Una chica canaria que leía «El sol»
Canarias en la Hemeroteca de ABC. Las páginas del 13 de enero de 1988 anunciaban un ciclo de «acercamiento a la cultura canaria» en el Ateneo de Madrid. Entre otras personalidades estaba la propia María Rosa Alonso, «aquella misma chica que, 55 años antes, pisara por primera vez Madrid». http://hemeroteca.abc.es/
HOJAS DE ANTAÑO

Una chica canaria que leía «El sol»

«A Ortega y Gasset iba a oírlo quien quería; en aquella Facultad uno se sentía persona y si quería aprender y enterarse, aprendía y se enteraba»

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En 1933, con la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid recién inaugurada, en plena efervescencia republicana, pisa por vez primera la capital de España una jovencita María Rosa Alonso. Comenzaba sus estudios de Filología Moderna, sección de la carrera en la que años después se licenciara y doctorara. En aquella Facultad se concentraba lo más granado del panorama intelectual de la época. Fue alumna, entre otros, de Américo Castro, Pedro Salinas o Millares Carlo. Pero la figura que más brillaba era, sin duda, la de José Ortega y Gasset. Bien lo sabía la canaria, que ya se las apañaba para leer el gran periódico «El Sol» en sus años de bachillerato en La Laguna. «El Sol» era un rotativo fundado por el empresario Urgoiti y con el propio Ortega como pilar básico, que contaba con las mejores plumas del país y cuyo primer editorial venía firmado por el sello inconfundible del gran Mariano de Cavia, uno de los plumillas más importantes de la Historia de España y célebre columnista de este mismo periódico. Sin cumplir los 20 años, María Rosa leyó, recortó y coleccionó obras del filósofo como «La Rebelión de las masas», ya que Ortega publicó varias de sus obras a través de la prensa. Resulta refrescante leer a Alonso en el recuerdo a su maestro: «En mi Isla lo leíamos un puñado de jóvenes no muy numeroso, pero lo leíamos con admiración rotunda. No creo que las generaciones posteriores a la mía hayan tenido la fortuna de saber admirar y respetar a un maestro así». Pese a no estar matriculada en sus clases, acudió como oyente. «A Ortega iba a oírlo quien quería; en aquella Facultad uno se sentía persona y si quería aprender y enterarse, aprendía y se enteraba». Y añade que «Ortega hablaba exactamente igual a como escribía … Tenía un rostro de senador romano…, una mirada aguda y penetrante … porque Ortega, como gran actor, representaba la peripecia dramática en los tres actos de su Filosofía».

Recuerda María Rosa con emoción su primer contacto con las tierras castellanas: «Aprendí a entender Castilla con Ortega… no es esta la ocasión de expresar lo que el habitante de una tierra pequeña siente en la tierra ancha que traduce en mares de llanura… este sabor de vida trágica, típicamente castellano, era algo duro contra lo que tropezaba una joven de alma atlántica que aprendía a enterarse de que aquellos eran campos “tan tristes que tienen alma”», escribió al hilo de una excursión que el filósofo organizó con sus alumnos en 1934. Recuerda la escritora con cariño que, para muchos de sus compañeros de Facultad, ella era «una chica canaria que leía El Sol». Y así se formaba la jovencita escritora por las calles de Madrid «hasta junio de 1936 seguí asistiendo con entera asiduidad a los cursos de Ortega y oyéndolo». Recuerda que tuvo que visitarlo en el despacho de su «Revista de Occidente» porque «mis paisanos querían que Ortega interviniera en unos actos que organizaba el naciente Ateneo de Santa Cruz de Tenerife». Pero los nubarrones negros de julio de ese año, los mismos que anticipaban varias décadas cancerígenas en la evolución del país, finiquitaron los vueltos altos de aquella Facultad: «La guerra civil había acabado con un tipo de vida irrepetible, con un estilo liberal y tolerante de vida de los menos, cierto es, pero de unos menos que jamás sospecharíamos cómo la jauría de los más… despedazara la piel física y moral de los sometidos», dice María Rosa. Brillante, valiente y humilde. La relación de María Rosa Alonso con Ortega desprende ternura, respeto y admiración. Por eso me decidí a recordar su palabra. ABC anunciaba, en noviembre de 1988, un ciclo de «acercamiento a la cultura canaria» en el Ateneo de Madrid. Entre otras personalidades, evidentemente, estaba María Rosa Alonso, aquella misma chica que, 55 años antes, pisara Madrid por primera vez. La misma muchacha canaria que leía «El Sol».