El monasterio de San Juan de la Peña, fundado como panteón real por Ramiro I de Aragón en el siglo XI
El monasterio de San Juan de la Peña, fundado como panteón real por Ramiro I de Aragón en el siglo XI - F. Simón
Historia y arte

Los monumentales sepulcros de la Casa Real aragonesa

Sus panteones han dado lugar a una ruta turístico-cultural con nombre propio. Historia y arte que brillan en el presente

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Durante siglos, los reyes de Aragón cuidaron hasta el último detalle sus propios ritos funerarios. La muerte y sucesión del rey era un momento socipolíticamente crucial y, en ocasiones, crítico. Esa relevancia del momento se reflejaba en el detallado ritual funerario que se seguía cuando tocaba llorar, velar y dar sepultura al rey que acababa de morir.

Esa liturgia religiosa -y política- que nutría el rito funerario en la Corona de Aragón se veía reforzada por la geografía sepulcral. Cada rey decidía dónde quería ser enterrado y dónde dar sepultura a sus allegados que morían. Las preferencias fueron cambiando con el paso de los años, a la par que el Reino de Aragón iba extendiendo sus dominios y, también, en respuesta a las preferencias sentimentales, religiosas y circunstanciales de quienes estaban en el trono.

Todo aquello dio lugar a una selecta lista de enclaves que han pasado a la historia por haber sido panteones de la realeza aragonesa. Son lugares emblemáticos, en los que se mezcla el simbolismo del poder terrenal, la vida contemplativa y el afán de los monarcas por ser recordados. Historia, arte y misticismo se entrelazan en estas sedes, cuyo valor patrimonial las han hecho merecedoras de una ruta turística y cultural con nombre propio, la de los Panteones Reales de Aragón.

En orden de antigüedad, el primero de esos panteones es el de San Juan de la Peña. Incrustado en el Pirineo, está rodeado por un entorno de gran valor medioambiental, el Paisaje Protegido de San Juan de la Peña. Al abrigo de una imponente mole rocosa, el primer rey de Aragón, Ramiro I, decidió que fuera allí donde se erigiera un monasterio en el que recibir sepultura. También allí fueron enterrados sus sucesores, Sancho Ramírez y Pedro I. Este bello enclave monástico fue construido a principios del siglo XI, cuando el Reino de Aragón acababa de fraguarse y emprendía su particular Reconquista cristiana hacia las tierras del Ebro.

A finales del siglo XI nació otro panteón real, en este caso específicamente femenino. Se trata del monasterio de Santa Cruz de la Serós, situado my cerca de San Juan de la Peña, en la misma comarca de la Jacetania. Allí recibió sepultura la condesa Doña Sancha, hermana del rey Sancho Ramírez y una influyente figura de la historia del Reino de Aragón. Su sarcófago, que actualmente se encuentra en el monasterio de las benedictinas de Jaca, es una valiosa pieza del arte románico español.

El monasterio de San Victorián -cercano a la bella localidad pirenaica de Aínsa- es otro de los nombres propios de esta ruta de los Panteones Reales. Este cenobio de raíces visigodas fue considerado tradicionalmente como el lugar de enterramiento de los que se conocieron como «reyes del Sobrarbe», uno de los viejos condados que conformaron el Reino de Aragón.

Restos del monaterio-fortaleza de Montearagón
Restos del monaterio-fortaleza de Montearagón - F. Simón

El convento y fortaleza de Montearagón, cerca de Huesca capital, se convirtió también en panteón real por decisión de Alfonso I el Batallador, que recibió sepultura allí tras morir sin descendencia -lo que desencadenó una grave crisis en el Reino aragonés-. Este castillo-abadía había sido fundado por el rey Sancho Ramírez en el año 1086.

Otros panteones reales de la Corona de Aragón fueron la iglesia oscense de San Pedro el Viejo, el convento de Sijena (Huesca), los monasterios tarraconenses de Poblet y Santes Creus. También la catedral de Barcelona, donde fue enterrada la reina Petronila, con la que el Reino de Aragón se convirtió en Corona: con ella, por la vía del matrimonio, Aragón incorporó a sus dominios los condados catalanes.

La tradición de los panteones reales aragoneses concluyó con Fernando el Católico, que decidió ser enterrado fuera de Aragón, en la catedral de Granada, para reposar allí junto a Isabel la Católica.