Cajal: El secreto de su mirada en Toledo
Marañón, con el busto de Ramón y Cajal (1950) - archivo abc

Cajal: El secreto de su mirada en Toledo

Actualizado:

Una tarde del principio de febrero de 2011 visitaba yo, otra vez, ese espléndido museo que es el del escultor Victorio Macho, su casa-taller toledana, asomada al Tajo, sin duda uno de los museos más singulares, encantadores y poco conocidos de España. Quizá sería el hacer la visita en solitario, en el sosiego del temprano ocaso que ya se va atrasando y que en ambas Castillas ofrece su espectáculo puro de colores, cuando recabé en un detalle que me llamó poderosamente la atención: ¿por qué la sabia mano de Macho, capaz de esculpir alguna de las miradas más penetrantes que ofrezca obra alguna en el orbe, cerró los ojos de Santiago Ramón y Cajal en la cabeza realizada en 1923 y que se exhibe en el museo de la Roca Tarpeya?

Rehíce mis pasos y repasé las otras obras de la colección permanente y comprobé que todos, absolutamente todos los demás personajes esculpidos mostraban sus ojos abiertos, esa mirada que Macho obtiene como pocos: Marañón, Menéndez-Pidal, Unamuno (en ese busto casi esperpéntico, los ojos muy abiertos, como espantados, el pelo y la barba erizados...), Salvador de Madariaga, los pintores Iturrino y Arteta, el anónimo y soberbio marinero vasco, Danielillo, los también anónimos niña vasca y niño castellano... En piedra caliza, León Felipe también tiene la mirada abierta al mundo, a pesar de lo que inscribe Macho en el pedestal de esta obra, que firma en Lima (Perú), en 1946: «Bienaventurado tú, poeta convertido en piedra para no ver ni sentir el caos de nuestros días. Que mañana una aurora de libertad traiga la luz a tus ojos homéricos. Entre tanto, sé feliz con tu ceguedad». Incluso representa a la iluminada y atroz «Pasionaria» con los ojos algo más abiertos que los de Cajal.

Y «La madre», su madre, meditabunda y triste, mantiene los ojos medio abiertos... ¿Es acaso el sosiego que transmite el yaciente «Mi hermano Marcelo», el otro hijo, lo que salva a esa madre de la tristeza más absoluta? «La madre» es, quizás el zénit de las miradas esculpidas por Macho, esbozada ya de forma magnífica en esa otra madre que mantiene en brazos a su hijo (¿enfermo?; ¿moribundo?; ¿acaso, ya, muerto?) conformando «La piedad», encargada en piedra por el madrileño Instituto Llorente para su primera sede de la calle de Ferraz, donde empezó a fabricar vacunas antes de trasladarse a la carretera de El Pardo.

Pero, volvamos al misterio de la mirada de Cajal: ¿por qué Victorio Macho, escultor de miradas, cierra los ojos a alguien a quien admira y admirará tanto toda su vida, a ese investigador infatigable y observador exacto, preciso, asombroso, como Santiago Ramón y Cajal, el primero que supo leer en la maraña de células nerviosas, con sus intrincadas y numerosísimas prolongaciones, hasta el extremo de abrir los ojos del resto del mundo para comprender el sistema nervioso y poder empezar a conocer el cerebro? El cerebro, sin duda, el ser humano... Porque el genial escultor palentino esculpe esta cabeza de la que hablamos en 1923, pero es que en 1926 gana, contra todo pronóstico, el concurso para la realización del monumento a Cajal que se levanta en el madrileñísimo parque del Buen Retiro, donde lo talla en reclinado etrusco para colocarlo en el medio de un pequeño estanque delante de las Fons Vitae y Fons Mortis... ¡también con los ojos cerrados o, cuando menos, con una mirada escasa y, desde luego, cabizbaja desde sus más de cinco metros de alto...!

Aparte de otros testimonios, mi abuelo Fernando de Castro, cercanísimo discípulo de Cajal y, con los años, amigo de Macho, nos transmitió de primera mano la rendida admiración que el escultor palentino sentía por el universal neurocientífico navarro-aragonés. Mi padre, Fernando-Guillermo de Castro, deja perfecta constancia de ello en los artículos que publicó en las décadas de 1950 y 1960, recogidos este año en un librito que, filias aparte, considero delicioso, titulado «Tardes en Roca Tarpeya (con Victorio Macho)», publicado gracias a Ediciones Turpin, de Madrid. Y este librito fue presentado en la Roca Tarpeya el pasado 9 de junio por parte de Ignacio Gómez de Liaño, filósofo, poeta y profesor universitario, entre otras facetas destacables. Y, a vueltas con Macho, su obra, su vida, su casa-museo y los retratos literarios que mi padre hizo de él, Gómez de Liaño lanzó en Toledo una hipótesis que no quiero dejar pasar y que creo que es muy importante, aunque nadie hubiese hablado de ello hasta entonces.

Porque el citado profesor, amigo íntimo del Dalí tardío y estudioso de la obra del genial pintor de Figueras, en público, reflexionó sobre una influencia que Dalí y su tan particular surrealismo tienen, de forma evidente: aparte de las reconocibles influencias del Renacimiento, de la relatividad de Einstein, del sexo, de la poesía de Lorca y otros influjos reconocidos y muy estudiados, Gómez de Liaño siempre había echado de menos «un algo más» (en sus palabras), «otra influencia decisiva» en la obra de Dalí que, al leer el libro de mi padre había podido identificar como la influencia de Cajal y de su mundo de las neuronas. El autor de «La persistencia de la memoria», con sus inconfundibles relojes escurriéndose por los relieves, se formó en Madrid en la década de 1920, y se alojó en la Residencia de Estudiantes, como bien es sabido, donde fue camarada y más que amigo del cineasta Luis Buñuel y del poeta Federico García Lorca. Pero es que en aquella Residencia de Estudiantes fundada por la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, en la famosa Colina de los Chopos, albergaba, sobre todo, a científicos, siendo esta tríada de artistas no la excepción, pero casi. No en vano, Santiago Ramón y Cajal fue el primer Presidente de la JAE y quien inspiró a Alfonso XIII para su fundación.

Además, en ese lugar y en los años que Salvador Dalí allí se albergó, tuvo su laboratorio, físicamente, Pío del Río-Hortega, el histólogo vallisoletano que describió dos e los cuatro tipos principales de células nerviosas (la oligodendroglía y la microglía), y que resultaba una extensión (aunque muy independiente, cierto es) del Laboratorio de Investigaciones Biológicas que Cajal dirigía.

Gómez de Liaño, despojándose de la idea que, a fuer de repetida una y otra vez, impera y obliga a pensar que la Residencia de Estudiantes poco menos que vino a construirla el gobierno del citado rey para albergar a Lorca, Dalí y Buñuel de forma exclusiva (o casi), pensó aquella mañana de junio que aquellos jóvenes tan brillantes no se habrían podido abstraer al ambiente científico de la Residencia de Estudiantes y, particularmente, a la influencia de Ramón y Cajal y de aquella pléyade de jóvenes discípulos y colaboradores (Tello, Achúcarro, Río-Hortega, de Castro, Lorente de Nó) que florecieron la Ciencia española hasta límites no vistos, influyendo en el mundo y determinando no pocas de las nociones que tenemos hoy en día sobre cómo está construido y cómo funciona nuestro sistema nervioso, nuestro cerebro: nuestro ser...

Y quiero aportar estas dos pinceladas al conjunto de actividades desplegadas por todo el país con motivo de que 2012 se haya declarado como Año de la Neurociencia en España.