a la Mejor Película Extranjera, categoría donde no ha podido acceder la sorprendente venganza de un cirujano plástico encarnado por Antonio Banderas.

Hay que tener en cuenta el nuevo asomo de Toledo a Hollywood gracias a la carrera comercial del filme de Almodóvar, pero mucho más digno es reconocer el talento de dos directores de cine controvertidos a los que no les ha temblado el pulso para enseñar con descaro dos relaciones perversas, arañadas por el surrealismo. Dos historias que nos hablan de un hombre y una mujer que, al cerrar la puerta de su casa o cigarral, sobreviven como animales solitarios, movidos por espasmos de una pasión morbosa y putrefacta, rozando el erotismo con maestría. Y eso no todo el mundo es capaz de entenderlo.