Antonio Illán Illán y Jesús Romero

Pablo Sanguino en la estela del Greco

Muy interesante la exposición temporal de Pablo Sanguino en el Museo del Greco de Toledo

Antonio Illán Illán y Jesús Romero
ToledoActualizado:

Decía el gran Eugenio d´Ors en una de sus afirmaciones lapidarias que «el estilo, como las uñas, es más fácil tenerlo brillante que limpio». Si el gran crítico hubiera pasado este verano por el Museo del Greco durante tres horas, contemplando el diálogo entre la obra de dos artistas con mucho en común, en la vida y en su arte, Doménikos Theotokópoulos y Pablo Sanguino, se hubiera percatado de que se puede tener un estilo brillante y limpio a la vez.

Nos ha parecido que en las pinturas y en las cerámicas de Sanguino el aire es azul y el clima, equilibrado. El manierismo del Greco también responde a un equilibrio y su aire vira a verde, o eso nos parece a nosotros. Ambos son artistas del color y han conversado en silencio.

Un museo es un órgano de historia y de cultura, del pasado estático y del presente que entra como el rayo o como la paloma. Sanguino, el alquimista del color, ha aleteado suavemente y ha permanecido (y aún permanece) ahí, estático, limpio y brillante, en la sala de exposiciones temporales, en la gran sala del apostolado, en la capilla que preside San Bernardino y en algunos otros lugares de la casa. Acaso se respire más espiritualidad, si cabe, en estos días de encuentro entre estos dos artistas que hablan poco y aportan mucho.

En la obra de Sanguino el color siempre hace su labor. Importa la imagen figurativa o la evocación de la imagen; importa el concepto o la evocación de la esencia; pero sobre todo importa el color, que, mediante su simplificación, dota de un estilo elevado a las cosas y sugiere el equilibrio y el reposo que no da la línea o la forma. En su obra nos demuestra que es especialista en el manejo del espectro cromático, como Miró, o como un artista de nuestra tierra, el manchego Benjamín Palencia, con el que tuvo el placer de compartir su estudio.

Es verdad que el azul «Sanguino» centra la pupila y, una vez atrapado, ya eres incapaz de irte al mundo imaginario. En esos momentos, tras el silencio, hablamos o nos miramos sin decirnos nada. No obstante, en la obra de Sanguino hay mucho más que el color, el azul, la forma y el concepto.

Destacamos, cómo no, la gestualidad de sus manos, de las manos representadas en algunas de las obras, y vemos ahí, en el detalle, al Greco. Y también vemos a un Sanguino con espíritu del cretense en las figuras que intencionadamente desproporciona el artista en su particular universo. Sin embargo, no es posible quedarse en un punto fijo, pues tras el Greco vinieron las vanguardias mucho después; y Pablo Sanguino «modiglianea mucho», como a él mismo le gusta decir. No solo modiglianea, también picassea o evoca algo de Tàpies o de Barceló. Algunas figuraciones magistralmente resueltas con trazos simples y perfectos, que dotan a sus obras de un exquisito lirismo, nos han recordado a la primera etapa de los Bores o Viñés, representantes de la llamada Escuela de españoles en París.

Una muestra de la obra de cerámica de Pablo Sanguino
Una muestra de la obra de cerámica de Pablo Sanguino - Ana Pérez Herrera

Selección de cerámicas

La selecta muestra de cerámicas del Pablo Sanguino que hunde sus manos en la primigenia fuerza del barro es genuina. Como heredero de María la Judía, quizá la primera alquimista de la historia e inventora de artilugios destinados a mejorar la destilación de sustancias químicas, como el tribikos o el kerotakis, el toledano, con orígenes en los alfares de Puente del Arzobispo, también sintetiza el arte y la ciencia de la destilación y sublimación de materias químicas y obtiene auténticas joyas, dentro de su multiestilo informalista, abstracto, cubista y/o figurativo, aunque perfectamente reconocible como el estilo brillante y limpio de Sanguino.

Pablo, además de color, es cultura y oficio. Es acaso también aire, agua, fuego y tierra. Nos consta que utiliza, como un buen alquimista, todos los elementos. En esto se hermana con el enigmático Greco, de quien sigue la estela, que también los utilizaba, y que, no por casualidad, vivió en las casas del mayor nigromante de España, el marqués de Villena.

Bebiendo de aquí y de allá, como un eslabón más en la historia del arte, y absorbiendo muy especialmente el elixir que destilan especialmente las Vanguardias, Sanguino ha preparado pócimas muy bien elaborada. A la pregunta que alguna vez le hemos hecho en su estudio-taller: «Pablo, ¿de dónde bebes?». Él, casi como si de un automatismo dadaísta se tratara, responde: «De las Vanguardias y de los clásicos. ¡De dónde voy a beber!». Y tras una pausa rubrica: «Y Picasso es el artista más importante del siglo pasado». Ciertamente podemos considerar que la obra de Sanguino es moderna, pero tiene la condición de eternidad de la belleza antigua; en ella ni hay moda ni falsía.

La obra del artista toledano se muestra en su desarrollo, en una continua transformación, llena de vida que fluye y se reinventa entre el color, la plasticidad y los sentimientos. Pura alquimia más allá de la forma y la sustancia, las pinturas y cerámicas destilan humanidad, toledanismo, y sentimientos de paz, armonía, espiritualidad y amor.

Muy interesante la exposición temporal de Pablo Sanguino en el Museo del Greco de Toledo. Quien no la haya visto, aún está a tiempo de no perder una ocasión que difícilmente se va a volver a dar en marco tan incomparable.

POR ANTONIO ILLÁN ILLÁN Y JESÚS ROMERO GUILLÉNPOR ANTONIO ILLÁN ILLÁN Y JESÚS ROMERO GUILLÉN