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Pina de Ebro

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El caudal del Ebro comienza a descender

El caudal del Ebro comienza a descender

El caudal del Ebro ha comenzado a descender a su paso por Zaragoza y alcanza a primeras horas de la mañana 1.386,80 metros cúbicos por segundo y 4,12 metros de altura, según informa en su página web

El más grave desde 2001

El accidente de autobús ocurrido en Benalmádena (Málaga) en el que, hasta el momento, han muerto 9 personas y han resultado heridas graves 19, es el más grave de los registrados en vehículos de


Lagartijo, el torero predilecto de Barcelona

Lagartijo, el torero predilecto de Barcelona

A través de diversas lecturas saqué la conclusión de que fue el torero más artista de su época y lo que hasta entonces tenía perfil de lucha, inconscientemente él le imprimió un aire mimbreño, ágil y armonioso al moverse entre los toros, provocando singular belleza

Cuando el toro es amigo del hombre

Lejos de ser frecuente, constituye siempre una excepción que suscita el asombro y merece el comentario, cuando se indulta a un toro, animal profundamente xenófobo sin saber lo que la palabra significa, por su extrema docilidad.<br>Es el caso de dos astados bravos y nobles: Culebro y, sobre todo, el inolvidable Civilón<br><strong>BARCELONA. En la plaza antigua de la Barceloneta se le perdonó la vida al toro Culebro. Milagro inteligente de un animal que supo amoldarse a las circunstancias. Y, en la Monumental a Civilón, al que curó en el campo de una herida la hija del ganadero y que el buen público barcelonés pidió y obtuvo la gracia del indulto también.<br>El ya mencionado Culebro pertenecía a la vacada de don Andrés García que, anteriormente, había poseido don Cipriano Ferrer en Pina de Ebro (Zaragoza). A estos astados se les daba el nombre de los «Toros de la Campanilla». Culebro fue un toro célebre, como se verá en el transcurso de este relato, sobrante en una corrida en 1888. Durante su larga estancia en los corrales cuidábale el mayoral de la plaza de la Barceloneta Serafín Grego y Salisachs (Salerito) que tomó gran cariño al toro. Empezó acariciándolo. Le daba a comer hierba con la mano en el centro del corral y llegó a montarse sobre él. Todo aquello trascendió al público y se pensó que por las atenciones recibidas no serviría para la lidia.<br>Culebro fue destinado a ocupar el quinto lugar en la corrida del 1 de septiembre de 1889. Fueron los espadas de esta corrida José Centeno y el valenciano Julio Aparici (Fabrilo). Aquellos vaticinios quedaron desmentidos en absoluto. Culebro era retinto, carinegro y bien armado. Fue un animal codicioso, remató en tablas, recibió ocho puyazos de Melilla, Amaré y Veintiundit, dio tres caidas a los picadores y mató dos caballos. Comprobado el coraje de su pelea, el público empezó a pedir que se le perdonara la vida, a lo que accedió la presidencia.<br>Al aparecer los bueyes, Serafín no pudo dominarse y saltó al ruedo, impulsado por la emoción. Llamó a Culebro, éste le conoció, se fue a él despacio y al juntarse, alejados los bueyes, se dejó acariciar en medio del asombro de los espectadores que prorrumpieron en una gran ovación. El bravo animal fue conducido al corral, sin cabestros, siguiendo sólo, paso a paso, a su conocido protector.<br>Un tiempo después Serafín Grego marchó a América, componiendo parte de la cuadrilla de Tomás Parrondo, «el Manchao». Quiso ser torero pero es evidente que demostró más habilidad educando toros bravos, que lidiándolos.<br>La bella historia que paso a contarles es humana y sensible y en ella fue protagonista principal un toro y una niña. Los hechos trascendieron por toda la geografía española y más allá de nuestras fronteras.<br>En la dehesa salmantina de don Juan Cobaleda vivió la vaca Civilona. La Civilona tuvo cinco vástagos, bautizados, según costumbre, con derivados del nombre materno: Civilero, Civilito, Civil, Civilín y Civilón.<br>Y, un día y otro los vaqueros los privaron de la libertad del campo y fueron a plazas lejanas, cumpliendo la lucha secular de su raza contra el hombre. Los Civilones derribaban piqueros y destrozaban caballos. Eran de excepcional bravura y nobleza para los toreros.<br>Había muerto ya la Civilona. Juan Cobaleda vendió el último producto, a Civilón, para una novillada que iba a celebrarse en Valencia. Pero en una de sus frecuentes y encarnizadas peleas con los demás novillos resultó herido. Con una herida en el cuello que tardó dos largos meses en curar. Durante este tiempo le curaron los gañanes. La hija del ganadero, Carmelina Cobaleda, una niña de siete años, acompañaba con frecuencia a los vaqueros en esta tarea. Y empezó a familiarizarse con el toro.<br>Llegó el asombroso milagro. Terminada una de las curas al toro, Civilón pastaba a treinta o cuarenta metros de los gañanes. La niña le llamó: «Civilón, Civilón, ven aquí...» El toro levantó la cabeza. Miró fijamente a la niña, vestida de blanco. Al tiempo le advirtió un pastor: «¡Quítate de ahí, chiquilla; el toro se va a arrancar!» Carmelina inisitió en la llamada: «¡Pobrecito Civilón... Ven aquí para que te cure...»<br>Aquella tarde, entre las encinas del campo, se desarrolló un increible y alucinante espectáculo. El toro con cierta curiosidad en sus anchos y húmedos ojos se acercó hasta Carmelina, dejándose acariciar, mientras la niña le llamaba bonito, guapo... Después se dejó acariciar por los hermanitos de Carmelina, José, Mari y Luis, luego por el pastor y por cuantas personas llegaban, maravilladas y sorprendidas, hasta la ganadería.<br><strong>Un toro sociable<br></strong>Felipe Sassone dedicó una bella crónica a Civilón en «Blanco y Negro» bajo el título «Un toro sociable». Lo era. Y, aunque agresivo con sus compañeros en el campo, con el hombre se mostraba, eso, sociable.<br>Sassone se preguntaba sorprendido «¿por eso acaso le llamaron Civilón? He buscado y rebuscado lo que su nombre significa. En el Diccionario de la Lengua no viene la palabra Civilón. ¿Será un aumentativo de civil? Fuera demasiado pensar en las virtudes cívicas de un toro, pero ¿no querrá el mote de Civilón ponderar y exaltar las condiciones de civil, de sociable, urbano y atento?...»<br>A Civilón le había llegado su hora. Juan Cobaleda lo había vendido a don Pedro Balañá por 30.000 pesetas. Hasta la dehesa salmantina habían llegado cartas de todo el universo implorando misericordia para el buenazo de Civilón. Pero Civilón, según un magistral reportaje de Javier Sánchez-Ocaña caminaba hacia la muerte. «Entre hipos y suspiros -escribía- Carmelina repite con voz feble: «No quiero que se lo lleven, no quiero que se lo lleven»».<br>Anunciado para la corrida del 28 de junio de aquel 1936 que iban a torear Chicuelo, El Estudiante y Rafaelillo, salió en quinto lugar. Puesto en suerte El Gallego, se fue hacia él, sin vacilaciones Civilón, recibiendo un puyazo. Arreciaron entonces las protestas y así las cosas sacó el presidente el pañuelo verde. Aparecieron los cabestros y tras ellos marchó Civilón.<br>Civilón se había salvado de una muerte segura. Pero tres semanas después, al iniciarse el 18 de julio la guerra española, Civilón ya no regresaría al campo, sirviendo su carne para abstecer las necesidades de los milicianos.<br>Una historia muy humana, casi un cuento para niños, que terminaba de una manera estúpida. Una guerra comenzaba. Muy lejos de Barcelona, porque las distancias se hicieron grandes con trincheras y barricadas, una niña no pudo acariciar nunca más a su querido Civilón.<br>El toro de lidia, con Civilón, supo ser por primera vez en la historia, amigo del hombre.<br>

ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS Comentar