Jacinto Guerrero junto a otros músicos toledanos en Venta de Aires en 1929. ABC

La Academia propondrá un homenaje al maestro Jacinto Guerrero

En la sesión que esta noche celebrará la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo su presidente, Félix del Valle y Díaz, propondrá a la docta corporación se rinda próximamente un homenaje al maestro Jacinto Guerrero. Fue este músico el mejor paladín de la zarzuela. Sus obras son sobradamente conocidas por todos los toledanos.

TOLEDO. Luis Moreno Nieto
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Las campanas de Toledo vibraron angustiadas cuando a Jacinto Guerrero se le paró el corazón en la madrugada del día 15 de septiembre de 1951. Días antes, el Ayuntamiento le había dedicado la calle de Trastamara cercana al Teatro de Rojas y veinticinco años después erigió en su honor un monumento en la Rosaleda del Paseo de Merchán.

Fue en los primeros de septiembre de aquel año cuando en el coliseo toledano, en cuya orquesta había tocado en sus años mozos, el maestro Guerrero correspondió al homenaje que le rendían sus paisanos, dirigiendo algunas de sus zarzuelas más renombradas; abandonó el atril para marchar enfermo al hotel Carlos V, minutos después de haber dirigido el himno a Toledo; una semana más tarde moría en Madrid; al año siguiente Toledo erigió su busto en el vestíbulo del teatro.

ANÉCDOTAS DEL COMPOSITOR

Fue Jacinto Guerrero el mejor paladín de la zarzuela. Sus obras son sobradamente conocidas de los toledanos. No lo son tanto algunas anécdotas del popular compositor. Uno de sus viejos amigos, Gómez Camarero escribió que cierto día hablábanle a Jacinto de un paisano suyo, casi un niño, que empezaba a aletear con precocidades líricas. Su padre, ilusionado, estaba dispuesto a sacrificarse por su afición pero decía que si no había de llegar a más que un Guerrero desde luego no se gastaba un céntimo con él.

Jacinto sonriendo repuso: «Sí, claro, es todavía un chaval, puede llegar a ser un Beethoven, pero ya se conformaría con llegar a tener una casa en la Gran Vía como yo». Esto de que el maestro Guerrero llegase a poseer una casa propia en la Gran Vía podía valorarse en todo su mérito, habiendo conocido la humilde casita del barrio de San Justo en la que vivió no pocos años; desde ella levantó el vuelo para probar fortuna en Madrid.

SEMBLANZA

Por aquel barrio y hasta posiblemente que en el mismo callejón que Jacinto vivió también Lope de Vega allá por el año 1604. «De no haber sacristanes en San Justo, nunca Madrid en su rincón me viera», declaraba Lope en «La Filomena». Sacristán de San Justo fue también Jacinto Guerrero como lo fue su hermano Inocencio.

Otro brillante periodista formado en Toledo, José Manuel Miner Otamendi recordó en una emotiva semblanza que Jacinto Guerrero tenía diez años cuando murió su padre. Fue entonces cuando se presentó a oposiciones para cubrir una plaza de seis en la Catedral de Toledo. Obtuvo una beca y cuando salió, ya cumplidos los dieciséis años, del Colegio de Infantes tocaba primorosamente el piano y el violín. Comenzó entonces su lucha por la vida porque estaban a su cuidado su madre y sus hermanos.

Ya en Madrid ganaba cuatro pesetas diarias de las que se reservaba la mitad para ganar su pensión de la Travesía del Horno de la Mata; el resto lo enviaba religiosamente a Toledo. Con ese dinero, más las dos mil pesetas con que la Diputación de Toledo pensionaba al futuro autor de «Los gavilanes» el vivir para la familia estaba asegurado. Los éxitos vinieron luego. Cuando ya se acreditó en Madrid, su popularidad subió como la espuma Jacinto Guerrero se complacía en evocar ante los periodistas que le entrevistaron millares de veces estas y otras anécdotas de su adolescencia orgulloso de su origen humilde y del cariño y de la admiración que siempre le tuvieron sus paisanos de Ajofrín y de Toledo