Alejandro sostiene una espada forjada en la Real Fábrica de Armas de Toledo hace más de 100 años, y que fue usada en la guerra de Filipinas (1898). Detrás, planos realizados a lápiz por él de la casa de Bailán para «El reino de los cielos» (2005)
Alejandro sostiene una espada forjada en la Real Fábrica de Armas de Toledo hace más de 100 años, y que fue usada en la guerra de Filipinas (1898). Detrás, planos realizados a lápiz por él de la casa de Bailán para «El reino de los cielos» (2005) - A. Pérez Herrera

Este hombre no mató a don Quijote

Alejandro Fernández, que derrochó imaginación en la última película de Terry Gilliam, acaba de finalizar su trabajo como director de arte en «Terminator 6»

«Soy un dinosaurio, un friqui, un mentiroso, puntilloso y un mercenario del arte»

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Alejandro Fernández (Madrid, 1970). Así, a secas, te deja frío. De golpe, podrías pensar en el cantante mexicano de rancheras. Pero no. Este Alejandro Fernández madrileño, aunque tiene su residencia fijada en Guadalajara (la de Castilla-La Mancha), no canta. Es una persona prolija que se dedica al cine. Ha seguido la estela que le ha surcado su padre, Benjamín Fernández, afamado director de arte o diseñador de producción, dependiendo del país (en pocas palabras, aquel que decide el aspecto que tendrán los escenarios de una película, la puesta en escena).

Por tanto, de tal palo, tal astilla. El laureado progenitor (74 años) ha trabajado para «Alien: el octavo pasajero» (1979), «Gladiator» (2000), «Los otros» (2001) o «Mar adentro» (2004), películas reconocidas en las que Alejandro también dejó su impronta. Pero este Fernández de 48 años, que no reniega de «ser hijo de», vuela solo desde hace mucho tiempo. Ha trabajado con directores como Ridley Scott y Alejandro Amenábar en varias películas; con Terry George, Terry Gilliam y en la última de Tim Miller, «Terminator 6», que será estrenada el 1 de noviembre.

Producida por James Cameron, Alejandro Fernández no puede hablar mucho de esta película con Arnold Schwarzenegger, en la que es su director de arte, por aquello de la confidencialidad. Pero sí suelta alguna pincelada relacionada con su trabajo en la cinta: «En el pantano de Entrepeñas y Buendía ambientamos el paso fronterizo que hay entre Estados Unidos y México, el paso de Río Grande. Y creamos en Almería una playa de Bolivia ambientada entre 1985-1990. Para eso te documentas muchísimo y le echas mucha imaginación».

Con solo 10 años

Inventiva también le echó, a toneladas, en su penúltima película, «El hombre que mató a don Quijote» (2018), de Terry Gilliam, nominada a cinco Premios Goya 2019. ¿Adivine quién aspira a ganar uno? En efecto, Benjamín Fernández, a la mejor dirección artística.

De su infancia, Alejandro recuerda a su padre siempre dibujando. «Cuando otros padres llevaban a los niños al fútbol o salían en bicicleta con ellos, mi padre me ponía al lado de su tablero de dibujo, me enseñaba lo que estaba haciendo y yo preguntaba. Esa relación ya me abrió la mente para mis diseños». Porque con tan solo 10 años leía muchos cómics y también los dibujaba.

El ordenador es muy frío, no da profundidad. Con el lápiz te acercas más a cómo va a quedar el decorado

Alejandro, que mamó el mundo del cine desde renacuajo, no pudo estudiar Arquitectura en la universidad por un par de décimas. Por eso escogió Geología, que le atrapó (aunque no terminó; le quedan algunas asignaturas del quinto curso). Aquel aprendizaje, sumado a sus conocimientos en diseño gráfico y diseño industrial, le ayudó a cimentar su formación para dedicarse al cine años más tarde.

En esa época universitaria (primeros años de la década de los 90), su padre trabajaba en Estados Unidos y era difícil, debido al visado, que el joven Álex, como le llaman en casa, se pudiera ir con él. Por entonces su padre ya era production designer (uno de los principales cargos en una película) en cine y en publicidad. Benjamín, creador de anuncios de Marlboro, trabajaba para directores como Tony Scott en películas como «Días de Trueno» (1990), «Revenge (La venganza)» (1990) o «Amor a quemarropa» (1993).

Su salto profesional llegó con «La fría luz del día» (2012)
Su salto profesional llegó con «La fría luz del día» (2012) - A. Pérez Herrera

Ambidextro, Alejandro se abrió paso en el cine como dibujante. Y lo hizo a lo grande: «Nostromo», la película que David Lean no pudo empezar a rodar porque murió en 1991; el proyecto fue cancelado. Pero luego le llegó la ocasión con «Gladiator»: «¡Imagínese mi grado de euforia e ilusión!», exclama Álex, a quien le habría fascinado trabajar con Stanley Kubrick —«’2001: Una odisea del espacio’ es una de mis favoritas».

Como director de arte, trabajó también en «La Promesa» (2016), «Altamira» (2016), «Éxodus, dioses y reyes» (2014), «Libertador» (2013) o «El consejero» (2013). Como asistente del director de arte —su padre en algunas películas— estuvo en «1898: Los últimos de Filipinas» (2016), «Alatriste» (2006), «El reino de los cielos» (2005), «Mar adentro» (2004), Carmen (2003) o «Los otros» (2001). Y firmó series de televisión reconocidas, como «La fuga» (2012) o «Rebelión en Polonia» (2001).

Términos anglosajones

Alejandro siempre utiliza términos en inglés cuando habla de su papel en una película, como art director o assistant art director, porque en el cine anglosajón esas figuras tienen una importancia mayor que en España: «En un montón de películas soy assistant art director en el mundo anglosajón, pero en España sería un ayudante de decoración. A los técnicos de cine no nos dice nada: ‘¿Ayudo al decorador, al ambientador?’ Se podría decir asistente del director de arte, pero no sale así en los créditos en España».

Pero, ¿qué es un art director? «Eres como un arquitecto, un constructor de imaginación, que extrapola la arquitectura civil a una arquitectura de cine, aunque desarrollamos unos proyectos que nada tienen que ver entre sí. Mi trabajo es desarrollar un diseño para un decorado en el que se puedan rodar páginas de un guión. Pero no solamente tú piensas en hacer un decorado. Hasta que toda la idea va cogiendo el foco que quieren todos los departamentos que participan en una película, se tiran muchísimos papeles a la papelera». Y reivindica a voces la figura del director de arte: «Es fundamental; debe hacer alguien las maquinaciones del director».

En España el cine es un arte casi artesanal, de bajos presupuestos pero con excelentes guiones

¿Y cómo es Alejandro Fernández, cuyo salto profesional llegó con «La fría luz del día» (2012)? «Soy un dinosaurio, un friqui, un mentiroso, puntilloso y un mercenario del arte porque trabajo para ganar dinero».

Por partes. «Me siento un dinosaurio porque yo sigo trabajando con el lápiz. Actualmente, los directores de arte de los últimos diez años no tienen los conocimientos ni las habilidades de gente como yo, que me dedico a esto desde 2002. Habilidades con el lápiz siempre son necesarias para hacer un boceto. Sí, saben muchísimo de programas de diseño por ordenador, pero ese nivel de definición que logras con el lapicero no lo puedes conseguir con una computadora. El ordenador es muy frío, no da profundidad. No podrás ver detalles finales como la textura o el nivel de las llagas en las piedras. Con el lápiz te acercas más a la realidad de cómo va a quedar el decorado de una película. Al final, ¿qué tiempo te ahorras con el ordenador? Depende de lo minucioso que seas».

La zarpa de un león

¿Es usted meticuloso? «Sí, me lo han llamado muchas veces. Fui muy ‘pijotero’ en la última de ‘Terminator’, en la que trabajé con grafiteros de la calle. Había que hacer un gratifi en el ‘muro’ de México con Estados Unidos, pero no cualquier gratifi. Y también estuve muy cuidadoso en ‘Altamira’. La cinta lo exigía». Tal es su grado de exigencia que ha llegado a documentarse para conocer el tamaño de la zarpa de un león para que el animal no pudiese sacar la pata por la jaula que construyó.

¿Por qué es un mentiroso, señor Fernández? «La gente del oficio nos llamamos así. Finamente, se podría decir un ‘constructor de imaginación’. Todo lo que construimos es falso. No fabricamos, un iglú, por ejemplo, para que te protejas del frío invernal en el círculo polar ártico, sino para que sea un decorado en el que se pueda meter una cámara para rodar una película. Luego intervienen otros departamentos, como los efectos especiales, que idearán algo para que, cuando tú respiras, salga vaho y tengas la sensación de que estás en un sitio que hace mucho frío».

¿Y por qué se considera un friqui? «He visto de todo lo que hay en cine de ciencia ficción; hasta las de serie Z, esas intragables, porque siempre puedes aprender. Y a la última película de 'Star Wars', Han Solo, fui disfrazado junto con mi hijo y mis sobrinos. Lo reconozco, soy un friqui, como mi esposa».

«Alien, el octavo pasajero»

Con ella, Abril Herrera, tiene horas de conversación sobre el cine de ciencia ficción y es un fiel apoyo a la hora de escudriñar ideas para los rodajes. Y los dos son capaces de reproducir diálogos de las películas de «La guerra de las galaxias». «Mi favorita es ‘Rogue One’», puntualiza Alejandro, quien desvela su película talismán: «’Alien, el octavo pasajero’. La he visto más de 80 veces, y no por que la hiciera mi padre. Fue la película que me metió en la cabeza todas esas historias de terror, ciencia ficción y naves espaciales. También ‘Blade Runner’, que me impactó muchísimo».

¿Qué destaca del cine español?

No veo mucho cine español, sigo el boca a boca y veo las realizaciones en las que han trabajado amigos del mundillo. Hay buenas y malas películas, como en Hollywood. Por desgracia, España no tiene una industria propiamente dicha como la que puede tener América o Inglaterra. En nuestro país es un arte casi artesanal, de bajos presupuestos pero con excelentes guiones. Allí son grandes sumas de dólares, pero con guiones tirando más hacia el beneficio fácil y a corto plazo. En España se pone mucho empeño y esfuerzo por parte de los técnicos para desarrollar proyectos con poco tiempo, menos personal y mayor dificultad, pero los resultados finales, en muchas ocasiones al menos te sorprenden. No lo tenemos fácil, eso es evidente, y tampoco podemos compararnos con Hollywood, pues se hacen las cosas de manera diferente.

Alejandro Fernández seguirá viendo una misma película al menos dos o tres veces, «me guste o no, porque de todo se aprende». Y lo hará, como siempre: con otros ojos distintos a los de los espectadores. «Mirando al fondo, fijándote en si se ha salido un tornillo...».