MOTU PROPRIO

PROA A MAYO DE 2011

Quedó, como el Plan Canarias, en el olvido. Lo que nunca se imaginaron es que se olvidaría tan pronto

BERNARDO SAGASTUME
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La semana empezó como él esperaba, pero termina de una manera que nada tiene que ver con lo que se figuraba el presidente regional, Paulino Rivero. Al fragor de un mitin, había lanzado esa advertencia en la que nadie con dos dedos de frente podía creer, la de «tumbar» los presupuestos del Estado. Primero, porque no estaba a su alcance; segundo, porque ya habían acordado todo con los socialistas en Madrid y al anuncio de la entonces vicepresidenta De la Vega de que la cosa ya era un hecho se sumaba que estaban ya hasta pactadas las ruedas de prensa en las que se darían a conocer los acuerdos.

De «históricos» los calificaron —demostrando lo poco que esa palabra significa hoy en labios de un político— y pusieron en marcha la campaña para hacer creer que merecía la pena fotografiarse con un valor tan a la baja como Zapatero. Una vez más, se hablaría de haber arrancado grandes compromisos —futuro de España y Canarias aparte, claro—, pero al tratarse de un gobierno y un presidente sin ninguna credibilidad, nada hace suponer que, como cualquier cosa que se trate con él, no acabe, como el Plan Canarias, en el olvido. Lo que nunca se imaginaron es que se olvidaría tan pronto.

Mientras se mareaban en el vértigo de la escena monclovita, José Manuel Soria confirmaba el aval de Mariano Rajoy para romper el pacto en Canarias. Resultado: menos de 24 horas después de la entente CC-PSOE para dar aire a Zapatero ya nadie hablaba de eso, sino de la marcha de los consejeros del PP. Conseguido el efecto. Que hubo disidentes con la marcha del gobierno no hay duda, y que lo expresaron en el comité ejecutivo reunido en Tenerife, tampoco —buena nota de estas discusiones deberían tomar quienes creen que Soria hace y deshace a su antojo en el PP canario—, pero los reparos estaban relacionados menos con el hecho en sí que con cuestiones menores, si como tales puede calificarse la pérdida de sus sueldos de tantos militantes y familiares. Menores siempre y cuando se entienda la estrategia política como el principal eje sobre el que debe girar la acción de un partido. Que no siempre es así.

La ruptura no por repetida en otras ocasiones era esperada y cogió por sorpresa a Rivero, que contrariamente a lo que reclamaban en su partido, aceptó la propuesta de Soria de terminar de aprobar el proyecto de ley de presupuestos. Se vivió entonces una situación extravagante, de las que quedarán en el recuerdo de la crónica política, con un consejero en retirada que diseña la ley principal, que se sienta en su escaño azul y que, incluso, mantiene su agenda de actividades institucionales.

Sea por no ofrecer a su ex socio la posibilidad de mostrarse como víctima o sea, simplemente, porque no sabía qué hacer, Rivero aceptó la interinidad de los consejeros del PP durante cuatro días, un tiempo extra en el que los aspirantes a la sucesión florecieron sin descanso. A lo complejo que resulta siempre repartir cargos en Canarias —y más en CC—, se sumaba la crisis económica, que llevaba a ver en los pocos meses que quedan de legislatura una alternativa apetitosa a la de seguir en las listas del paro.

A todo esto, Soria se despedía de su cargo en un programa de debate en la televisión pública canaria, esa misma en la que sus diputados ven un trato discriminatorio y que solo busca potenciar la figura del presidente regional. Ante la fotografía de su ex compañero de pacto, solo dijo una palabra, «Zapatero», lo que no por espontáneo deja de traslucir el más fuerte de los motivos para la ruptura, que es a la vez la pieza fundamental del argumentario del PP de aquí hasta las elecciones: Zapatero lleva a España y a Canarias a la ruina y merece sin dudas el voto de castigo. También quienes lo apoyan. A partir de ahora, el PP buscará cada vez con menos disimulo que cada ataque a Zapatero sea también un ataque a Rivero.

Si bien no le falta lógica a la crítica a Soria por el evidente sesgo electoral de su decisión, lo de Rivero de ayer no le va en zaga. El nombramiento de los que serán los tres candidatos de CC en Gran Canaria —Bañolas al Cabildo, Julios al Parlamento y Rodríguez al Ayuntamiento— demuestra su confianza en la potencia del aparato propagandístico gubernamental, que estima será capaz de la hazaña de frenar la debacle de sus siglas en la isla. No tener siquiera un concejal en la ciudad más poblada del Archipiélago y apenas un consejero en el segundo Cabildo más importante no parece ser una representación digna y adecuada para el partido que gobierna sin interrupción en las Islas desde hace tantos años.