Pelea por el poder entre los socialistas

Rubalcaba llegó pronto y en coche; Chacón, tarde y a pie. Se sentaron al lado, pero ni mucho menos juntos

LAURA L. CARO
MADRID Actualizado:

Del símil musolari de José Bono, —«debemos apostar a la grande por España»—, al futbolístico de José Antonio Griñán en los corrillos, —«Mourinho no gana, pero tiene a la afición encandilada»—, si algo quedó claro en el Comité Federal de los socialistas es que hay partida. O partido, entendido como competencia entre jugadores. Porque del otro, del Partido Socialista Obrero Español, ya se verá según se acerque febrero.

Ayer todo estaba pendiente de los presuntos favoritos. Alfredo Pérez Rubalcaba entró en Ferraz pronto y por el garaje. Carme Chacón llegó tarde y a pie. Después ocuparon lugares contiguos en la bancada de la Ejecutiva, y no solo no hubo «mimitos» como en Barcelona, sino que él se sentó tan al borde derecho de su silla, y ella tan escorada a la izquierda de la suya que, efectivamente, pusieron en evidencia que entre ellos hay hueco de sobra para dar cabida a dos, tres y hasta cuatro precandidatos más.

A saber: en las quinielas periodísticas improvisadas durante la larga espera circularon los nombres de Pedro Sánchez, número once de la lista al Congreso por Madrid, que consiguió diez escaños; del toledano Emiliano García-Page, uno de los pocos alcaldes que mantiene el PSOE, —y que se marchó, como Bono, nada más acabar el discurso de José Luis Rodríguez Zapatero—, o del madrileño Tomás Gómez.

El secretario del PSM fue de los que más se dejó querer en los pasillos con su defensa de que sean los militantes quienes decidan, aunque no enseñó sus cartas. Parece que no era el día. Sólo las mostraron algunos que ya las traían boca arriba, caso de Daniel Fernández, —del equipo del PSC, que prácticamente confirmó que Chacón jugará a ganar—, o de Juan Antonio Barrio de Penagos, portavoz de Izquierda Socialista, que pidió expresamente que Rubalcaba no tome la salida. Ahí va su frase lapidaria: «Quien ha estado con Felipe González y ha sido epílogo de Zapatero, no puede estar en el futuro».

Penagos habló al término del comité, tras más de 45 intervenciones y seis horas de reunión a puerta cerrada, que la mayoría abandonó a la carrera y casi sin decir palabra. Antes de la estampida se marchó sigiloso Jaime Lissavetzky. Griñán atravesó la barrera de cámaras escoltado por la secretaria de Organización en Andalucía, Susana Díaz, mientras pronunciaba con aspavientos de sofoco el término «hipoglucemia». Guillermo Fernández Vara esquivó los micrófonos saliéndose por una tangente. Le siguió los pasos la ex ministra Matilde Fernández. José María Barreda se despidió junto a su esposa, Clementina Díez de Baldeón, con un filosofal «buenas tardes, y bien tardes que son». Patxi López ni se detuvo.

Tampoco el ministro JoséAntonio Alonso, ni Diego López Garrido, ni Juan Fernando López Aguilar. Otros, como Elena Valenciano, o Marcelino Iglesias, Óscar López o Eduardo Madina prefirieron no dejarse ver llegado ese momento. Hubo mucha cara de circunstancias y quizás pacto de silencio para no airear en público la reprimenda de Zapatero pidiendo «responsabilidad» a los dirigentes de su partido cuando oyó a Juan Carlos Rodríguez Ibarra reclamar de viva voz la dimisión de todo el «aparato» por el fracaso electoral.

Definitivamente, el más relajado de Ferraz, antes y después, era José Blanco, aunque no acertaba del todo si quedarse en su todavía papel de portavoz del Gobierno, o si estrenar el más plácido (y aforado) rol de diputado de a pie. Vestido de sport, como ajeno a la carrera y a las preocupaciones, hacía chistes. Lo malo es que la situación de su partido no tiene ni pizca de gracia.