Pasarela colgante en construcción hacia 1925. Junto a la orilla, barca con la draga. Foto de José Vera. Archivo Municipal de Toledo
Pasarela colgante en construcción hacia 1925. Junto a la orilla, barca con la draga. Foto de José Vera. Archivo Municipal de Toledo
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Una foto recuperada y la pasarela colgante de la Fábrica de Armas

Y es que el recinto está repleta de infinitas historias y recuerdos cuyo rescate, a veces, se debe a la voluntad de personas anónimas que además saben confiar su custodia a archivos y depósitos para su consulta y estudio

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En enero de 2018 el Archivo Municipal de Toledo ponía en su web una magnífica foto panorámica de la Fábrica de Armas tomada desde la orilla izquierda del Tajo, entre 1926 y 1930. La imagen, como explica el director de este fondo, Mariano García Ruipérez, formaba parte de un legado documental donado, en 2017, por Juan Megía y Ana Isabel García que lo habían logrado rescatar de una segura pérdida.

La foto, ya publicada por la propia Fábrica en un catálogo fechado hacia 1932, recoge en su límite izquierdo la central eléctrica de la Isla, la más antigua, situada tras el histórico edificio de Sabatini concluido en 1780. Hacia el centro de la imagen aparecen varias naves por donde ahora discurre la Senda Ecológica. En el centro resalta la liviana pasarela colgante que hubo entre 1925 y 1947. A la derecha, una amplia arboleda desnuda de hojas delata que la imagen debió tomarse en las últimas semanas de invierno. Esta zona fue, justamente, la olvidada plaza de Barcas, el punto inicial de la conexión fluvial entre Toledo y Lisboa, según el proyecto de Juan Bautista Antonelli, abierto en 1588, bajo el amparo de Felipe II. Tras los árboles emerge un edificio de aljibes (ahora llamado la Torre del Agua) que, desde 2014, acoge una de las tres obras que la escultora Cristina Iglesias dejó en Toledo con el agua como protagonista esencial de una metáfora plástica. La foto continúa con la historiada central hidroeléctrica de Azumel (rematada en 1917), embutida en el mismo Tajo, revestida con ventanas mudéjares y matacanes almenados en su terraza. Hacia el borde derecho de la panorámica se recortan la mole de Tavera, las huertas próximas al Cristo de la Vega y los edificios del Nuncio y la Diputación.

De los elementos citados en esta vista, fijemos la atención en el más cercano a la fecha en que fue tomada la foto: la pasarela colgante sobre el cauce del río.

Es sabido que la Fábrica de Armas de Toledo nació en 1761 como una real factoría para dotar de espadas, sables y armas “de corte” a las tropas. En 1870 se introdujo la elaboración de la cartuchería metálica debidamente calibrada para una fusilería más avanzada. Esta innovación obligó a crear nuevos talleres en el costado izquierdo del edificio de Sabatini, espacio que se corresponde con la zona ajardinada presidida por una escultura del Corazón de Jesús. A principios del XX se añadía ya más suelo, hacia el Cristo de la Vega, para acoger manufacturas especializadas, un gasómetro, centrales de reserva, almacenes, laboratorios, enfermería, comedores, etc. La Guerra de África (1907-1927) y la I Guerra Mundial (1914-1918) potenciaron la fabricación de cartuchería para el máuser reglamentario y las armas cortas, además de elaborarse material quirúrgico y hojas de afeitar, sin desatender la tradición espadera (sables, machetes, cuchillos…) y el damasquinado.

En mayo de 1922 el ministro de la Guerra, el general José Olaguer Feliú, con varios diputados y senadores visitaron la Fábrica con el objeto de levantar unos modernos talleres que pudieran producir 1.500 espoletas diarias para «proyectiles de artillería de campaña y morteros». Esta nueva tarea daría trabajo a 250 operarios, de ellos 120 mujeres. El lugar elegido se situaba junto a la central de Azumel. Las obras debieron finalizar en 1926, aplicándose, como detalle artístico en las fachadas exteriores unos paneles de azulejería, de inspiración modernista, debidos a Sebastián Aguado. La siguiente fase fue la adecuación técnica y energética de la maquinaria adquirida en el extranjero. En 1927, el obraje ya estaba en plena producción, siendo visitado, la tarde del 20 de abril, por Gustavo V, rey de Suecia, y Alfonso XIII.

Al tiempo que se montaban los nuevos talleres, y no lejanos a ellos, se construyó un estrecho puente colgante sobre el Tajo con el objeto de llevar las espoletas fabricadas, como medida de seguridad, a través de vagonetas, a los polvorines habilitados en la orilla contraria, entre los parajes de Solanilla y El Ángel. En una foto realizada por el pintor Enrique Vera, incluida en un catálogo editado por la Fábrica, hacia 1926, se aprecia cómo aún está sin finalizar la solera de aquella pasarela al igual que el referido taller. La citada pasarela quedó destruida a causa de la gran riada acaecida en marzo de 1947, quedando sumergida su estructura en el fondo del río durante mucho tiempo, según se pudo comprobar después. Para complementar el traslado de espoletas, cartuchos y explosivos, en el extremo del puente apoyado en la margen izquierda del río, se ideó un montacargas (cuya estructura aún pervive) para elevar las vagonetas a una cota superior y trasladarlas hasta los depósitos allí construidos y debidamente adecuados. El 1 de septiembre de 1930, precisamente allí, uno de los tres polvorines existentes estalló de manera espontánea, tal vez a causa del calor veraniego, originando una gran deflagración que se oyó en toda la ciudad. Afortunadamente no hubo heridos. Según la prensa, los muros del polvorín resistieron cumplidamente, sin embargo, restos de la ligera techumbre que cubría treinta toneladas de explosivos llegaron hasta algunas calles y paseos situados más arriba de la puerta del Cambrón.

Añadamos otro dato ligado a la construcción de la pasarela colgante que se concretó en el uso de una barcaza con una grúa de vapor para preparar el fondo del río. La draga había sido fabricada en Barcelona con la patente de Rodley Smith, cuyo prototipo databa, al menos, de 1877. Al parecer, la Fábrica ya contaba con este recurso, en marzo de 1910, empleándose para buscar en el Tajo el cuerpo del segundo teniente Ricardo Larrea que, con otros compañeros, navegaba desde Guadalajara en una aventura que finalizó de modo aciago y que, en 2017, recordó Enrique Sánchez Lubián en las páginas de ABC. En algunas fotos fechadas en torno a 1925 se aprecia la draga que, con el paso del tiempo y su desfasada tecnología acabó desmontada y arruinada en un canal, tras el edificio Sabatini, sumida entre la vegetación y el olvido. Parece que aún sigue sin resultado positivo la moción firmada por Fernando Aranda Alonso, miembro de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, en 2007, para salvar esta muestra del patrimonio industrial. Y es que la Fábrica de Armas está repleta de infinitas historias y recuerdos cuyo rescate, a veces, se debe a la voluntad de personas anónimas que además saben confiar su custodia a archivos y depósitos para su consulta y estudio.