confieso que he pensado

Golfos

La organización política de la que forma parte no sólo apoya su continuidad, sino que se atreve a poner en tela de juicio la validez de la decisión judicial

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Hace años que circula entre la ciudadanía un simpático chascarrillo capaz de reflejar con contundencia, en una sola frase, los derroteros por los que se ha aventurada la casta política: «Hay que hacer todo lo posible por quitar a esos golfos... y poner a los nuestros». Tal enunciado, no carente de gracia, tampoco de una pizca de exageración, aunque sólo una pizca, adquiere carta de naturaleza con casos tan caricaturescos como el del alcalde de Arona, José Alberto González Reverón, quien, pese a haber sido declarado culpable de realizar varias contrataciones ilegales, y por ello inhabilitado durante cuatro años y medio para ocupar cualquier cargo público, se apoya en su intención de recurrir el fallo para mantenerse asido a la poltrona. Para más inri, la organización política de la que forma parte no sólo apoya su continuidad, sino que se atreve a poner en tela de juicio la validez de la decisión judicial con un argumento de partida sólido: una supuesta falta de ecuanimidad en el trato a los diferentes acusados, pero irrisorio cuando uno se percata de que, probablemente por la solidez de las pruebas, evita negar la mayor, es decir, las malas prácticas del dirigente municipal, y se limita a criticar el hecho de que se atribuya la golfería a una sola de las partes.

O todos golfos, o ninguno, parecen insinuar los defensores a ultranza de quien, según la Justicia, ha obrado a espaldas de la ley. Acaso no reparen en que con dicha defensa, que con seguridad parte en mayor medida de un guión prefijado que de una convicción sobre la inocencia del reo, se convierten en cómplices de los desmanes cometidos. Conformes o disconformes con la actitud legalmente punible y éticamente reprochable del alcalde sureño, los dirigentes de su partido se sienten en la obligación de arroparlo y salir en pos de su salvación, como si hubieran olvidado que la perfección no deja de ser una utopía, que el mundo es como es en lugar de como querríamos que fuese y que garbanzos negros, haberlos, haylos. Y también que, una vez cocinados con el resto de los garbanzos, resulta harto complicado diferenciarlos.

Defender lo indefendible, ceñirse a los vericuetos del entramado legal para justificar la permanencia en su puesto de quien ha perdido el sustento moral necesario para representar a la ciudadanía, supone un paso más en el vilipendio del antaño noble arte de la política y el agrandamiento del abismo que separa a administradores y administrados, máxime cuando dicha costumbre, convertida en dogma, no entiende de siglas y da la razón a quienes opinan que golfos unos, golfos otros y golfos los de más allá.