Un burro casi mata a mordiscos

MANUEL MORENOTOLEDO. Puede sonar a chiste, pero es la cruda realidad. Joaquina de la Casa Garrido, de 86 años, ha salvado la vida de milagro, después de que un burro la atacara a dentelladas en mitad

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MANUEL MORENO

TOLEDO. Puede sonar a chiste, pero es la cruda realidad. Joaquina de la Casa Garrido, de 86 años, ha salvado la vida de milagro, después de que un burro la atacara a dentelladas en mitad del campo, junto a la vía del tren Madrid-Lisboa a su paso por Montearagón. «Fue peor que si la hubiera embestido un toro», recuerda María del Rosario, hija de Joaquina, quien se recupera ahora de las graves heridas en su casa de este pequeño municipio, situado a 15 kilómetros de Talavera.

Cinco costillas rotas, además de numerosas magulladuras, lesiones y cicatrices producto de los mordiscos, son las consecuencias físicas de tan inusual hecho. Pero las secuelas psicológicas también están a flor de piel en forma de continuas pesadillas, porque Joaquina sueña que en cualquier momento el borrico, propiedad de un joven del pueblo, la volverá a atacar.

Ayer se cumplieron quince días de la furibunda embestida. El 5 de octubre, como casi todas las tardes, Joaquina salió a pasear hasta las afueras del pueblo tras escuchar la misa de las seis y media en la iglesia, que está junto a su casa. No iba sola. La acompañaban Ángeles Bonilla, María Carrasquilla y Marina Resino, que también superan los 80 años, aunque la que mejor se encontraba físicamente era la mayor de las amigas, Joaquina. Prueba de su agilidad era que días antes había bailado jotas durante toda una noche en las fiestas de San Miguel y tenía previsto hacer lo mismo en las celebraciones en honor de la Virgen del Rosario, el fin de semana siguiente. Pero no pudo ser.

El peligro de un animal «entero»

Cuando estaban en las inmediaciones de la vía del tren, pasadas las siete, un ruido seco les llamó la atención. Miraron hacia atrás y vieron un burro suelto con una cadena atada al cuello caminando por el empedrado sobre el que se asientan los raíles. Cundió el pavor entre las mujeres. Sabían que el animal, un semental que pasta en una finca cercana rodeada de un vallado destartalado y sin otra medida de seguridad, había protagonizado altercados violentos con otros vecinos. Sabían que era muy agresivo por no estar castrado: en dos palabras, un burro «entero», como se les conoce en los pueblos, que antiguamente se empleaban como animales de carga por su fuerza desmedida.

No hacía mucho tiempo, el pasado verano, una joven que iba a trabajar se vio sorprendida en este mismo paraje por la bestia, de la que pudo huir después de saltar de oliva en oliva durante una hora. Aunque parezca increíble, así lo cuenta María del Rosario.

Pero su madre no iba a tener tanta suerte. Joaquina y sus amigas intentaron buscar un lugar donde cobijarse. «¡Joaquina, corre tú, que yo no puedo!», espetó Marina a su amiga. No era fácil hallar un escondrijo en medio del campo. Marina lo intentó, pero cayó en una zanja y sufrió un esguince en un pie. Aunque lo peor estaba por llegar. Mientras las otras dos amigas huían hacia el pueblo con paso lento, Marina fue testigo -todavía sueña con ello- de cómo el borrico derribó a Joaquina cuando corría para subir a una oliva cercana. Inoportunamente, la cadena de la bestia se enroscó en el cuerpo de la anciana por la cintura y la inmovilizó, con lo que Joaquina se quedó a merced del animal, que la emprendió a dentelladas y a coces. El bicho estaba fuera de sí. El ataque duró unos interminables minutos, casi una eternidad, hasta que unos jóvenes que se encontraban en un parque próximo, a tres minutos andando del lugar donde Joaquina estaba a punto de perder la vida, escucharon los rebuznos y pensaron que el animal se había escapado, como en otras tantas ocasiones. A pesar de sus denodados esfuerzos por espantar al fiero animal tirándole de cualquier parte del cuerpo, sólo lo consiguieron cuando a alguien se le ocurrió darle un fuerte golpe con una piedra entre las orejas.

«Hija, esto ha sido un milagro»

Joaquina, malherida y sangrando abundantemente sobre todo por la cabeza, fue evacuada al hospital de Talavera, donde ingresó a las 19.48 y en cuyo servicio de urgencias permaneció dos días ingresadas hasta que fue trasladada a planta. «Allí nadie se podía creer que un burro podía haber causado tanto daños. Yo tampoco me lo había imaginado nunca que podía pasar algo así hasta que vi a mi madre», recuerda María del Rosario.

La anciana salió del centro sanitario seis días después, la víspera de la Virgen del Pilar, y ahora está en casa junto a su marido, Ángel (también de 86 años), y sus hijos, que se han trasladado temporalmente desde Madrid al pueblo hasta que su madre mejore. «Hija, esto ha sido un milagro», repite Joaquina, una mujer con fuertes convicciones religiosas. «A mi madre lo que le ha salvado es su fortaleza física», replica su hija Rosario.