Cálculo y testosterona

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Democracia e incondicional son términos que no casan; que se repelen. No hay nada incondicional en un sistema democrático. Por tanto, tampoco los apoyos, salvo en situaciones excepcionales, que no son el caso. Mucho menos las adhesiones inquebrantables, que pertenecen al lenguaje de otros tiempos y otros regímenes. Los respaldos deben ser siempre críticos. Desde luego, en el caso del desafío de los controladores al Gobierno porque, superada la pleamar del caos provocado en el tráfico aéreo, sigue habiendo muchas preguntas sin respuestas satisfactorias. Las que conciernen, en especial, a la oportunidad del momento elegido, a la proporcionalidad de los medios utilizados y al tiempo perdido (o no suficientemente aprovechado) desde el último conflicto, en marzo pasado.

Sobre el desafortunado día escogido por el Consejo de Ministros para doblar el pulso a los chantajistas de las torres de control, prefiero pensar más en una falta de cálculo, o en un cálculo equivocado, que en un exceso de premeditación; o de alevosía. Encaja más con los antecedentes de este Gobierno, con su acreditada propensión a la improvisación y a la chapuza. En el decreto llevado a la mesa del Consejo por Blanco veo más testosterona que cerebro. Ahí están mis cojones, y a ver si se atreven. Y se atrevieron. Para los cientos de miles de pasajeros que se quedaron sin vacaciones, la autoridad del Gobierno no quedará reestablecida con una demostración de fuerza premeditadamente buscada. Tal vez haya sucedido lo contrario. Y lo mismo podría decirse de los millones de electores que, como muestran tercamente las encuestas, han abandonado ya a este PSOE.

Una última palabra sobre el electoralismo que se atribuye obsesivamente a la oposición, también ahora. ¿Es que el partido del Gobierno actúa por filantropía desinteresada? ¿Acaso no hay un cálculo político en todo este asunto desde el principio? ¿Y es eso malo?