FARIÓN DE AFUERA

Lecciones de historia

La entrada dedicada al general Franco resume ejemplarmente cómo es imposible ser un historiador objetivo

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Lo primero que uno debe saber cuando se acerca a la historia es que necesariamente carece de objetividad. Tal que el ejercicio del periodismo, no es una disciplina que admita la escritura desde la asepsia absoluta, tanto porque analiza, cuando no enjuicia, hechos sujetos a tantas miradas como curiosos la proyectan como porque las más de las veces, quienes se acercan a esto o aquello nunca fueron testigos de primera mano. Y si lo fueron, al cabo, lo fueron de una pequeñísima parte de un todo imposible de asir por uno mismo.

Puede que por eso, a Dios gracias, la historia de un tiempo o de un personaje determinado nunca se termina de escribir. Cada época posterior proyecta una luz distinta sobre lo estudiado y cada cual que se presta a esta apasionante tarea lo hace condicionado por su formación y, como no puede ser de otra manera, por sus prejuicios. Otra cosa es que del historiador cabe esperar la honestidad y el rigor suficientes para que el resultado de su trabajo no caiga en la categoría del panegírico, la propaganda o la visión sesgada sobre actos o actuaciones sobre los que pesa una calificación común fuera de cualquier duda razonada.

La Real Academia de la Historia presentó la semana pasada la primera parte del Diccionario Biográfico Español, 25 de 50 tomos de una enciclopedia que pretende reunir en un compendio, majestuoso en cuanto su tamaño, la semblanza de más de 5.000 personajes con alguna dosis de influencia en la vida secular de nuestro país. El empeño, muy loable en cuanto llena un vacío y colosal de acuerdo a la magnitud de la tarea y a los fondos empleados (6,4 millones de euros del erario, entre otros), ha arrancado en público con un mal pie inesperado, pero previsible viendo algunas autorías. La entrada dedicada al general Franco resume ejemplarmente cómo es imposible ser un historiador objetivo y, lo que realmente es peor, cómo uno se puede alejar de la honestidad deseada para caer en una indeseable propensión a hacer pasar churras por merinas o galgos por podencos.

La tal cita al jefe del Estado entre la II República y la monarquía contemporánea se habría acercado mucho a un texto comúnmente aceptado de no evitar el término dictador o de haber convenido que el régimen instaurado por sí fue totalitario (en cuanto canalizó cualquier aspiración de hacer política fuera del Movimiento) amén, como se indica, de autoritario. Sobre esto último ya discreparon sus mismos conmilitones y los propios supervivientes de la Falange sobre la que Franco, con un adelantado sentido del marketing político, se inventó su modelo de estado. Sobre lo de si fue un dictador o no, «por sus hechos les conoceréis». Sentada la torpeza de la Academia dejando en manos de un franquista reconocido la semblanza del mismo Franco o calificando como dictador a Juan Negrín —cuando debiera tratársele como rehén de la dictadura obrerista y el estado imposible en el que se convirtió la República tras el golpe del 36—, ya tenemos materia para discutir unos meses más sobre la validez de una obra a la que supongo un valor si no se toma la parte por el todo para desacreditarla.

Quiero pensar que entre los miles de redactores de este diccionario enciclopédico (entre los que hay notables ausencias a priori inexplicables) abruman los honestos y escasean los miopes. Si así fuera, lo de Franco o Negrín serían patinazos revisables sencillos de corregir, no para dar con una versión amable del personaje como justa (con luces y sombras) de su trayectoria.

Entre tanto, tengo para mí que el dichoso revisionismo (también de este lado de la pretendida «objetividad») se ha instalado en una institución de la que, entre tanta visión maniquea de las cosas, uno espera sólo el espíritu crítico de una academia que haga honor a esa denominación.