La soledad de Zapatero
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La soledad de Zapatero

El presidente del Gobierno está tratando de dejar acuñado su mejor perfil para la Historia, pero no le será fácil. No sólo porque los ciudadanos le hayan dado la espalda, sino por las enemistades que ha cosechado en sus propias filas

blanca torquemada
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Se cierra el círculo. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero incluyó en el imaginario emotivo y simbólico de su liderazgo al diario «El país» (el que, según él mismo ha relatado, llevaba Sonsoles Espinosa debajo del brazo cuando la conoció en el vestíbulo de la Facultad de Derecho de la Universidad de León) no podía imaginar que ese periódico, supuesto ingrediente taumatúrgico del ideal progresista, le bombardearía con toda su munición editorial en la hora de su adiós.

El presidente del Gobierno está solo. De puertas afuera el 22-M lo certificó clamorosamente y, en casa, en Ferraz, los cimientos aluminosos de su hasta hace poco todopoderosa Secretaría General se han resquebrajado. Y no sólo porque, incluso ya sin él, el partido barrunte una inminente y abultada derrota en las próximas elecciones, sino porque la política sinuosa de Zapatero ha ido dejando en la cuneta a muchos de sus fieles y ha malbaratado adhesiones en otro tiempo inquebrantables.

Si antes de los comicios autonómicos y municipales ya le rehuían los barones territoriales, ahora también incomoda a la mayoría de los diputados nacionales del PSOE, deseosos de pasar página. A estas alturas, muy pocos están dispuestos a ayudarle a dejar acuñado su mejor perfil para la historia.

Las desafecciones vienen de lejos. Ya en 2004, cuando Zapatero formó su primer Gobierno, sorprendió el papel de segundón que el jefe del Ejecutivo otorgó a Jesús Caldera, con quien hasta ese momento había formado un tándem aparentemente inquebrantable. El Ministerio de Trabajo fue una rácana recompensa para quien había sido su mano derecha como portavoz del grupo parlamentario en la oposición y parecía llamado a una vicepresidencia.

Tras el fiasco, el de Béjar aguantó el tirón y esperó a una mejor ocasión que no sólo no llegó sino que se tradujo en su salida del Gobierno. Zapatero decidió no contar con él en su segunda legislatura y le «jubiló» en la fundación Ideas, el «think tank» del PSOE, desde donde ahora vuelve a sacar cabeza como pieza importante del equipo electoral de Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero su relación personal con Zapatero se ha enfriado y hoy es muy diferente de la que les unía en el cónclave celebrado en 2000 en el piso de Trinidad Jimenez, cuando Caldera y Zapatero dieron forma a lo que se llamó «Nueva Vía» junto a la hoy ministra de Exteriores y Jordi Sevilla.

Significativamente, Sevilla es otro de los «repudiados». Zapatero le nombró ministro de Administraciones Públicas en su primer gobierno y le dio por amortizado en 2007, después de haberle ninguneado en las negociaciones sobre el Estatuto de Cataluña. Dos años después, el hombre que se había ofrecido para instruir al presidente del Gobierno en materia económica «en dos tardes» renunciaba a su escaño para recalar en la empresa privada.

Las cenas de los críticos

A partir de ahí ya no ha habido paños calientes: en una entrevista concedida a «Vanity Fair», Jordi Sevilla aseguró que Zapatero «castiga con su indiferencia, con el olvido». Y abundaba: «José Luis no deposita en nadie toda su confianza. Que me perdone Sonsoles, pero creo que ni en ella». Además, desde su salida del Gobierno en julio de 2007, Sevilla y otras dos «finiquitadas» en aquella crisis, María Antonia Trujillo y Carmen Calvo, institucionalizaron unas cenas en las que se reúnen periódicamente y que han sido interpretadas como un sanedrín de críticos. No es para menos: de Trujillo prescindió Zapatero para dar entrada a Carme Chacón (porque necesitaba imperiosamente el apoyo de PSC) y a Carmen Calvo nunca le dio argumentos para su destitución.

En otro escalafón superior, también Pedro Solbes se quedó por el camino. Cuando la crisis ya asomaba las orejas, el entonces «superministro» la veía, pero el presidente del Gobierno no. Y la brecha entre ambos se había ahondado porque Zapatero escuchaba más a la oficina económica de Moncloa que a su vicepresidente. De modo que terminó por sacrificarlo, en favor de Elena Salgado. Y una vez fuera de la primera línea, Solbes ha atacado al Gobierno por el descontrol del gasto público.

Otra fidelidad dilapidada ha sido la de María Teresa Fernández de la Vega. Su brega como vicepresidenta y portavoz durante más de seis años no le valió para acumular méritos suficientes cuando empezó a emerger con fuerza Alfredo Pérez Rubalcaba. Y Zapatero (por aquello de que él no cambia, sino que cambian las circunstancias) no dudó en bajar el pulgar para «ajusticiarla». Discretamente retirada en el Consejo de Estado pero profundamente irritada con el presidente del Gobierno, De la Vega ha huido de los pronunciamientos públicos en los últimos meses.

Carreras truncadas

Al margen de varios ex ministros ajenos a la estricta militancia y reclutados como objetos decorativos que hoy no quieren saber nada de Zapatero (caso de César Antonio Molina o Bernat Soria), también tiró por la borda el jefe del Ejecutivo la adhesión de Juan Fernando López Aguilar, un socialista con recorrido. Zapatero consiguió distanciarse de él al sacarlo con fórceps del Ministerio de Justicia y obligarle a cortocircuitar su carrera política como candidato socialista al Gobierno de Canarias.

Pero hay una hostilidad especialmente ponzoñosa para Zapatero: la de Felipe González. El ex presidente del Gobierno ha pasado de las insinuaciones más o menos soterradas a la más refinada crueldad y, tras una estocada («Yo tardé nueve años en padecer el síndrome de la Moncloa, a Aznar le llegó a los seis, y a éste le afectó ya a los dos años»), ha sacado ahora la puntilla: «Soy militante del PSOE, pero no simpatizante».

Así se cierra el círculo, pues el jefe del Ejecutivo ni siquiera tiene ya quien le escriba: Suso de Toro, autor de la hagiografía «Madera de Zapatero», se ha cansado de la vorágine editorial y hace un año dejó la literatura profesional para reincorporarse a su plaza de profesor de instituto. La farándula (la «zeja») también se ha ido apartando de La Moncloa en los últimos meses, y el politólogo de referencia del jefe del Ejecutivo, Philip Pettit, no ha vuelto a viajar a España para someter a examen la gestión de su discípulo, como hizo en 2007.

Es el balance de la peculiar forma de entender la lealtad de Zapatero, el viajero a ninguna parte que auspició un nuevo imperio mediático (Mediapro) para desactivar otro (Prisa), después de haberle contado a toda España, en una entrevista en Telecinco, que su periódico era «El país».