Rafael del Cerro Malagón - VIVIR TOLEDO

Un incendio en el Palacio Arzobispal en julio de 1939

Un bombero madrileño, Ulpiano Igualada Gómez, perdió la vida a consecuencia de la caída de cascotes que le ocasionaron fractura de cráneo

Rafael del Cerro Malagón
TOLEDOActualizado:

No habían pasado cuatro meses desde la emisión del último parte de la Guerra Civil, el 1 de abril de 1939, cuando Toledo vivió unas intensas jornadas de recepciones oficiales y de negros sucesos. El sábado 15 de julio, el conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini, llegaba a Toledo —previa detención de personas no adeptas al régimen—, siendo recibido con todos los honores por todas las jerarquías locales antes de alojarse en el palacete de Buenavista, propiedad del conde de Mayalde. Al día siguiente visitó las ruinas del Alcázar acompañado de una escolta motorizada y un amplio despliegue de vigilancia, pues, a fin de cuentas, era la primera visita de Estado tras la contienda. Una semana después, la noche del 23, de nuevo las sirenas se oyeron en las calles a la vez que fuerzas de la Guardia Civil y soldados de varias unidades concurrían con los escasos efectivos de seguridad municipal para atender una emergencia: el Palacio Arzobispal era pasto del fuego.

El hecho avivó temores en unos momentos saturados ya por los daños sociales y físicos de la reciente guerra. La difícil vida diaria, repleta de carencias, intentaba rehacerse en medio de una profusa presencia de efectivos aún movilizados. Los diversos servicios militares se repartían en el palacio de Fuensalida, Santa Fe, el Seminario, Tavera, la Escuela de Artes o cualquier caserón medianamente habilitado como el Colegio de Doncellas que, desde 1937, acogía un hospital de sangre. En unas dependencias del Palacio Arzobispal, contiguas a la calle de la Trinidad, donde estaban las oficinas de Acción Católica, se situaba el Depósito Móvil Farmacéutico de la 4ª División Navarra.

Fue precisamente en este último lugar, caída ya la tarde del domingo 23, donde se produjo una ignición de los productos químicos allí almacenados que, debido al viento reinante, creció con rapidez por el resto del edificio. Las crónicas difundidas por la agencia Cifra señalan que el cardenal Gomá se resistió a abandonar el Palacio para ocuparse de dirigir las tareas encaminadas a poner a salvo el patrimonio artístico y documental del Archivo Diocesano. Ante la voracidad de las llamas se pidió auxilio a efectivos del Ayuntamiento de Madrid que llegaron a media noche. El incendio alcanzó las plantas superiores, temiéndose que, a través de Arco de Palacio, se propagase a la Catedral, por lo que los arquitectos provincial y municipal decidieron crear unos cortafuegos en este pasadizo. Las crónicas de prensa mencionan que la carencia de agua suficiente hizo que las tareas de extinción fuesen aún más penosas, teniéndose que recurrir a cadenas de cubos para alimentar las bombas con la participación de vecinos, soldados, miembros de Acción Católica y afiliados de Falange. Sobre los bomberos de la ciudad no se detallan los efectivos y medios disponibles, si bien debían ser mínimos en aquellos momentos, recién acabada la guerra. A modo de apostilla, el Parque toledano, tras dejar su habitual y minúsculo enclave en el inicio de la cuesta del Alcázar, desde abril 1933 tenía su garaje en lo que fue la antigua capilla del Hospital de la Misericordia, en la calle Esteban Illán, cuyo coro se había adecuado como dormitorio para los efectivos de guardia, en tanto que los vehículos y enseres estaban dispuestos en la nave general.

En la madrugada, las llamas dominaban la parte superior del edificio, siendo visibles por Arco de Palacio y la Trinidad, destruyéndose la capilla aquí existente, llamada de la Inmaculada Concepción, si bien el cuadro del altar mayor logró ser salvado. A las seis de la mañana se ahogaban los últimos focos mientras se iniciaban las primeras tareas de desescombro, retirándose los enseres rescatados a estancias más seguras y al claustro alto catedralicio. La escalera principal del Palacio quedó hundida como el patio de los Cristales y diversas dependencias más, resultando afectado el Salón de los Concilios, rehabilitado diez años antes. En las semanas siguientes al incendio fueron llegando telegramas de apoyo al cardenal Gomá desde varias autoridades del Estado y eclesiásticas. Las obras de reparación concluyeron años después a cargo de la Dirección General de Regiones Devastadas y Reparaciones y del propio Arzobispado. En 1957, aunque la fachada principal no acusaba las huellas del antiguo incendio, la Dirección General de Bellas Artes, bajo la dirección de González Valcárcel, afrontó un nuevo arreglo que supuso la eliminación de los antiguos revocos y la de dos cuerpos o torreones laterales para dejarla según se muestra hoy.

Sin embargo, además de los graves daños causados en el edificio, aquel incendio se llevó por delante la vida de un bombero madrileño, Ulpiano Igualada Gómez, perteneciente al Parque número 3, a consecuencia de la caída de cascotes que le ocasionaron fractura de cráneo. La prensa recoge que fue atendido, en primera instancia, en una farmacia cercana, siendo llevado al Hospital de Sangre, donde falleció poco después. El entierro tuvo lugar en Madrid el día 25 de julio, trasladándose sus restos desde la Dirección de Incendios al cementerio de la Almudena según revela la esquela publicada en la prensa. Años atrás, su nombre también figura en la reseña periodística de las fiestas celebradas en Madrid, el domingo 10 de abril de 1932, en conmemoración de la proclamación de la República. Aquel día había participado con otros compañeros en una singular demostración, en el paseo de la Castellana, subiendo por una empinada escala para bajar luego, «a brazo, en una violentísima actitud gimnástica». Este y otros ejercicios fueron subrayados por la música de la banda municipal y los aplausos de los asistentes en aquella mañana primaveral como muestra de apoyo a un siempre querido cuerpo de bomberos.

También, en aquel fatídico verano de 1939, no muchos días después, el 11 de agosto, ardió el Palacio Arzobispal de Alcalá de Henares que acogía, desde 1858, el Archivo General Central de la Administración del Estado y un valioso legado de la Universidad Complutense, fundada en 1499 por el cardenal Cisneros, titular cuatro años antes de la Silla Primada de Toledo. Aquel suceso dejaría un notable vacío en el patrimonio documental español que nunca podría ser reconstruido.

RAFAEL DEL CERRORAFAEL DEL CERRO