Las ciudades del Greco (I)
Expulsión de los mercaderes del templo, 1600 (EL GRECO)

Las ciudades del Greco (I)

Nos preguntamos qué poso dejaron en el artista de Candía, su ciudad natal, Venecia, Mantua, Ferrara Parma, Florencia y, sobre todo, Toledo en su proyecto

Actualizado:

Místico, manierista y proto-moderno. Lunático y astigmático. Hispánico y helénico» (Jonathan Brown). Estos y muchos otros calificativos se han aplicado al Greco. También le es connatural la pasión por el saber y la aprehensión e interiorización del conocimiento que sabía captar en cada uno de los lugares por los que se llevó a cabo el viaje de su vida. De la isla de Creta y el azul del mar Mediterráneo a la «isla de Toledo», agua piedra y luz. En medio, la ciudad que surge del agua, Venecia, y Roma, a la que abraza el Tíber.

Es opinión unánime que el genio creador del Greco tiene por causa, en buena medida, la inclinación de su carácter al saber, una avidez de conocimientos que le acompañó durante toda la vida. Probablemente, ese prurito intelectual le estimuló en su peregrinar por diversos espacios vitales que deben ser considerados mucho más que la escenografía del desarrollo de una personalidad artística. Esa es la razón que nos lleva a preguntarnos qué poso dejaron en el artista Candía, su ciudad natal, Venecia, Mantua, Ferrara, Parma, Florencia, Roma, y, sobre todo, Toledo.

Nos formulamos esta pregunta no instados por el propósito de esclarecer alguno de los muchos enigmas de su biografía, sino con el ánimo de ahondar en la reflexión sobre ese rasgo diferencial de su talante, el que le convierte en un artista cuyo estilo y cuyo discurso deben tanto a la técnica como a las lecturas, la visión y el aprecio del arte, y deben menos al magisterio de un mentor único que lo guiara hacia el descubrimiento de sí mismo, que a la sugestión de determinados espíritus libres con los que trabó conocimiento, y aún menos a los temas, motivos y recurrencias miméticas de la pintura de su tiempo que a sus propias obsesiones e intereses personales.

El Greco fue, también, escultor y arquitecto, actividades que representan dimensiones de su personalidad a la que dedicaremos un artículo de esta serie; fue, igualmente, lector contumaz, amante de la música, asiduo contertulio y escritor con dedicación cotidiana, aspectos a los que ya hemos destinado algunas páginas de este mismo espacio. Todas estas premisas nos permiten inferir la conclusión de que la verdad sobre El Greco nos vendrá dada por su estimación como un artista total, con una desmedida ambición creativa que excede los límites de la circunscripción al cultivo exclusivo de la pintura, pero en el que la pintura representa la síntesis última del arte sobre el que desembocan todas sus inquietudes e intereses.

Esa vocación holística del arte del Greco tiene su marco perfecto de proyección en el espacio ciudad, dado que es en este ámbito donde se concitan todas las manifestaciones artísticas, donde confluyen todas las ciencias, donde todos los hombres con talento dejan la huella de su don creador y el fruto de sus conocimientos aplicados en la plasmación de lo sublime; palacios e iglesias, figuras esculpidas, pinturas…, todo ello coopera a la conformación de la trama urbana de las ciudades en que se emplazan. De todas las ciudades que vivió, apreció y habitó El Greco, fue Toledo la que más cabalmente aglutinó todos los rasgos que un carácter como el del candiota demandaba para su pintura simbiótica y meditativa; esa es la razón por la que un Toledo más cercano a la imaginación, al sueño, a la realidad mental que a la realidad tangible, se incorpora a sus pinturas ora como elemento nuclear ora como elemento auxiliar. Toledo también es para El Greco un «relicario imponente y excelso» (R. M. Rilke). Pero es necesario desandar el camino que condujo a Doménikos Theotokópoulos hasta Toledo para comprender íntegra y hondamente lo que la hoy capital de Castilla-La Mancha representó para él; si bien Mauricio Barrés ha afirmado que «el único misterio de Toledo es el mismo Greco».

Es necesario completar las escalas de este viaje vital, artístico e iniciático; y es perentorio iniciarlo en su Candía natal, donde se formó como pintor y recibió una sólida educación en letras; allí residió hasta los 26 años; luego vienen los diez años italianos con escalas en la metrópoli veneciana, en Roma, en Mantua, Parma, Ferrara o Florencia. La suma de vivencias que el Greco aglutinó en todos estos espacios, la aprehensión de estilos, páginas, ideas, técnicas y hallazgos de toda suerte que tuvo lugar en estas ciudades, son el sustrato sobre el que se asienta ese Toledo espectral, vagaroso, evanescente, escenario de episodios históricos, hagiográficos, bíblicos, legendarios, mitológicos e imaginarios…, que constituyen lo más elevado de su arte.

Candía (Creta): el eclecticismo estilístico

Candía es capital de Creta, emplazamiento geográfico estratégico, amalgama de culturas y civilizaciones, que fue griega, romana, bizantina, musulmana, provincia veneciana desde 1204. Desde 1453, año en el que Constantinopla cae bajo dominio turco, Creta es el gran emporio y el centro de la cultura helénica, donde florecen con especial vigor las escuelas filológicas, con los auspicios de Venecia, la metrópoli, y con el impulso del Renacimiento italiano. Y también es el recinto en el que se guardan y viven antiguas y propias tradiciones que singularizan la vida y las costumbres de quienes han tenido que soportar tantos vaivenes. En ese ir y venir de lo ancestral y lo cotidiano cretense a lo universal helénico y veneciano vive Doménico la primera parte de su vida.

El joven artista, formado como pintor de estilo postbizantino de iconos, que firmó ante un notario el 6 de junio de 1566, como «Maestro Domenikos Theotocopoulos, pintor», asumió la simbiosis cultural connatural a su tierra, que, en el arte pictórico de su tiempo, se manifestó en dos estilos: la iconografía bizantina y el estilo latino, a su vez, mixto, resultante de la confluencia de motivos orientales y occidentales, especialmente del arte veneciano. Esta atmósfera de hibridación cultural y artística constituye el magma primigenio desde el que se produciría la erupción del genio creador del Greco. La formación humanística y su anhelo de saber le condujeron a la pasión autodidacta más allá de la instrucción artesanal y manual que se reservaba a los pintores en su época; es de una importancia incontestable el papel crucial que el humanismo (el saber) tiene en su arte. En consecuencia, es plausible defender que la actual Heraclion infundió en El Greco dos rasgos que serán constantes en su personalidad: el sincretismo y el humanismo.

Venecia: anegado de ambición

Venecia es una urbe en parte sumergida, surcada por canales, tachonada de puentes que vinculan las distintas piezas que conforman la proporción conjunta de su belleza insular, donde los siglos habían hecho fluir las corrientes estéticas y de pensamiento y que la habían convertido en un palimpsesto artístico represado con la quietud de la laguna y el peso de su conjunto monumental. Y en el espacio es importante la gente, el pueblo que comercia y deambula por plazas, puentes, callejas y canales.

Tal vez fue esta la primera percepción de un Doménico Theotocópuli que contaba veintiséis años de edad a su llegada a la ciudad (hay constancia documental de su presencia en Venecia el 18 de agosto de 1568), y que portaba, junto a este corto bagaje vital, la ambición de distinguirse como maestro en su arte. Aquí comienza a reeducarse como artista italiano. Elevado destino el que El Greco reservaba para sí, y que acrecería al percibir, en el raro equilibrio veneciano entre el agua y la piedra, entre la mano del hombre y la acción de la naturaleza, la paradoja misma de la que brota la emoción y el sentido artístico.

El verdadero alumbramiento creativo que supuso para él el descubrimiento de la pintura veneciana se unió al hondo impacto que le produjo la arquitectura de la capital del Véneto. De ello tenemos constancia escrita de su puño y letra a través de las anotaciones que dejó en los márgenes de los libros de Vitruvio y Vasari, a los que ya nos hemos referido en otro artículo, y sobre los que volveremos escribir para tratar sobre el interés y la actividad del Greco por la arquitectura y la escultura. Todo ello confirma la razón del afianzamiento de su carácter orgulloso, selectivo, con la fatuidad de quien se sabe tocado por un don que no cabe en el aprendizaje del oficio artesano, y que sí es susceptible de perfeccionarse por medio del estudio, de la atención ávida, del contacto con otros genios.

El Greco se sabe artista. Más allá de las hipótesis acerca de cómo fue su vida cotidiana en los tres años que vivió en Venecia, al margen del influjo de Tiziano, de que trabajara por cuenta propia, de que fuera receptor de encargos o beneficiario de mecenazgos, se puede afirmar que sí respiró un aire de rutilante esplendor cultural en que los impresores se encargaban de magnificar el carácter elegante, refinado de la ciudad, que, por deseo de los señores que la habitaban, creció en palacios y construcciones suntuosas, y por el talento de los arquitectos que participaron en su reordenación urbana, con los que El Greco tuvo un trato fructífero.

No incidiremos más en la importancia de estos artistas en el desarrollo de la personalidad del cretense, pero sí conviene hacer algún apunte más acerca del carácter heterogéneo de una ciudad en la que la sensualidad competía en protagonismo con la inteligencia, en que la paradoja se resolvía en una convivencia armónica no solo entre estilos creativos, diferentes artes y manifestaciones culturales, sino también entre nacionalidades y etnias (venecianos, armenios, alemanes, judíos…), que ha conferido a la urbe su emblemático cosmopolitismo. Nada de ello debió de ser ajeno al Greco y a su capacidad de asumir signos, técnicas, tendencias…, que incorporaba a su estilo personal con extraordinaria naturalidad. Con todo, la bellísima ciudad, la serenísima Venezia, no es más que la capital de toda una República de la que nuestro pintor es miembro. Al abrigo de esa condición, viaja El Greco por otras ciudades del Estado, como Verona, Vicenza, Padua, periplo del que tenemos constancia escrita por las anotaciones del propio pintor, en las que se aprecia un abierto arrobamiento por la belleza de las obras artísticas que se exhiben a su paso, y que su capacidad de interiorización y apropiamiento hace que se incorporen al complejísimo proceso de ordenación de su estilo. Acaso en lugar preferencial de ese elenco de grandes artistas venecianos, El Greco sitúa a Tiziano, especialmente por el color suntuoso. Admiraba a Tintoretto, por la composición, el movimiento y la representación de lo dramático, del que consideraba su «Crucifixión»–en sus propias palabras- como «la meyor pintura que ay oy en el mundo». También son apreciable Veronés y Bassano, cuyas obras a buen seguro estudió. La indomable ambición de triunfar como pintor moderno en esta Venecia es lo que debió espolear al Greco para completar su educación. Sus pinturas venecianas conviene valorarlas, por tanto, como la obra de un «autodidacta en el estilo del Renacimiento italiano que tuvo que luchar para superar sus orígenes bizantinos, más que como la de un discípulo inmediato de un gran pintor» (J. Brown).

De este viaje de Ulises-Greco hasta su Ítaca-Toledo seguiremos dando cuenta en este medio, como un aporte más al conocimiento del gran artista del que vamos a celebrar su Centenario.