Oriol Junqueras en su turno de última palabra
Oriol Junqueras en su turno de última palabra - EFE

Dos y dos son cinco

Los líderes independentistas alegan que han sido juzgados en el Supremo por sus ideas y piden impunidad al tribunal para «solucionar el problema político»

MadridActualizado:

Fue George Orwell, un intelectual que viajó a Barcelona en 1936 para alistarse en las filas republicanas, quien estableció una diferenciación entre nacionalismo y patriotismo que sigue siendo hoy tan válida como entonces.

El autor de «1984» sostenía que el patriotismo es «la devoción por un lugar y una forma de vida que no se quiere imponer» mientras que el nacionalismo es «inseparable de una ambición de poder que pretende esclavizar la vida de todos los hombres».

Los líderes independentistas que hicieron ayer uso de la última palabra en el Supremo confunden esta distinción esencial y, por ello, no dudaron en envolverse en la bandera del patriotismo para apropiarse de unos ideales que consideran patrimonio exclusivo y a los cuales invocan ahora en demanda de impunidad. Pero lo cierto es que ninguno de ellos ha sido juzgado a lo largo de estos cuatro meses por ser patriota sino por haber querido imponer –valga la expresión de Orwell– un proyecto identitario con métodos totalitarios e ilegales.

Había una hoja de ruta que pasaba por ignorar a la mitad de la población y saltarse la legalidad. El objetivo era proclamar la independencia tras alentar una consulta inconstitucional y una serie de movilizaciones que se desarrollaron en un clima de violencia e intimidación, como mostraron los videos y los testimonios de la Fiscalía.

Todo ello ha sido negado en estas dos últimas jornadas del proceso y, muy especialmente ayer, cuando Junqueras y la gran mayoría de los inculpados sostuvieron que han sido juzgados por sus ideas y no por sus actos. «Se ha buscado castigar y escarmentar una ideología», aseguró Romeva.

En un ejercicio de buenismo, Sànchez, Cuixart, Turull y Rull encuadraron lo sucedido durante el procés como un ejercicio de libertades cívicas. También acusaron al Estado de «entender la crítica como un ataque» y de aplicar un derecho del enemigo a políticos cuyo único pecado ha sido ser coherente con sus convicciones.

En un indisimulado intento de exculparse, Forcadell alegó en su turno que había sido utilizada como un chivo expiatorio y que estaba en el banquillo por ser presidenta del Parlament. Según su versión, carecía de poder político y se limitaba a refrendar lo que habían decidido los partidos.

La intervención de Junqueras, que comenzó con una cita de Dante, fue inusualmente corta y se limitó a subrayar dos ideas: que votar o defender la República no es delito y que resulta un error judicializar los conflictos políticos. Pero ninguno de ellos hizo ninguna autocrítica ni expresó el menor propósito de la enmienda aunque no faltaron las lágrimas de Turull ni de su abogado Pina, que escuchó a sus clientes visiblemente emocionado.

Último mensaje

Por el contrario, Turull, Rull, Sánchez y Cuixart dejaron constancia de que volverían a actuar de la misma forma, expresando la velada amenaza de que una sentencia condenatoria generará una reacción del nacionalismo catalán. Romeva formuló esta idea con meridiana claridad: «en este banquillo están sentados dos millones de personas que no van a cambiar de opinión en función de lo que ocurra».

A lo largo de este juicio, hemos visto como los líderes independentistas se arrogaban sin el menor pudor la representación de Cataluña que ellos dan por sentado que ostentan. La otra mitad de la población –no hace falta insistir en ello– no son catalanes. Para los inculpados, no lo son quienes no fueron a votar o quienes se oponen a la secesión. Ya lo decían también Orwell en «Rebelión en la granja»: todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros. Así se sienten los nacionalistas.

Contra la lógica más elemental y el peso de las evidencias, Romeva acusó a la Fiscalía y al Gobierno español de construir «un marco mental de odio» contra Cataluña, ignorando que la demonización del adversario ha sido una característica esencial del procés. Todavía resuena en los oídos de muchos ciudadanos el «España nos roba», mantra favorito de Artur Mas.

Y es que la naturaleza del discurso nacionalista es esquizofrénica: por una parte estimula la fractura de la sociedad para cohesionar a sus bases y, por otra, niega toda responsabilidad en el conflicto, culpando al Estado de no asumir sus reivindicaciones. En estas dos últimas jornadas del juicio, los inculpados han incurrido en una contradicción manifiesta, que consiste en decir a la vez que se sienten orgullosos de lo que han hecho para luego enfatizar que el procés fue una movilización popular espontánea y pacífica de la que fueron espectadores.

Si todo sucedió de forma imprevista y aleatoria, como sugirió Santi Vila, nadie es culpable de nada y, por ello, estamos ante un juicio político que penaliza ideas y no conductas.

Ya subrayó también Orwell esa flexibilidad del nacionalismo para interpretar la realidad: «Si el líder dice que tal evento no ocurrió, pues no ocurrió. Si dice que dos y dos son cinco, pues dos y dos son cinco. Y eso me preocupa más que las bombas».

Los líderes independentistas pretenden que creamos que no vimos lo que vimos y que el desafío al orden constitucional fue un simple ejercicio del derechos civiles como la libertad de expresión y reunión. Pero ese relato es tan absurdo como inverosímil.

En este juicio los inculpados han visto su imagen reflejada en las acusaciones de la Fiscalía y lo que mostraba el espejo no les ha gustado. Por eso, Turull, Rull y Sànchez reprocharon a los fiscales que habían caricaturizado al movimiento independentista. Y acabaron con la petición de una sentencia magnánima para «solucionar el problema político de Cataluña», en palabras de Romeva, trasladando a los jueces una responsabilidad que no les corresponde. No explicaron cómo se va a solucionar si persisten en su desprecio a la ley y en su empeño de subvertirla, como recalcaron.

Y nuevamente hay que recurrir a otra cita de Orwell para concluir: «el nacionalista no sólo se niega a condenar las atrocidades que comete sino que posee un gran capacidad para ignorarlas». El tribunal tiene en sus manos decidir si esas atrocidades quedan impunes. Visto para sentencia.