Azaña otra vez

JOSE MIGUEL GALARZA
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El nuevo secretario general del PSOE en Canarias, José Miguel Pérez, apeló a la palabra de Manuel Azaña en su intervención final en el congreso que los socialistas isleños celebraron el último fin de semana. «Hay que recuperar la política con inicial mayúscula para la ciudadanía, como reclamaba Azaña», dijo el sucesor de López Aguilar, para empatar con el conocido discurso del ahora eurodiputado. «Lamentablemente, decir una cosa así en Canarias es revolucionario». El resto de la intervención de Pérez es más de lo mismo para una ocasión como la del domingo: el cambio es posible, hay que dar trabajo a los jóvenes, acabar con el mercadeo de votos en las Islas... cambien las siglas PSOE por PP, cambien Canarias por Andalucía cambien a Pérez por Javier Arenas y podría tratarse del segundo en un mitin en Punta Umbría.

Uno de los peores rasgos del lenguaje político -del lenguaje de las grandes ocasiones en general- es la necesidad de reducir el mensaje a frases con impacto, sentencias fáciles de procesar para un consumidor ávido de que le simplifiquemos hasta el exceso el menú, tan indispuesto como está a una segunda lectura sosegada y reflexiva. No en vano, los medios terminamos de alimentar este guión de frases hechas y lugares comunes para los nostálgicos de las izquierdas, las derechas, las banderas y los mitos.

En ese huerto baldío que suele ser el discurso de la clase política contemporánea, el fin de fiesta de una cita congresual de segunda categoría (por regional de un partido de ámbito nacional, entiéndase bien) no iba a reservarnos un texto para la historia, por más que Pérez tenga la condición de doctor en la materia y sea cosa cierta que su verbo no se alimenta con los perdigones y la mala educación de quien le antecedió.

Aunque parafraseando al líder de Izquierda Republicana, Pérez vendría en converger, siquiera involuntariamente, hacia la tercera España de la que tanto hablaron Ortega o Marañón. Azaña, al contrario que los anteriores, fue dos pasos más allá y pasó de la prédica a la práctica cuando se metió primero a diputado y luego a presidente del Consejo de Ministros y de la misma República. El legado de su obra de gobierno y, especialmente, de la literatura plasmada en sus diarios -sin «negro» que le escribiera y con discursos en las Cortes improvisados o recitados de memoria- es una muestra que adquiere un poso de dolorosa actualidad cuando más avanza esta España hacia la nadería de quienes la gobiernan y de quienes opositan a su gobierno.

El recurso a Azaña de Pérez podría ser entendido como un guiño hacia una forma de hacer política distinta si no estuviera mayormente salpimentado por la fraseología oficial de un partido que donde no gestiona transmuta -como todos sus iguales, bien es verdad- en una aburridísima letanía de tópicos izquierda-derecha, buenos-malos, ricos-pobres, golfos-honrados, egoístas-solidarios, conservadores-progresistas. Un mundo a dos tintas donde no valen matices y menos la autocrítica. Un escenario de ataques y respuestas de contenido tan previsible que se entiende por qué la política está tan alejada del menú diario de preocupaciones de esa ciudadanía a la que se dirige José Miguel Pérez.

El recurso a la palabra de Azaña, me temo, se recicla rápidamente cuando se le enmarca en el resto del parlamento de Pérez, salvo que con él recoja el testigo del casi siempre frustrado intento que hizo el presidente con el ala del PSOE que no consideraba la República como un régimen igual de malo que la monarquía. Habló también Azaña en tiempos de la II República de grandeza de miras y de colocar a la Constitución y al Estado por encima de los partidos. Justo lo que se echa de menos de unos años a acá, cuando la recomendable necesidad de pactar o transigir dio paso al mero compadreo de votos en sede parlamentaria que tanto denuestan quienes tanto lo practican. Unos y otros, no se olvide.