EL CLUB DE LOS PINGÜINOS

Verano de 1989

La calle de Puerto Escondido que en realidad debe su nombre a un cuartelillo de la Guardia Civil

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Los días cálidos del verano evocaban los campos de las medianías donde las espigas de trigo amarilleaban al sol. Por eso nos fuimos a Tegueste y sobre la marcha, en una muy tranquila Casa Manolo se constituyó el Capítulo de los Pingüinos para celebrar la estación. Hubo que lamentar en esta ocasión la ausencia de Mason, quien no pudo llegar a tiempo y la de Facundo, entregado a sus trapicheos con los belillos a cuenta de las horquetas para la vid (Facundo se te concede un voto de indulgencia si, una vez degustado el vino nuevo, su calidad merece el favor de los entendidos). No podemos hacer mención de cuanta cosa agradable compuso el menú del día; ello es que los señores pingüinos sin reboso alguno hablaron, comieron, rieron y bebieron (por un orden algo similar) y no cantaron. La paz del lugar quedó asegurada. Y en cuanto al desarrollo de la sesión, estos fueron algunos de sus momentos.

Para la próxima reunión se mencionan los nombres de Cuesta de la Villa, Cueva Caprichosa, Bar Alegría, Casa Manolo de Gallo, El Pino Gumira (de Laureano y su mujer Juanita, antiguos sirvientes de Mr Bellamy), las Bochas, las Rebochas y las Contrabochas. Aparecen en la conversación referencias del antiguo Santa Cruz: la calle de Puerto Escondido que en realidad debe su nombre a que existía en ella un cuartelillo de la Guardia Civil y así era el puesto escondido de la Guardia Civil, el callejón del Judío y el mítico e impresionante Baobab cuya pérdida lamentaron muchos.

Vino luego a colación aquella novela «La española inglesa» que redactaron a escote todos aquellos geniales borrachines: Crosita, Gil Roldán, Maffiote... (un capítulo cada uno). Aparece después Gil Roldán y la carta que dirigió a Felipe Sassone al «Bar el Guanche», en Las Palmas, contestándole, a su vez, entonces, Felipe Sassone, a la dirección «Ramón Gil Roldán, cualquier taberna. Santa Cruz de Tenerife». Y la carta le llegó.

Se recordaron también las antiguas costumbres populares de las vísperas de San Juan, cuando por la noche quedaban los papelitos en remojo. Y luego otro salto atrás al Renacimiento Italiano para recordar los tiempos en que Leonardo Da Vinci era jefe de cocina de Ludovico Sforza el Moro (que han puesto de actualidad con una reciente publicación). Se habló de alguna de las innovaciones introducidas por Leonardo: la presencia de conejos en la mesa para limpiarse las manos; la invención de la tapadera, de los cucharones, de la máquina para fabricar espaguetis, del tenedor de tres y cuatro púas...

Y un consejo general: si la violación es inminente, relájese y goce. Se contaba de aquel obispo lagunero, nuestro querido prelado que en una ocasión se entretenía en el Obispado en hacer crucigramas y, llegado a un punto, hubo de preguntarle a algunos de los vicarios presentes: ¿Cómo se llama una parte de la mujer, con cuatro letras, que tiene pelos y termina en «oño»? Y le contesta el vicario: (y que se nos perdone este atrevimiento, de cuya veracidad no hay garantías) «Moño». Y, entonces, el señor obispo dice: ¡Claro! Pásame la goma de borrar.

Y con estas y otras agradables disquisiciones transcurrió el tiempo apaciblemente hasta que sonó la hora del retorno y cada uno, con sentimiento, hubo de tomar el camino de su casa ¡antes de convertirse en ratones!