Ladrón de niños, Los aullidos del miedo y El hombre del saco, de Juan M. Prieto

Crónicas del lado oscurso

El escritor Eduardo Verdejo y el pintor Juan Manuel Prieto recrean los «Relatos de Miedo en Castilla-La Mancha»

POR ANTONIO LÁZARO
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Nunca he compartido esa idea competitiva de que una imagen vale más que mil palabras; más bien he llegado a pensar en alguna ocasión que una palabra (según cuál) vale más que mil imágenes. Recuerdo recreaciones magníficas de nuestros clásicos profundos, así Quevedo, por parte de artistas expresionistas abstractos del siglo XX. Por no hablar de la saga interminable de visiones del Quijote a cargo de artistas de todas las épocas y latitudes.

A menudo, las colaboraciones son contemporáneas. Un artista y un literato se unen para generar un proyecto compartido en que imagen y escritura se interaccionen y complementen para explotar conjuntamente en los lectores/espectadores que accedan finalmente al producto resultante. Fernando Arrabal, escritor poliédrico donde los haya, ha llegado a ser un alto exponente de esta modalidad artístico-literaria, con decenas si no centenares de proyectos de este tipo en los que se ha involucrado con lo mejor de la plástica de los dos siglos que le ha tocado vivir. El fotógrafo Chema Madoz ha recreado con gran acierto y poder de sugestión el universo fascinante de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Yo mismo, participé en un libro «Babilonia del sueño de un asceta» en que Antonio Santos ilustraba textos de varios autores, antiguos y contemporáneos, y tuvo la deferencia de contar conmigo. Recuerdo que actuaba como editor Antonio Pérez y que el serígrafo y artista Javier Cebrián hizo la estampación.

En el caso del libro que nos ocupa hoy, «Relatos de miedo en CLM», editado dentro del catálogo de la Junta de Comunidades, la singularidad consiste en que autor literario y artista plástico trabajaron por separado a partir de una idea-nexo: el lado oscuro de la realidad, los recovecos de la mente criminal, lo macabro, el miedo. Fiel al espíritu y a la letra de tan curioso encargo, el editor institucional optó finalmente, y creo que con acierto, por separar en el libro el bloque textual o propiamente literario de las ilustraciones, que se incorporan como un complemento al final del volumen. El resultado es una obra singular, evocadora y única, que merece ser conocida más allá de la difusión, por lo común muy limitada, de los impresos institucionales.

Los relatos

El autor, sobre el encargo de un recorrido a través de la narrativa terrorífica vinculada con el territorio que actualmente denominamos Castilla-La Mancha, propone un trayecto heterogéneo y muy variado, que finalmente conforma un libro plenamente calificable de «miscelánea»: un conglomerado muy ameno que a veces incurre en el ensayo, otras en el reportaje y no pocas en la mera ficción o creación literaria en sentido estricto. Tras cuestionar la idea dominante acerca de la preponderancia del canon realista en nuestras letras españolas, Verdejo estructura su libro sobre dos pivotes o bloques diferenciados: Ficciones y Realidades. Arranca con tino de don Juan Manuel, el autor de El conde Lucanor, y de su relato acerca del mágico de Toledo, don Yllán. Acertadamente, titula al capítulo: El germen del relato fantástico. Los epígrafes sucesivos son vertiginosos e irrebatibles: la invocación plutónica de Celestina, el relato recogido por el cronista toledano Horozco acerca de la llegada de la Inquisición a Toledo, el episodio de la casa lóbrega y oscura del Lazarillo, los sueños apocalípticos de Lucrecia de León, la leyenda sobre la profanación del rey Rodrigo y las cosas que viera en aquella pantalla mágica del palacio encantado, así hasta cerrar esta parte con el episodio fronterizo con lo fantástico en que Don Quijote y Sancho pasan una noche de terror y bramidos a la vera de un río.

En el apartado de realidades, Eduardo Verdejo ha seleccionado unos cuantos sucesos escabrosos documentalmente acreditados. Seguramente hay muchos más, pero nadie puede discutir la excelsa categoría macabra de los que él nos propone en su libro. «El crimen de Cuenca», en contra de la percepción general, no se corresponde con el trágico error judicial que mostraba la famosa película de Pilar Miró, un título emblemático de la compleja transición española. El crimen que evoca y recrea Verdejo es el asesinato múltiple ocurrido en un pueblo de la Alcarria conquense a finales del siglo XIX, con el resultado de cinco muertos (entre ellos tres niños) y dos ahorcados en el patíbulo de Priego. Un crimen que se hizo archifamoso en toda España merced a unas coplas de ciego que gozaron de una insólita aceptación. Las coplas comenzaban así:

«Madre de los afligidos,/ emperatriz de los ciegos,/ que diriges las estrellas/ y enfrentas los elementos./ Preste atención mi auditorio,/ aquí mi pluma se para/ al referir esta historia,/ escuchad, tan inhumana./ Ni la fiera más soberbia,/ ni la peor alimaña,/ hacen crimen tan horrendo/ con tan perversas entrañas».

El segundo de los hechos escabrosos recogidos es el misterioso suceso de «la mano cortada», hecho macabro que llenó de titulares el periódico El Caso en los años sesenta del pasado siglo. El asunto tuvo gran relieve por implicar a una aristócrata con gran proyección pública, Margarita Ruiz de Lihory. Al parecer, conservó en una redoma la mano de su difunta hija. Puede que en un contexto de brujería y prácticas mágicas bereberes aprendidas durante sus estancias, dicen que en calidad de espía, en el antiguo Protectorado español. El brutal exorcismo de Almansa y el caso del asesino de la baraja, reciente suceso que marca la irrupción de los crímenes mediáticos en España, cierran este segundo apartado.

El libro que firma en su parte literaria Eduardo Verdejo transmite desde la amenidad todo un mundo de estremecedoras historias ideales para ser contadas en noches desapacibles y cerradas del invierno castellano. Conjugando sus certeros análisis y presentaciones con textos de autores de todos los tiempos, consigue una original fórmula que siempre satisfará, en todo o en parte, a toda clase de lectores. Pero dejemos que el propio autor nos explique sus intenciones: «Con esta antología no se pretende materializar una historia de lo fantástico ni mucho menos y si alguien imagina que es así, mil perdones. Este libro es un pequeño album de huellas que han sido olvidadas, evitadas o simplemente omitidas a la hora de emitir juicios de valor unívocos».

Ilustrador de la oscuro

Las láminas se han agrupado al final del libro. No nos resistimos a dar traslado de su títulos pues son harto elocuentes: El hombre del saco, Satán, Los aullidos del miedo, La casa del crimen, Noche de miedo, Campo de los espectros, Ladrón de niños, La guadaña, Daga de muerte. Apenas una decena aunque nos consta que el artista llegó a crear, en el contexto de esta serie, varias decenas más, puede que más allá del centenar.

Estudioso de grandes maestros como El Greco o Turner, Prieto se planteó su trabajo como una exploración entre sombras, en sus propias palabras se propuso «tallar la niebla». Cualquier lector/espectador puede dar fe de que ha conseguido con creces su propósito. Estas espectrales imágenes penetran en nuestro inconsciente con el mismo efecto que una noche de viento ululando en la chimenea o unas pisadas a nuestra espalda en un bosque crepuscular. Afincado en Lominchar, entre Toledo y Madrid, la obra de Prieto es una exploración del surrealismo naturalista desde una visión rural, Para él, la pintura es un medio de indagación de la realidad y también del propio interior, un viaje iniciático sin final.

El artista recreó sus propias vivencias terroríficas, tanto las vividas como las vistas, leídas u oídas, para visualizar estos laberintos de pánico que a cada uno le dirán algo distinto, siempre bajo el común denominador del miedo. Me encantaría tener la oportunidad de contemplar éstas y otras imágenes de esta serie en una exposición específica. Sería digna proyección del gran trabajo que se ofrece en el libro que hemos glosado.