Atenas fue uno de los dominios de la Corona de Aragón durante la Edad Media
Atenas fue uno de los dominios de la Corona de Aragón durante la Edad Media - Efe
Historia

Cuando Aragón dominó el Mediterráneo: más de tres siglos de conquistas que llegaron hasta Atenas

Sicilia, Cerdeña, el Reino de Nápoles, los ducados de Atenas y Neopatria... Así se extendió Aragón por el Mare Nostrum

Actualizado:

Las raíces de la tierra aragonesa se hunden en los condados que nacieron tras la formación de la Marca Hispánica, creada por el Imperio Carolingio en el siglo VIII. Durante su decadencia, Ramiro I heredó en 1035 una de estas antiguas regiones: Aragón. Sucesor a sucesor, el trono recayó en el año 1104 sobre Alfonso I, más conocido como el Batallador. Soldado tan aguerrido como misógino -afirmaba que un guerrero verdadero debía pasar su tiempo con otros hombres, en lugar de con mujeres- no tuvo descendencia y dejó sus posesiones a las órdenes militares, lo que provocó un grave problema sucesorio.

Dicen que las situaciones desesperadas solo se solventan con medidas similares. Y eso es lo que ocurrió: se llamó al trono a su hermano, futuro Ramiro II el Monje, entonces obispo de Roda. Este dejó los hábitos y se dispuso a la noble tarea de engendrar un descendiente. Se podría decir que el resultado fue agridulce, ya que la que vino al mundo fue una niña: Petronila. A partir de ese momento, la mayor preocupación en tierras aragonesas fue buscarle un marido. El doctor en Historia Esteban Sarasa así lo afirma en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia: «Su vida estuvo consagrada a procurar la sucesión y buscar la alianza más conveniente a través del matrimonio». En principio se quiso casarla con el pretendiente de Castilla, pero el miedo a que el poder de Aragón se diluyera hizo que se apostara por Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona.

ABC
ABC

La prisa primaba y, cuando apenas había cumplido una primavera, Petronila fue entregada como esposa al noble, que sumaba ya veintitrés años. «Yo […] te doy a ti, Ramón, conde y marqués de Barcelona, a mi hija por esposa, con todo el reino de Aragón íntegramente», escribió Ramiro II. Los esponsales se ratificaron en una boda celebrada en 1150, cuando la niña cumplió los catorce años. Con todo, la unión fue dinástica, y no territorial o política. Alfonso II, hijo de este matrimonio, fue el que heredó ambos territorios y comenzó la sagrada tradición de hacerse llamar rey de Aragón y conde de Barcelona -jamás de Cataluña, como el nacionalismo pretende instaurar-.

Imperio Mediterráneo

Después de décadas de lucha contra el musulmán, y con Barcelona como puerto más destacado, la resultante Corona de Aragón puso sus ojos sobre el Mediterráneo. Con ello, el mítico Jaime I el Conquistador (nieto de Alfonso II) pretendía conseguir una victoria doble: llenarse de caudales y acabar con la mala fama de la aristocracia catalana. Fue en un banquete en 1228 cuando le propusieron levar anclas y hacerse con Mallorca, entonces en poder de piratas. A pesar de estar poco versado en el noble arte de surcar las olas, el monarca arribó a su destino y castigó con dureza a sus defensores. La isla capituló. Otro tanto ocurrió con Menorca y también con Ibiza y Formentera.

Aquella misión fue la precursora de otras tantas que se llevaron a cabo en territorio extranjero de la mano de Pedro III, hijo de Jaime I. Este monarca desembarcó con sus huestes en Sicilia en 1282; oficialmente, porque sus habitantes solicitaron su ayuda para liberarse del dominio galo. Fue excomulgado por ello (pues el Papa no podía permitir, por diferentes vaivenes políticos, aquella conquista), pero se hizo con la región poco después. En el siglo siguiente (el XIV) la Corona continuó su política expansionista y, allá por 1323, invadió Cerdeña (con la ayuda de uno de sus «juzgados» o comarcas, eso sí). El premio fue bueno, ya que consiguió dominar la mayor parte de la isla. Otro tanto sucedió con los ducados de Atenas y Neopatria (Tesalia), anexionados gracias a los versados y letales almogávares. El último golpe se perpetró en 1442, cuando Alfonso V se hizo con el Reino de Nápoles, donde instaló su corte. El resultado fue la forja de lo que tanto historiadores nacionales (como David Barreras) y extranjeros han denominado como un verdadero Imperio Mediterráneo.