Grabado de Valeriano Bécquer, que evoca a Diana cazadora incluido en la novela «La cazadora salvaje», de Thomas Mayne-Reid
LITERATURA

Nuevas revelaciones becquerianas

POR AMADOR PALACIOS
Actualizado:

Agustín Porras edita y prologa «Abdallah » y «Aziz y Aziza», de Édouard Laboulaye (París, 1811-1883), interesante compendio de los nuevos descubrimientos becquerianos a través de sus traducciones anónimas para la casa Gaspar y Roig

Muy poco se había dicho de la relación que los hermanos Bécquer mantenían con la Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig, también editor del periódico ilustrado El museo universal, donde los dos hermanos colaboraron y del que Gustavo Adolfo llegó a ser director literario. La estancia toledana de los Bécquer está, en gran medida, ocupada en llevar a cabo encargos para esta publicación. Un testimonio de Francisco de Laiglesia, joven amigo del poeta, afirma que el derrocado ministro González Bravo, protector de Bécquer, «le hizo censor de novelas, para que atendiese a las necesidades de su familia sin la fatiga de las traducciones que hacía para la casa de Gaspar y Roig». Mas estos trabajos de los famosos «chaches» siempre se resolvían en el anonimato.

El poeta y ensayista Agustín Porras, revisando los ejemplares de aquella Biblioteca Ilustrada, lo primero que descubrió fue la autoría de los dibujos de Valeriano. Y como Porras tiene un gracejo especial para resolver las cosas, el planteamiento de esta tesis lo realizó a través de un largo poema, La mosca becqueriana (Ediciones Olifante, 2009), divertida prosopopeya por la que una mosca de la zona del Moncayo (a cuya sombra se cobija el monasterio de Veruela) le confía el sabroso secreto. En la edición de la novela La cazadora salvaje, del angloirlandés Thomas Mayne-Reid, se reproduce un curioso grabado que representa a un jinete con el torso desnudo que, sobre un hermoso alazán, lleva en la grupa a una galana y laureada moza que, evocando a Diana cazadora, ahuyenta a un lobo que les sale al encuentro. El jinete presenta en su rostro la fisonomía del más célebre retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano. En el margen inferior izquierdo, sobre la firma de Laporta, grabador de la editorial, unos trazos, simulando unas briznas de hierba, revelan unas siglas, VDB: Valeriano Domínguez Bécquer, o Bastida, pues éste era realmente el segundo apellido de los hermanos que extrajeron de los ancestros ese más sonoro primer apellido germánico con el que todos los conocemos.

Siguiendo en sus pesquisas, Agustín Porras se detuvo en otro ejemplar de Gaspar y Roig que contiene dos obras, Abdallah y Aziz y Aziza, de Édouard Laboulaye (París, 1811-1883), jurista y buen conocedor de la Constitución de Estados Unidos, debiéndose a él la idea de ofrecer al país americano una estatua que representara la Libertad. El libro apareció en el tiempo en que los Bécquer residían en Toledo, ciudad en la que posiblemente el poeta reconstruyó buena parte del original perdido de sus poesías. Para Bécquer, como escribe Jesús Cobo, «su entusiasmo por la ciudad partía de la convicción de que la historia, el arte y la mitología de Toledo eran rasgos estructurantes de una conciencia española». (Ver la reseña de Enrique Sánchez Lubián del libro Alejandra (y otros temas becquerianos) de Jesús Cobo, publicado por Almud, en el número del pasado noviembre de Artes & Letras). La edición de Abdallah y Aziz y Aziza aparece por supuesto sólo con la mención «edición ilustrada con grabados», sin mencionar a Valeriano, y mencionando al traductor únicamente con estas siglas: D. F. de T. Agustín Porras atribuye la traducción del francés a Gustavo Adolfo, comentando que era habitual en esa época emplear estas iniciales incluso para la firma de documentos, significando simplemente «Don Fulano de Tal». La larga novela romántica Abdallah (Aziz y Aziza es un cuento breve extraído de Las mil y una noches) posee un argumento que entronca, según Porras, con la pieza becqueriana El caudillo de las manos rojas, «otra versión de esa lamentable fatalidad que el destino reserva a quienes, ciegos de pasión, violan los más elementales mandamientos a que nos obligan los vínculos fraternales», escribe Agustín Porras en el prólogo de esta reedición de las obras de Laboulaye que ahora ha llevado a cabo la cuidadosa editorial Reino de Cordelia, consignando expresamente que son traducciones del poeta ilustradas por el pintor. El prologuista destaca expresiones muy becquerianas a la hora de trasladar lo francés a lo español; así, la preferencia por usar «dintel», tan de Bécquer, en lugar de «umbral».

Pero lo grandemente revelador es atribuir un sello inconfundiblemente becqueriano en los poemas que Laboulaye inserta en la narración, que el francés elabora con rima consonante y que Bécquer traduce a su modo, muy libremente, impregnándoles ese aire tan suyo de canción popular o «lied» al estilo de Heine, vertiéndolos, con rimas asonantes, en escansión silábica de metros octosílabos, heptasílabos y endecasílabos, mezclándolos y dando como resultado esa silva tan genuinamente becqueriana. Meses antes de esta feliz reedición, se publicó, nuevamente por Olifante, el librito Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, donde Agustín Porras daba a conocer este revelación entresacando los versos traducidos y los versos originales de Laboulaye, además de una traducción literal de los mismos hecha por Luis Valdesueiro para que el lector cómodamente pudiese confrontarlos con las nuevas rimas generadas; rimas que, sin lugar a dudas, mejoran la calidad de los originales. Si Laboulaye escribe en verso alejandrino: «Le corps n’est qu’un sépulcre; hereux qui s’en délivre, / Et tout entier s’abîme en l’amour infini! / Vivre en Dieu, c’est mourir ; mourir en Dieu, c’est vivre!” («El cuerpo no es más que un sepulcro; ¡dichoso quien se libera de él / y se hunde por completo en el amor infinito! / ¡Vivir en Dios, es morir; morir en Dios, es vivir!»), Bécquer da, con agudo hipérbato, esta ceñida versión en heptasílabos: «El cuerpo es para el alma / prisión triste y oscura, / dichoso el que la rompe / de luz y amor en busca. / Dichoso el que a Dios sube / y en su esplendor se inunda / y confundidos arden / como dos llamas juntas». Los cuatro últimos versos se parecen, si bien a lo divino, a la primera estrofa de la rima XXIV: «Dos rojas lenguas de fuego / que a un mismo tronco enlazadas / se aproximan, y al besarse / forman una sola llama».

Nos parece muy ejemplar esta manera razonada, y amena, de revelar nuevas y provechosas verdades literarias; la deducción que nos ofrece Porras, una vez desvelados los hechos, es perfectamente plausible. Al contrario de esa escandalosa y falsa novedad exhibida en la publicación del libro, publicado en 1991, Los Borbones en pelota, reproduciendo unas acuarelas pornográficas que supuestamente los Bécquer realizaron en su exilio toledano mofándose de la reina Isabel y la monja Sor Patrocinio, entre otros, e incluso de González Bravo, siendo imposible imaginar este ingrato pago del agradecido Bécquer por quien siempre le tuvo en estima y mucho le ayudó. Lo valiente es hacer lo que ha hecho Agustín Porras, con franqueza y rigor. Recuerda la postura que adoptó la prestigiosa filóloga Rosa Navarro Durán, quien sostiene que El Lazarillo fue escrito por Alfonso de Valdés. Y publicó en 2003 la jugosa novelita, no bajo el habituado membrete de autor anónimo, sino encabezándola con el nombre del humanista e «iluminado» que fue hermano del autor de Diálogo de la Lengua.