Antonio Zárate Martín

El archipiélago de Toledo y su área urbana

Reflexiones para electores y elegidos

Antonio Zárate Martín
GeógrafoActualizado:

Desde mediados del siglo pasado, la ciudad de Toledo ha doblado su población y multiplicado por ocho su superficie, como resultado de un crecimiento impulsado por la creación del polígono industrial en los años 60, la capitalidad regional, la proximidad de la aglomeración madrileña y la inmigración extranjera. Sin embargo, esa expansión no se ha producido en mancha de aceite sino con barrios alejados entre sí, a modo de archipiélago, con más de 10 kilómetros entre el Polígono y Valparaiso, debido a circunstancias muy variadas, entre ellas la necesidad de conservar vestigios arqueológicos y bienes de interés cultural extramuros, y la obligación de respetar normas de protección del paisaje, desde la declaración de Toledo como conjunto histórico artístico en 1940 a las directrices de la Dirección General de Bellas Artes de 1968, la calificación de Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1986, el Plan Especial del CH de 1997 y la declaración de Ciudad de Valor Universal Excepcional de 2013, sin olvidar la Convención del Paisaje Europeo. Pero esa dispersión de barrios también ha sido consecuencia de decisiones municipales, intereses especulativos y suelos de uso militar.

Además, a partir de 1980, muchos habitantes de la ciudad empezaron a trasladarse a urbanizaciones de pueblos del entorno, con precios más bajos del suelo y modelos de baja densidad residencial, lo que explica casos como Cobisa, con un aumento de población de 1.382 sobre el índice 100 en 1950 o de Argés con 1.179 en el mismo periodo, muy superior a Toledo, 202 sobre 100. Las medidas liberalizadoras de la Ley Estatal del Suelo de 1997 y la LOTAU de Castilla La Mancha (Ley 2/1998, de 4 de junio), y posteriores modificaciones, estimularon la carrera de los ayuntamientos para crear suelo urbano, en gran medida como fórmula de financiación. Así, Toledo ya no es sólo un «archipiélago urbano», con un centro histórico abandonado a los intereses del turismo, sino un área funcional o metropolitana extensa de 130.446 habitantes, sin reconocimiento oficial, pero experimentada a diario por los que viven y trabajan en ella.

Los problemas de movilidad, de abastecimiento de agua y energía, la evacuación de residuos, el tratamiento de aguas, el acceso a la vivienda, la calidad del aire, los espacios verdes, incluso el turismo, desbordan el ámbito municipal y exigen coordinación política. Ante estos hechos, cada municipio afronta sus problemas de manera aislada, sin coordinación ni posibilidad de corrección de desequilibrios. A su vez, el Ayuntamiento de Toledo tiene que responder a los costes que plantea la afluencia cotidiana a su interior de más del 35 % de la población del área metropolitana por razones laborales, de estudio, de ocio o de servicio, pero, en cambio, ignora las oportunidades para el desarrollo sostenible que esa realidad genera por razones de complementariedad. Por eso sorprende cómo nadie reclama el reconocimiento de una área metropolitana que, por lo pronto, podría justificar una mayor financiación desde los presupuestos del Estado al superar los 100.000 habitantes, y sorprende cómo no se plantea más alternativa a la dispersión que una compactación de barrios con la creación de otros, más aún cuando el crecimiento demográfico es ahora muy escaso, no se asegura el relevo generacional, hay suelo urbano sin edificar y están vacías más del 10% de las viviendas de Toledo y del 20 % en los pueblos. En ese contexto, sólo se comprende por motivos especulativos la construcción de 1.698 viviendas en la Vega Baja, en el Circo Romano y el Cristo de la Vega, según la Modificación 28 del PGMOU de 1986, en zonas arqueológicas y de protección de paisaje. ¿Cómo compaginar la ampliación del barrio de Santa Teresa y la Modificación 28 con un Plan Especial Vega Baja?, siempre prometido y que nunca llega. ¿Qué margen de actuación para ese Plan Especial con una senda ecológica que cruza el yacimiento arqueológico y la ampliación de Santa Teresa? ¿Y qué decir de la Modificación 29, con 5.300 viviendas para más de 11.000 personas en la Peraleda, un espacio protegido y de paisaje? Todos esos planes ponen ya en riesgo la declaración de Toledo como Ciudad Universal Excepcional por la UNESCO y abren el camino a la intervención del Estado para impedir el expolio del patrimonio.

Por otra parte, los vacíos ofrecen oportunidades de mejora medioambiental: nuevos parques y zonas verdes, agricultura urbana y huertos de ocio, con el ejemplo de otras ciudades y las recomendaciones de la Nueva Agenda urbana y los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2030. Todo eso beneficiaría la calidad del aire y la lucha contra el cambio climático, como se hace en Madrid, donde se naturalizan corredores urbanos a partir de la «Operación Río», o en Vitoria-Gasteiz, con su «anillo verde», decisivo para su elección como «European Green Capital» en 2012. De ese modo, la Peraleda recuperaría usos agrícolas y se podría haber propuesto otra ubicación menos perjudicial que la actual para el parque temático «Puy du Fou», que convertirá en suelo artificial más del 40% de su superficie, aparte del impacto medioambiental de 12.000 visitantes a diario, aunque eso habría requerido un compromiso inexistente en la práctica con la Transición Ecológica y la Estrategia de Desarrollo Urbano Sostenible e Integrado (EDUSI).

Por último, hay que recuperar el protagonismo del río a lo largo de la historia y en la organización de la ciudad, pues es el eje en torno al que se articulan barrios y vacíos, siguiendo su trazado longitudinal en sentido este-oeste. Esa recuperación pasa por garantizar su caudal ecológico, mejorar la calidad de sus aguas y sus riberas, para lo que es imprescindible el saneamiento del Jarama y de todos los vertidos desde Aranjuez, incluida la ampliación de la depuradora del polígono y construir otras. En vísperas de elecciones, la sociedad toledana espera propuestas para este modelo urbano disperso y hacerlo medioambientalmente sostenible. Los ciudadanos desean respuestas precisas sobre la Vega Baja, la Peraleda, el río, el Casco Histórico, la conexión de barrios y pueblos, la calidad de aire, las estrategias frente al cambio climático, la conservación y mejora del paisaje y del medioambiente, así como sobre la cultura, incluido el desparecido Museo de Arte Contemporáneo, y sus relaciones con el turismo. Sólo entonces estarán en condiciones de otorgar su confianza a unos u otros candidatos, a unas u otros opciones políticas, siempre con la ilusión de un territorio más solidario e inclusivo, comprometido con el medioambiente, el desarrollo sostenible, la cultura y los valores patrimoniales y paisajísticos que lo hacen único y no banal en el mundo.

POR ANTONIO ZÁRATE MARTÍNPOR ANTONIO ZÁRATE MARTÍN