Le llaman «el perverso Rubalcaba»

El puñoHa hecho uso de las malas artesen docenas de situaciones para salirse con la suya, pero se lleva de calle a mucha gente que no es socialista

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Convence, atrapa. No tiene nada que ver con el físico, porque puede presumir de muchas cosas excepto de belleza, pero atrae. La guapísima actriz Maribel Verdú dijo en una entrevista que Rubalcaba le «ponía» y provocó asombro. No en los que conocían a quien en aquel momento era solo ministro de Interior, aún no había alcanzado el grado de vicepresidente. Es feo y sentimental, quizá esté ahí su secreto, que se lleva de calle a mucha gente que no tiene nada que ver con el socialismo.

Por ejemplo, mantuvo excelentes relaciones con Eduardo Zaplana cuando los dos eran portavoces de sus respectivos grupos, hasta el punto que los demás portavoces se quejaban de su constante «conchabeo» —Freddy y Teddy, les llamaban— y mantiene excelentes relaciones con Federico Trillo, que sin embargo las tiene tiesas con la mayoría de la gente del PSOE. Y además los que le conocen se fían de él, cosa curiosa en un político que en estos tiempos lleva la cruz de ser considerado el hombre más mentiroso que en la tierra ha habido. ¿Cómo se entiende? Pues no se entiende, pero los que conocen bien a Rubalcaba juran por sus muertos que es hombre de palabra y cumple sus compromisos. Y cuando se pronuncia la palabra «faisán», por ejemplo, responden que se ha visto obligado a reconducir una situación que a Zapatero se le había ido de las manos, una negociación con ETA que Rubalcaba, con toda seguridad, nunca habría planteado como la planteó su jefe de filas.

Ahora, eso sí, tendrá que tragarse, aunque le pese, aquella frase tan hiriente de «nos merecemos un gobierno que no mienta», porque este gobierno, en el campo de los engaños y mentiras, ganaría todos los premios.

Rubalcaba, con Piqué, y probablemente con Javier Solana, fueron los mejores portavoces del gobierno. De antaño. En este periodo todavía no ha encontrado el punto, entre otras razones porque no es lo mismo ser portavoz del gobierno de Felipe González que del gobierno de Zapatero. No hay color. Pero si dejó huella fue por sus excelentes relaciones con los periodistas de todo tipo y condición, por la forma en que daba largas cambiadas a las preguntas incómodas, por los guiños que lanzaba a la bancada de los periodistas con sus respuestas, casi todas de doble intención que iban dirigidas a la línea de flotación de los periodistas, sus medios de comunicación… y sus simpatías futboleras.

El futbolero del «pásalo»

Porque este feo sentimental es del Real Madrid a muerte, más madridista que el Bernabéu, y junto a Rajoy es el dirigente político que más pasión pone en la cosa deportiva. Presume de que fue campeón de España de los cien metros lisos, pero alguno que ha hurgado en las hemerotecas puntualiza que se trataba de los campeonatos universitarios, que no es exactamente lo mismo. Esta periodista, que le pidió cita cuando era portavoz de González y estaba la cosa política muy complicada, logró finalmente que la recibiera en Moncloa. Estupendo, mano a mano para hablar a tumba abierta de todo lo hablable. Rubalcaba, tras el saludo de rigor, encendió el televisor que había pedido y se dispuso a ver un partido de fútbol que aparentemente era muy importante. Durante dos horas explicó las jugadas, gritó, se puso de pie, contó la vida y milagros de los principales jugadores y solo cuando terminó el partido, solo entonces, se avino a dar su versión de los asuntos que en aquellos momentos tenían a toda la clase política en vilo.

Es químico y le gusta la química; cuando pasó a la oposición disfrutó al reanudar sus clases en la universidad. Pero lo que de verdad le gusta es el teléfono. Con un móvil en la mano está en su elemento, y cuando se difundió que existía un «comando Rubalcaba» con ramificaciones en los más importantes medios de comunicación, él mismo contó, al recoger un premio, que de existir tal comando lo formaban él mismo y su móvil. Punto. No necesitaba más. Sigue siendo el rey del sms, pocos chavales le ganarían en velocidad. Le han colgado el sambenito de que el día de reflexión previo a las elecciones del 2004, día de tragedia, fue el impulsor del «pásalo» con el que se convocó a miles de ciudadanos a manifestarse ante las sedes del PP. No se le pudo demostrar, pero tampoco nadie lo ha desmentido; el único al que pillaron fue al presidente de la diputación de Málaga que dio como explicación que sufrió «un calentón».

No tiene hijos pero sí sobrinos, y dedica tiempo a la familia. En ese sentido es más tradicional que algunos de sus compañeros de partido. Pertenece a la estirpe del colegio del Pilar, de donde han salido brillantes cabezas, tan dispares como Javier Solana, Cebrián, Aznar, Juan Abelló, Fernández de la Mora, Villar Mir o Alfonso Ussía, y allí conoció a Jaime Lissavetzky, su amigo del alma aunque no el único. Rubalcaba es de esas personas afortunadas a las que le faltan dedos de la mano para contar el número de leales. Porque a pesar de su imagen es leal a machamartillo. Apostó por Bono abiertamente en el congreso extraordinario en el que Zapatero ganó por la mínima, y aunque algunos seguidores de Bono se fueron desenganchando a medida que se acercaba la fecha del congreso y advertían que no era seguro que el presidente manchego se hiciera con el poder, Rubalcaba se mantuvo al lado de Bono hasta el final. Quizá por eso Zapatero lo incorporó a su equipo —dicen que por sugerencia de Felipe— cuando fue elegido presidente. Sabía que se trataba de un hombre que apoyaba a los suyos contra viento y marea.

Tiene una pésima salud de hierro, pero resiste lo que le echen, tanto las cosas de corazón que le han obligado a pasar por el quirófano como el incómodo anisakis, que ha borrado el pescado de su menú, aunque lo que le gusta es el solomillo a la plancha.