«En la mirada de los asesinos de Silvia no había arrepentimiento»

Ha tenido que esperar una década para encontrarse con los dos etarras que asesinaron a su hija de 6 años y llamarles lo que son: «Cobardes asesinos»

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ENTREVISTA

Toñi Santiago

Madre de la niña Silvia Martínez

J. PAGOLA

MADRID

Toñi Santiago confiaba en toparse durante el juicio con las madres de los etarras que asesinaron a su hija Silvia el 4 de agosto de 2002, en el cobarde atentado contra la casa cuartel de Santa Pola. «Les hubiera dicho que se pusieran en el lugar de una madre a quien unos asesinos han arrebatado a su niña de 6 años».

—Pero, ¿le alivió poder decir a los asesinos de Silvia, a la cara, que son cobardes y malnacidos?

—Llevaba diez años esperando este momento para mirarles a la cara. Me he sentido algo más aliviada.

—¿Y qué ha visto en sus ojos?

—Indiferencia, les daba igual lo que hicieron. Su sentimiento era algo así como “estamos aquí porque nos han cogido y no porque nos hayamos entregado”. Desde luego, en su mirada no había nada de arrepentimiento.—Pero su testimonio fue dramático ¿Ni tan siquiera percibió en estos criminales un atisbo de remordimiento?

—Es que no fueron capaces de mirarme a la cara. Yo no sé si al final se arrepentirán o no, pero jamás voy a perdonar a los asesinos de mi hija. Y Silvia, desde luego, nunca les podrá perdonar, porque está muerta. De todas formas, si alguien no se arrepiente nada más asesinar a una niña de 6 años, con la crueldad que ello supone, no se arrepiente nunca.

—¿Qué pensarán las madres de Otegi y Celarain de lo que hicieron sus hijos?

—A nuestros hijos se les han inculcado unos valores en defensa de la vida que desde luego a los terroristas no. Lo que transmiten esas madres es, por lo que se ve, lo contrario.

—¿Pero a ellas les habrá conmovido su desgarrador testimonio?

—Ellas no estaban allí y no sé si lo habrán visto por televisión. Esperaba que hubieran ido a dar la cara.

—¿Qué les hubiera dicho?

—Que se pusieran en mi lugar. En el lugar de una madre a quien unos asesinos le han arrebatado a su niña de 6 años. Que le han arrancado el alma para siempre.

—Pero son cobardes. Ellas, que a menudo visitan a sus hijos en la cárcel y no para pedirles que se arrepientan. ¿No lo cree?

—Así es. Son cobardes.

—Para usted debió de ser terrible regresar al infierno en el que se convirtió la casa cuartel aquel 4 de agosto. —Sí, tuve que revivir lo mismo que sufrí entonces. Como se ha comprobado durante el juicio, los etarras buscaban una matanza. Lo hicieron a sangre fría, grabando días antes la casa cuartel, donde, además de Silvia, había muchos más niños. Ellos lo sabían. Y querían atrapar a nuestros hijos cuando estuvieran cenando.

—Su testimonio ha sido impactante. Sin duda representó el sentimiento de muchas víctimas.

—Cualquiera que ha sufrido lo que sufro yo habría hecho lo mismo. Sobre todo si es madre. Muchos asesinatos de ETA siguen sin ser juzgados. Demasiados han prescrito e incluso hay un elevado número de ellos cuyo autor se desconoce. Si mi testimonio ha servido para representar a víctimas afectadas por algunos de estos casos, bienvenido sea.

—Si ETA reconoce el dolor causado, ¿será una decisión sincera, o una farsa para lograr sus objetivos?

—Llevan 50 años asesinando en busca de objetivos políticos y no dejarán de hacerlo hasta conseguirlos.

—¿Para usted no es suficiente que la banda se disuelva y entregue las armas?

—No puede permitirse que después de 50 años se les dé lo que no han conseguido con sus crímenes, porque entonces la muerte de los nuestros habría sido en balde. Que respondan por sus crímenes.