Las secuelas invisibles de las llamas

AYOZE GARCÍA/CE CASTROLAS PALMAS/SANTA CRUZ. Tres meses después del comienzo de los incendios del pasado verano en La Gomera, Gran Canaria y Tenerife, comienzan a reverdecer algunas de las zonas

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AYOZE GARCÍA/CE CASTRO

LAS PALMAS/SANTA CRUZ. Tres meses después del comienzo de los incendios del pasado verano en La Gomera, Gran Canaria y Tenerife, comienzan a reverdecer algunas de las zonas arrasadas por el fuego, en parte gracias a la proverbial capacidad del pino canario para regenerarse. Al mismo tiempo, las diferentes administraciones (cabildos, Ejecutivo regional y Gobierno central) han puesto en marcha sus respectivos programas de ayuda para compensar a los afectados por las pérdidas materiales que sufrieron.

Pero las llamas también causaron a algunas de esas personas un daño mucho más difícil de percibir o de cuantificar en cifras: la angustia, la incertidumbre y el estrés que experimentaron, en mayor o menor grado. Requirieron, en ocasiones, de la intervención de psicólogos, que en casos aislados todavía hoy trabajan con el fin de atenuar el dolor causado por esta catástrofe.

«Atención inmediata»

Julia Umpiérrez, concejala de Servicios Sociales de San Bartolomé de Tirajana (uno de los municipios grancanarios más afectados), relata que ante la llegada del fuego se instalaron tres dispositivos en diversas zonas integrados por psicólogos y trabajadores sociales que se ocupaban de las personas evacuadas que iban llegando, «unas cuatrocientas en total, que recibieron atención inmediata de acuerdo a sus necesidades». Habían sido trasladadas allí para protegerlas de las llamas que en aquel momento se cebaban con sus viviendas y posesiones.

Las instalaciones municipales (las casas de la cultura en San Fernando y El Pajar, el aula de la naturaleza en Las Tederas) acogieron a los vecinos, algunos de los cuales no pudieron regresar a sus hogares hasta tres días después: «No sabían lo que se iban a encontrar, y eso incrementaba su ansiedad», explica la concejala.

Siempre que era posible, los técnicos de San Bartolomé comunicaban a los psicólogos el estado en que se encontraban las diferentes casas, de modo que pudieran preparar a sus pacientes con antelación. Y, una vez extinguido el incendio, el equipo de seis psicólogos municipales realizó un seguimiento para determinar qué personas requerían una atención más prolongada. Así, su campo de acción se redujo a diez familias, tres de las cuales siguen a fecha de hoy recibiendo periódicamente la visita de los servicios psicológicos. Umpiérrez aclara que «se trata de gente que ha perdido su casa, y de personas mayores que quedaron muy impactadas con todo lo sucedido».

También en Mogán actuaron psicólogos municipales, aunque desde el Ayuntamiento se elude hacer cualquier manifestación sobre el tema. En La Aldea de San Nicolás, en cambio, el principal damnificado fue el espacio natural, según comentan desde el Consistorio, aunque una noche hubo que desalojar a algunos vecinos de Tasarte.

Allí no hizo falta prestar atención psicológica, aunque la Cruz Roja «estaba pendiente por si acaso». Sin embargo, el avance del fuego sobre el paisaje «generó rabia e impotencia» entre la población, y aún hoy se puede palpar en el ambiente: «Se ve que hay gente que arrastra una carga emocional muy fuerte», relatan en el Ayuntamiento. La Cruz Roja sí prestó atención psicológica en Tejeda, donde se originó el incendio.

Desalojos

Las llamas también asolaron los montes de la isla de Tenerife. No fue hasta la madrugada del día 2 de agosto cuando el fuego se dio por controlado, después de cuatro días muy intensos en los que todo se confabuló a favor del incendio. Al final, diez municipios se vieron afectados y la catástrofe alcanzó un perímetro de 78,2 kilómetros.

Un contingente de más de mil personas participó en las labores de extinción y fueron necesarios doce helicópteros, tres hidroaviones, así como vehículos disuasorios, vamtac (vehículos de alta movilidad táctica), URO-Unimog, vehículos nodriza, autobombas y camiones autobomba.

La virulencia de las llamas obligó a desalojar a unas 7.500 personas. Cada una de ellas tuvo que dejar tras de sí todo y salir huyendo de su casa. Al final, sólo hubo que lamentar daños materiales. La labor de atender a los desalojados esas noches de máxima tensión estuvo en manos de los distintos ayuntamientos, coordinados por el Cabildo.

En prácticamente todos los municipios se vivieron experiencias similares. Así, por ejemplo, la concejal de Asuntos Sociales del Ayuntamiento de Icod de Los Vinos, Lourdes Tosco, explica a este periódico que «alrededor de unas doscientas personas tuvieron que ser trasladadas al Pabellón Leonardo Rodríguez García», muchas llegadas desde otras localidades.

Allí, los voluntarios de la Cruz Roja dividieron el espacio en dos zonas, un área de descanso en la que se instalaron camas plegables y otra en la que se colocaron mesas y sillas. También se contó con la colaboración de los miembros de la Escuela Hogar de Icod.

Una parte fundamental de este despliegue estuvo protagonizado por el equipo psicológico que se ocupó de los desalojados. Juan Manuel Barroso, psicólogo municipal, señala que la situación en ningún momento hizo necesaria la intervención: «Estábamos allí para conseguir que sintiesen que tenían un lugar en el que estar». Por contra, se dieron casos de personas que se resistían a abandonar sus casas «porque la situación era fuerte». Se produjeron crisis nerviosas lógicas ante el temor de ver sus viviendas destruidas, añade.

El psicólogo municipal dejó claro que un atenuante fue el hecho de que «nunca se temió por la vida de nadie», y las máximas dolencias tenían que ver con el «haber respirado humo». «Se trataba de escuchar y de estar ahí, y dentro de lo posible tranquilizarlos», resume.

En este sentido, el experto ahonda en la cuestión, al especificar que la intención fue la de «prestarles atención para que pudieran vivir el drama lo mejor posible, tras haber pasado dos noches muy fuertes», recuerda ahora.

Asimismo, el psicólogo indica que, aunque él estuvo en el pabellón municipal de Icod de Los Vinos, compañeros de la zona norte de Tenerife le han confirmado que los principales problemas en cuanto al trabajo psicológico con los afectados se dieron en el área conocida como la isla baja, que comprende las localidades de Garachico, Buenavista del Norte, El Tanque y Los Silos.

«La gente con mayores síntomas estuvo ahí, tenían alterado el sistema nervioso y hubo equipos que tuvieron que desplazarse hasta las casas. Hubo quienes se resistían a salir de sus casas y bajar a las calles», añade Barroso.