Javier Lambán

Fiesta Nacional: Día de «hacer país»

«Es evidente que la política catalana está inmersa en un proceso de degradación intelectual, moral y hasta estética impensable hace unos años»

Javier Lambán
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España celebra hoy su Fiesta Nacional. El 12 de octubre de 1492, con la llegada de Colón al Nuevo Mundo, nuestra lengua y nuestra cultura empezaron a adquirir dimensión universal, lo cual justifica sobradamente la elección de la fecha.

Pero la Fiesta de este año llega en un momento muy inquietante para nuestro país. El «contrato social» que dio origen hace cuatro décadas a una etapa de prosperidad razonablemente compartida saltó por los aires con la crisis y no se ha recompuesto. El otro gran «contrato», el constitucional, que ha propiciado un periodo de convivencia inédito en nuestra historia, está gravemente alterado por obra del separatismo catalán.

Entender esto último es imposible sin tener en cuenta el progresivo repliegue de las instituciones del Estado tolerado por los sucesivos gobiernos de Madrid y la confianza de los independentistas en que cualquier salida que se les ofrezca ahora supondrá un nuevo repliegue a cambio de nada, hasta el punto de que llegará un momento en que ya no quedará «estado» en Cataluña y la «desconexión» será un hecho.

Es evidente que la política catalana está inmersa en un proceso de degradación intelectual, moral y hasta estética impensable hace unos años. Lo es también que la sociedad está escindida y enfrentada, y no lo es menos que -frente a ello- los partidos constitucionalistas españoles están divididos, con un PP solo dispuesto al aprovechamiento ventajista e irresponsable del conflicto.

Pero hay algo aún más preocupante. Desde hace mucho tiempo, hemos desertado de la reivindicación de una idea de España capaz de seducir a todos y que todos podamos compartir. Si en Cataluña está aflorando la parte peor de sí misma, España en su conjunto es incapaz de responder al desafío con lo mejor del acervo de sus activos, que son muchos y muy valiosos.

Dan argumentos al separatismo los que identifican la unidad de España con el franquismo, consideran la Transición como una operación política fallida y partera de una democracia ilegítima, y siguen otorgando a los nacionalismos periféricos una superioridad moral de la que carecen.

Lo mismo puede reprocharse a los que propugnan desandar el camino constitucional con desconcertantes propuestas recentralizadoras o a los que, desde dentro, jalean con entusiasmo la famosa «leyenda negra» de nuestra historia ahora que los de fuera, sus originales inventores, están dispuestos a revisarla, caso de los holandeses con la muestra recientemente organizada por el Rijksmuseum de Amsterdan.

A la hora de defender la lengua española en Cataluña, ¿no pierde legitimidad un Estado que permite que la Real Academia Española desempeñe su altísima misión desde la más absoluta indigencia presupuestaria?

No podemos persuadir a nadie de que permanezca en una casa que ni a nosotros mismos parece gustarnos. Por eso, tengo la convicción de que no solventaremos el problema de Cataluña sin reivindicar activamente a España como el gran país que es. Sin reivindicar la tradición literaria más rica de la Humanidad, desde el Arcipreste o la Celestina a las generaciones del 98 o el 27, pasando por el Siglo de Oro con Cervantes a la cabeza, por Clarín, Galdós, Rosalía de Castro o Joan Maragall; la de Juan Luis Vives, Gracián, Unamuno u Ortega; la España que acuñó para el mundo el término liberal, la de Argüelles o Azaña; la de Servet, Cajal u Ochoa; la de Velázquez y Goya; la de la Institución Libre de Enseñanza o Menéndez Pelayo; la de la Residencia de Estudiantes de Buñuel, Lorca y Dalí, la de Camarón o Montserrat Caballé.

Sin reivindicar España como espacio único de ciudadanía, impensable sin Cataluña, e inviable ésta a su vez fuera de España, dada la red inextricable de nexos históricos, económicos, culturales y afectivos que nos unen; sin reivindicarla regida por una de las constituciones más avanzadas del mundo en materia de derechos y libertades; sin reivindicarla como una democracia de mejor calidad que la francesa, la belga o la británica; como un país de acreditada capacidad para el progreso social y económico cuando la política no yerra.

En definitiva, no habrá solución si no conseguimos cohesionar de una vez al país en torno a un verdadero patriotismo constitucional, en torno a una Constitución -reformada si es preciso- y a una idea de España compartida, de su historia y de su realidad presente.

A estas alturas, como ocurre en cualquier sociedad democrática, deberíamos aceptar sin ninguna reticencia que el Día de la Fiesta Nacional sea ocasión de proclamar nuestro orgullo de ser ciudadanos españoles y, en consecuencia, de renovar el compromiso político y cívico que entraña esa doble condición.

Pero, en las actuales circunstancias, eso implica además asumir que la reconstrucción de la unidad y de la cohesión es el principal desafío colectivo de nuestro tiempo, que concierne a todos los poderes públicos y a la sociedad en su conjunto y en el que Aragón, por su proximidad a Cataluña en todos los aspectos, tiene mucho que decir.

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