La Diputación de Sevilla edita un libro que recoge anécdotas sobre Toledo

LUIS MORENO NIETO
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TOLEDO. La Diputación Provincial de Sevilla ha publicado la obra titulada «Cuentos», de Juan de Arguijo, escrita a principios del siglo XVII, edición, introducción y notas de Beatriz Chenot y Maxime Chevalier, de la que hemos seleccionado aquellas anécdotas relativas a personajes toledanos del Siglo de Oro que nos han parecido más interesantes, algunas de ellas conocidas, la mayoría ignoradas, todas curiosas. Por nuestra, parte, sólo nos hemos permitido encabezarlas con un breve título expresivo de su contenido alusivo a su protagonista. Helas aquí reproducidas textualmente de la mencionada obra:

Los sastres del cardenal: «El cardenal de Toledo, don Bernardo de Rojas, mandó llamar a un sastre para que le cortase de vestir de una pieza de chamelote morado, muy fino, que le habían traído de Italia. Midió el sastre las varas que había, y dijo que no tenían bastante recado para hacer el vestido y que así no se atrevía a cortarlo, porque para lo que faltaban no se hallaría en Toledo otro pedazo de la misma igual en color. Y en verdad, pesóle al Cardenal, y despedido el sastre, y por ver si tenía remedio, mandó llamar otro, el cual se ofreció que con las varas que allí había le hacía el vestido muy a su gusto, como lo cumplió, trayéndolo presto acabado, y juntamente vistió a un hijuelo suyo pequeño de un pedazo del mesmo chamelote que había sobrado. Maravillóse de esto el Cardenal, y culpando al primer sastre, preguntó al que hizo el vestido:

-¿Cómo no halló Fulano aquí lo que era menester para vestirme, y vos lo habéis hecho, y sobrando también para vestir a ese niño?- Respondió:

-Señor, porque su hijo es mayor que el mío.»

Doña Carpio: «En casa del Conde de Villaverde, en Toledo, una dueña llamada señora doña Carpio, gran matorra y autora (sic.) durmióse una noche junto a una vela, le pegó fuego a las tocas por detrás. Despertó, y viendo la luz, y no sabiendo la causa, comenzó dar voces:

-¡Resplandores a mí, Dios mío! ¿Cuándo merecí yo tanto bien?-. Y quemábase viva.»

«¿Es verdad lo que se dice...?»: «Don Antonio Portocarrero, deán de Toledo, hermano del Conde de Palma, todas las veces que alguno le comenzaba el decir:

-Señor, ¿es verdad lo que se dice...? respondía luego:

-No señor.

-Pues, ¿cómo sabe v.m. que no es verdad? ¿Luego, ya v.m. debe saberlo?- replicaba:

-No lo sé; pero por el mismo caso que se dice, creo que tiene que ser mentira.»

Una falta que se enmienda con el tiempo: «A don Pedro González de Mendoza, fraile franciscano, electo arzobispo de Granada, le dijo el Duque de Lerma:

-Muy contentos están todos con la elección que S.M. ha hecho en V.S., si bien para prelado le juzgan muy mozo-. Respondió el arzobispo:

-Falta es ésa de que me iré enmendado cada día.»

Un regalo a los mercedarios: «Un médico de Toledo en su testamento: «Mando mi mula rucia al convento de la Merced, para que acabe la vida en servicio de Dios y de esta sagrada religión, como lo he hecho yo».»

No pasar de la A: «En Toledo, el canónigo Tenorio, hombre muy docto, discreto y virtuoso, no visitaba ni era visitado de nadie. Díjole el Cardenal Zapata, que era muy su amigo, por qué usaba de aquesta sequedad general, sino que se dejase visitar de algunos amigos con quienes en la misma iglesia trataba apaciblemente. Respondió:

-Había un muchacho a quien su padre por fuerza hizo enseñar a leer. El maestro comenzó a darle a conocer las letras y jamás pudo acabar con él que pasase de la A. Enojóse viendo esto y preguntóle por qué no proseguía-. Respondió:

-«Señor, yo bien sabía decir B y más adelante si quisiese, pero a mí no me está bien; no tengo voluntad de leer y así estoy resuelto de que en la A se riña esta pendencia, sin aguardar a reñir con otra letra». Aplico el cuento: yo, señor, bien gustaría que un amigo me visitase, pero han de ser tantos otros que me han de atormentar con sus visitas impertinentes, que me he resuelto no pasar de la A, cerrando la puerta por no aguardar a hacerlo cuando me tengan molido.»