Patio del hotel durante las obras (1891) y años después. Foto de Alguacil y Postal de J. Lacoste (ca. 1908). Archivo Municipal de Toledo
Patio del hotel durante las obras (1891) y años después. Foto de Alguacil y Postal de J. Lacoste (ca. 1908). Archivo Municipal de Toledo

El edificio del Hotel Castilla y unos apuntes de su historia

En plena Regencia de María Cristina, el marqués de Castrillo (1849-1910) promovió esta iniciativa hotelera cerca de la plaza de Zocodover

TOLEDOActualizado:

En octubre de 1892 se vivieron en España profusas evocaciones para recordar los cuatrocientos años del descubrimiento de América. En Madrid hubo actos oficiales, una cabalgata histórica y diversos foros académicos, alguno con una visita añadida a Toledo. El día 20 del mismo mes, llegaba un grupo de estudiantes que fueron invitados por los alumnos de la Academia a un almuerzo en el lujoso Hotel Castilla abierto semanas atrás. Un establecimiento que sumaba un eslabón más a una cadena de factores que brindaba la ciudad: su acervo histórico, la cercanía a Madrid y un enlace ferroviario desde 1858.

En plena Regencia de María Cristina, con el pacto entre conservadores y liberales como fondo, alguien con visión de negocio y sin aparente relación con Toledo, Juan José Fernández de Villavicencio, marqués de Castrillo (1849-1910), promovería una peculiar iniciativa hotelera. En su juventud había apoyado activamente la causa carlista, siendo un hombre bien relacionado con círculos de la nobleza y la alta burguesía española y francesa. Debió fijarse como crecía la moda de los viajes de placer entre las élites que él frecuentaba. Aumentaba un turismo mundano que, bien equipado y con toda la familia, recorría España y el extranjero en programados periplos. El litoral cántabro, las capitales andaluzas, la costa catalana o el sur de Francia eran etapas ajustadas a lo largo del año. Se trataba de disfrutar, según el destino, de los baños de ola, los balnearios, visitar monumentos o asistir a celebraciones como la Semana Santa o el Corpus. Eso sí, un transporte adecuado y un albergue confortable eran condiciones básicas.

Próxima a Madrid, Toledo podía ser un punto para llevar a aquella élite viajera durante unos días y descubrir, desde un confortable hotel, una ciudad repleta de historia, poseedora de un rico álbum artístico. Estimada la idea, en 1889 adquirió un céntrico solar en la plaza de San Agustín, muy cerca de Zocodover. Hasta 1821, había sido un cenobio de agustinos recoletos que, tras ser desamortizado, se subastó por lotes en 1835. Un hábil especulador, José Safont Lluch (1803-1861), compró los mejores para transferirlos de inmediato a un particular que hizo almoneda de lo más aprovechable. La excelente ubicación facilitó la continua compraventa para albergar almacenes, una fábrica de fideos o un teatro de verano entre 1881 y 1882. El marqués pagó al último propietario 30.000 pts. por los casi 1.400 metros cuadrados del antiguo cenobio que alcanzaba hasta la cuesta del Águila. En 1890, ante el Ayuntamiento -entonces presidido por Lorenzo Navas, también de filiación carlista-, solicitó el permiso de obras para erigir allí un hotel que pronto destacaría entre los hospedajes existentes. Uno de ellos era la Fonda de Caballero, en la calle de la Sillería, donde siempre se habían alojado forasteros acomodados o de origen extranjero, como Borrow (1835), Gautier (1840) o Amicis (1872).

Para su proyecto, Castrillo recurrió al arquitecto madrileño, de raíces alsacianas, Joaquín Kramer Arnaiz (1842-1913), titulado por la Real Academia de San Fernando en 1864. Formó parte de la Sociedad Central de Arquitectos de Madrid, de la Institución Libre de Enseñanza y del Ateneo. Ejecutó encargos en Madrid como el Hotel Asturias (1882), el colegio evangélico El Porvenir (1894) o la iglesia de Nuestra Señora de la Paz (1905). Apeló a formas neogóticas y conjuntos con vocación palaciega, si bien, en 1908, elaboró alguna obra funcionalista, desligada de los revivals anteriores.

Kramer optó en el encargo toledano por una fórmula ecléctica a partir del gótico hispano-flamenco y del plateresco. En las fachadas de un cúbico inmueble, diseñó huecos, antepechos y una crestería inspiradas en San Juan de los Reyes que, entonces, reconstruía Arturo Mélida (1849-1902). En el vestíbulo y en las galerías asomadas al patio situó matices platerescos de Alonso de Covarrubias (1488-1570) vistos en la capilla de San Clemente y en el Hospital de Santa Cruz, cuya escalera claustral copió a menor escala. De las yeserías murales se encargó el escultor M. Castaños. En torno al gran patio-recibidor, emplazó el comedor, diversas salas de estar y una terraza. En la primera planta estaban las estancias más lujosas con baño completo incluido. La segunda acogía las de menor categoría. En total había una treintena de habitaciones. El sótano albergaba los servicios generales: cocina, despensa, bodega, lavandería, etc. Desde sus inicios, el flamante hospedaje contó con agua corriente, electricidad, teléfono y calefacción central, comodidades impensables para la mayoría de la población. Existía un jardín posterior, propicio para la tertulia, colindante con la vivienda privada de los dueños.

Como Hotel Castilla lo abrió Willemenot et Cíe, una entidad dirigida por el marqués de Castrillo y un socio francés en la gerencia: Alfonso Willemenot. Pronto se debió disolver el consorcio. Dese 1894, al frente del negocio aparece Francisco Priede Fernández (1849-1921), casado como Mercedes Hevía Suárez (1857-1923), ambos de ascendencia asturiana y siempre conocidos como «los dueños del Castilla». Algunos de sus hijos (Francisca, Carlos, Mercedes –casada con el escritor Félix Urabayen-, María Josefa, Francisco y Juan) se involucraron en la actividad de la empresa paterna. Hasta julio de 1936, el hotel tuvo su época dorada como referimos en el artículo que publicamos en la revista Archivo Secreto (Toledo, nº 7, 2018). Siempre fue un referente en la vida de la ciudad y bien conocido fuera de ella. Atraía su artístico edificio, la cuidada atención, una cocina con matices internacionales y ser un espacio ideal para todo tipo de actos.

La Guerra Civil dejó en pie el edificio, sin embargo, los propietarios habían salido de Toledo y, desde octubre de 1936, la comandancia militar situó allí su sede. Sabida la cercanía de los Priede a los partidos republicanos, sus bienes, incluido el Castilla, fueron incautados por las leyes franquistas. En 1938 quedó gestionado por el Servicio Nacional del Turismo. La lucha de la familia ante los tribunales concluyó, en 1946, con la devolución del hotel. Ahora, a los muchos problemas para recuperar el antiguo esplendor, se unían los efectos de dos posguerras -la española y la mundial-, las dificultades del abastecimiento y un exiguo turismo. En 1948, los dueños vendían el inmueble al Instituto Nacional de Previsión. Así, en la plaza de San Agustín, quedaba varado el Hotel Castillacomo un veterano paquebote tras una travesía que había durado cincuenta y seis años.

Rafael del Cerro, historiador
Rafael del Cerro, historiador- ABC